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LA
MITOLOGIA COMO FILOSOFIA SECRETA
Raimon Arola
Dios nos ha dado
el Libro de la naturaleza, pero no lo hemos leído.
M+R XXIX-50
En la literatura del Siglo de Oro
español los dioses de la antigüedad clásica ocupan un lugar
privilegiado, por doquier se cuentan sus hazañas, se explican
sus nombres y se cantan sus glorias. Sin duda esta familiaridad
se debe a la influencia del Renacimiento italiano, cuando los
artistas y los filósofos se dedicaron a desenterrar la cultura y
los mitos de la antigüedad entusiasmados con la Prisca
theologia (1). Se consideraban continuadores de una antigua
revelación que empezó con el legendario Hermes Trismegisto,
quien la transmitió a Orfeo, éste a Pitágoras, él a su vez la
transmitió al divino Platón, y Platón la trasmitió a
Virgilio.
El Siglo de Oro español
coincidió con la reacción de Roma contra la reforma
protestante, las autoridades eclesiásticas vigilaban con
extremado celo el cumplimiento de la ortodoxia. Fue bajo estas
circunstancias que los escritores y sabios españoles se
refugiaron en la mitología clásica para mantener vivo el
sentido oculto y esotérico de la revelación de la religión
cristiana. La inquisición prohibió toda interpretación de la
Biblia que pudiera tener algún viso de herejía protestante o
alguna influencia judaizante, la cárcel y la pena de muerte
pesaban sobre quien intentara reencontrar, detrás de los ritos
sacramentales, el sentido vivo y universal. Sin embargo, los
antiguos mitos de Ovidio y Virgilio no atentaban contra la
doctrina ortodoxa, y en ellos los sabios escritores castellanos
encontraron un inmejorable refugio.
El tratado de mitología que más
resonancia tuvo durante el Siglo de Oro español, y sin duda el
más importante es La Filosofía Secreta, escrito por el
Bachiller Juan Pérez de Moya, astrólogo y matemático, que fue
publicado en Madrid en agosto de 1584, que sigue muy de cerca la
obra de Natali Conti, Mitología. Su título, La
Filosofía Secreta, indica claramente la intención del
autor, éste propone para comprender las fábulas antiguas cinco
sentidos, que van desde el más exterior y superficial, esto es
la historia, hasta el sentido central, la filosofía secreta ;
Pérez de Moya lo explica de la manera siguiente:
«De cinco modos se puede declarar
una fábula, conviene a saber: Literal, Alegórico, Anagógico,
Tropológico y Físico o natural. Sentido literal, que por otro
nombre dicen Histórico o Parabólico, es lo mismo que suena la
letra de la tal fábula o escritura. Sentido alegórico es un
entendimiento diverso de lo que la fábula o escritura
literalmente dice. Derívase de alseon, que significa
diverso, porque diciendo una cosa la letra, se entiende otra cosa
diversa. Anagógico se dice de anagoe, y anagoe se
deriva de ana, que quiere decir hacia arriba, y goge,
guía, que quiere decir guiar hacia arriba, a cosas altas de
Dios. Tropológico se dice de tropos, que es reversio,
o conversión, y logos, que es palabra. o razón, o
oración; como quien dijese, palabra o oración convertible a
informar el ánima a buenas costumbres. Físico o natural, es
sentido que declara alguna obra de naturaleza. Ejemplo:
Hércules, hijo de Júpiter (según fingimiento poético),
concluidos sus trabajos fue colocado en el Cielo. Tomando esto
según sentido literal, no se entiende otra cosa más de lo que
la letra suena. Y según Alegoría o moralidad, por Hércules se
entiende la victoria sobre los vicios. Y según sentido
Anagógico significa el levantamiento del ánima que desprecia
las cosas mundanas por las celestiales. Y según sentido
Tropológico, por Hércules se entiende un hombre fuerte,
habituado en virtud y buenas costumbres. Y según sentido Físico
o natural, por Hércules se entiende el Sol, y por sus doce
trabajos o hazañas, los doce signos del Zodíaco, sobrepujados
dél por pasar por ellos en un año.»(2)
Pérez de Moya en su explicación
sigue muy de cerca al judío español exiliado en Italia, León
Hebreo, quien recogiendo la tradición clásica y la tradición
cabalística, propone en sus Diálogos de Amor cuatro
interpretaciones posibles de la mitología: la primera, literal,
a modo de corteza exterior, que cuenta historias dignas de
recordar; la segunda, más interna, más cerca de la médula, la
moral, ejemplo para la vida humana, que alaba las buenas acciones
i condena las malas; la tercera, más escondida, oculta bajo las
mismas palabras, la que nos da a conocer las cosas de la tierra y
el cielo, astrológicas o teológicas; por fin, como en el mismo
corazón de la fruta, bajo tanta corteza, quedan otras
significaciones científicas, sentidos medulares que llamamos
alegorías.(3)
Para León Hebreo, los antiguos
sabios que inventaron las fábulas:
«Han querido decir estas cosas
con tanto artificio y hermetismo por muchas razones. Primero
porque estimaban que era odioso a la naturaleza y a la divinidad
el manifestar sus excelentes secretos a cualquier hombre; y en
esto han tenido razón, porque difundir demasiado la ciencia
verdadera y profunda es ponerla en manos de los ineptos, en cuya
mente se estropea y adultera, como le ocurre al buen vino en un
mal recipiente»(4)
León Hebreo fue un claro
exponente del hermetismo que floreció en Europa durante el siglo
XVI, cuando la tradición clásica y la cábala judía se
unieron, a nuestro entender, definitivamente. Los cabalistas
hebreos proponen los mismos niveles de lectura de la Escritura.
E.H. resume sus explicaciones de la manera siguiente:
«Observemos que en hebreo la
palabra Paraíso (PaRDeS) está compuesta por las primeras
letras de las cuatro palabras que se refieren a los cuatro
sentidos de la Escritura. 1-Pashat: el sentido sencillo;
2-Remez: la alusión (el signo); 3-Derash: la
explicación; 4-Sod: el secreto. Y los cuatro juntos
constituyen el Paraíso. No se trata de cuatro sentidos
distintos, puestos que están todos vinculados al
"secreto". Son como los peldaños que conducen a él.
Incluso el primer sentido, el sentido sencillo, ya transmite le
secreto. Hallar el Paraíso es leer la Escritura como debe ser
leída. Aquel que lo consigue vuelve al Paraíso. Entrar en él
equivale a poseer los Nombres de Dios, es haber revivificado el
texto sagrado y haberlo penetrado. He aquí el Paraíso. No hay
otro»(5)
Nos interesa en este artículo
apuntar, en la medida de lo posible, el último de los sentidos
de los mitos, el secreto, para constatar que está íntimamente
ligado a la realización alquímica. El gran dramaturgo Lope de
Vega, en el prólogo de otro tratado de la época sobre los mitos
antiguos, El Teatro de los Dioses Fray Baltasar de
Vitoria, escribió lo siguiente:
«Los antiguos desarrollaron la
filosofía en forma de fábula, bajo los bellos ornamentos de la
poesía, de la pintura y de la astrología. Toda la teología de
los gentiles, desde Hermes Trismegisto hasta el divino Platón
escondieron bajo símbolos y jeroglíficos la explicación de la
naturaleza -como dice el Timeo y el Poimandres que
hicieron los egipcios, para disimular al vulgo las verdades
sagradas»(6)
Lo oculto y secreto es "la
explicación de la naturaleza", el fundamento de la propia
vida. En este sentido escribe la insigne poetisa mejicana Sor
Juana Inés de la Cruz, explicando la interpretación de los
dioses antiguos en relación a los elementos naturales:
«Entendiendo por Vulcano, el
fuego,: por Juno, el aire; por Neptuno el agua; y por Vesta la
Tierra; y así todo lo demás. Hícieronlo no solo para atraer a
los hombres al culto divino con más agradables atractivos, sino
también por reverencia a las deidades, por no vulgarizar sus
misterios a la gente común e ignorante. Decoro de mejores luces
que aprobó el real profeta: Abriré con parábolas mi boca,
con enigmas antiguos hablaré (Salmos VII 7). Y de
nuestro redentor dice el sagrado cronista san Mateo: Todas
estas cosas dijo Jesús a las muchedumbres por parábola, y sin
parábola no les hablaba»(7)
Alonso del Madrigal, en la misma
época, escribe: «Las fábulas son para el vulgo e los secretos
esos de las fábulas son para los sabios»(8).
Los poetas inventan unas
metáforas o fábulas para descubrir al Dios creador en la
realidad creada, es decir, en el comportamiento de la naturaleza.
T. Hawkes explica el concepto de la poesía y de la creación
literaria en la época de Pérez de Moya de la siguiente manera:
«La tarea del poeta es en última
instancia la de descubrir el significado de Dios y sus metáforas
son los medios para este fin, así que el Poeta dirige la
atención no hacia sus propios poderes sino hacia los de Dios que
ha escrito el libro que él está interpretando. Las relaciones
que las metáforas establecen son creadas en primer lugar por
Dios, el Poeta sólo las descubre»(9).
Esta explicación es
extraordinaria, el poeta descubre lo que está escrito en la
naturaleza y por eso encuentra las metáforas. No crea sus
fábulas, alegorías y metáforas por un gusto estético, sino
que el poeta descubre al Creador a partir de las criaturas, y
este descubrimiento es el origen de la mitología. Desde lo
creado descubre el único origen. Una cita de H.C. Agrippa que
trata de los tipos de visiones para conocer a Dios nos puede
iluminar sobre el sentido profundo del origen de la mitología.
Agrippa explica:
« Una
(visión) por la cual se ve a Dios como al descubierto, cara a
cara, [...] la otra clase de visión es, como dice la Escritura,
cuando se ven las partes posteriores de Dios. Es cuando se ve
claramente lo que concierne a las criaturas que son las partes
posteriores de Dios y sus efectos, por el conocimiento de los
cuales se alcanza al Creador que las ha hecho y a la causa
primera actuando tal como dice el sabio ya que por la grandeza de
su belleza puede ser conocido el Creador y de éste, dice San
Pablo, las cosas invisibles de Dios pueden ser conocidas por las
que están hechas y comprendidas... » (10).
La explicación de los secretos de
la naturaleza se consideraba como el sentido más medular, más
importante incluso que la comprensión de las fábulas bajo una
óptica teológica o moral. Tal dimensión de la naturaleza solo
se puede entender desde un punto de vista hermético, en
particular alquímico; esto es, el arte y la ciencia de la
regeneración física y completa del hombre y la naturaleza por
medio de la Piedra Filosofal. Tal hipótesis parece confirmarse
en las palabras de Sebastián de Covarrubias cuando en su Tesoro
de la Lengua Castellana de 1611 definiendo la fábula escribe:
« Hase de
notar que todos aquellos grandes filósofos que dieron a la
especulación del movimiento de los cielos y de sus efectos, la
generación y la corrupción de las cosas elementadas, la
conversión por parte de los mesmos elementos, para ocultar su
doctrina, fingieron essa multitud de fábulas con tanta
diversidad de dioses, entendiendo por ellos el sol, la luna, las
estrellas, los elementos; y a unos pusieron Júpiter, como el
aire, Juno a la exhalación y vapore que sube de la tierra. Febo
al sol, Diana a la luna y de los demás se entiende lo mesmo.
Fingieron aquellas transformaciones que llaman metamorfosis, en
razón de la corrupción de unas cosas y la generación de otras
y todas las causas y efectos naturales disfraçaron con estas
invenciones; como hasta oy día vemos que lo hazen los
alchimistas, cuyo lenguaje no se puede entender sino con
particular estudio y con la contracifra que ellos tienen» (11).
La interpretación física de los
mitos no es ni mucho menos un descubrimiento de los escritores
españoles. Desde el s. VI antes de J.C. (12) gran cantidad de
comentadores de Homero desvelan un sentido y una explicación
física en los mitos. Durante la Edad Media la difícil
supervivencia de los dioses paganos fue posible gracias a la
interpretación cosmológica y física, pues la interpretación
teológica de los mitos paganos carecía de sentido, e incluso
podía resultar peligrosa. Los tratadistas españoles recogieron
esta herencia, la continuaron y la ampliaron, a diferencia de los
humanistas italianos que intentaron cortar completamente con la
tradición medieval a la que consideraban bárbara e ignorante.
Pérez de Moya, nuestro autor, utiliza en muchísimas ocasiones a
San Isidoro de Sevilla (13); este padre de la Iglesia, erudito de
todos los temas y puente entre la Antigüedad y el mundo moderno,
al explicar en sus Etimologías los dioses paganos, los
describe casi únicamente como alegorías físicas, diciendo por
ejemplo:
« A Neptuno
lo consideran señor de las aguas del mundo (...) Pretenden que
Vulcano es el fuego (...) Apolo era el sol, como si dijeran
el solo (...) De Diana, hermana de Apolo, dicen
igualmente que es la luna (...) A Ceres, es decir la tierra, la
llaman así por producir frutos! » (14)
En 1613, treinta años después de
la aparición de la obra de Pérez de Moya, Michael Maier publica
la primera interpretación directamente alquímica de los mitos
clásicos el título de la obra nos indica claramente la
intención de su autor. Completo dicho título es el siguiente:
« Los
secretos secretísimos, es decir, los jeroglíficos egipcios y
griegos desconocidos hasta ahora para el vulgo expuestos en seis
libros con el ánimo de demostrar que el origen de los falsos
dioses, diosas, héroes, animales e instituciones considerados
sagrados por los antiguos se haya en un artificio de los egipcios
que lograba la medicina áurea del alma y del cuerpo» (15)
A continuación nos introduciremos
brevemente en la Filósofa Secreta de Juan Pérez de Moya
remarcando el sentido físico-alquímico de sus explicaciones.
Tan solo pretendemos mostrar algunas cuestiones muy puntuales y a
título de ejemplos.
Pérez de Moya, después de las
consideraciones preliminares que ocupan el libro primero de la
obra, aborda en el segundo libro, el linaje de los dioses.
Utiliza para ello la genealogía de Bocaccio que empieza
describiendo e interpretando a Demorgogon, el genio de la tierra,
el primer dios creador. Sobre ello, Pérez de Moya explica que
los antiguos:
« No
llamaron a la tierra simplemente autora de todas las cosas, mas
imaginaron estar conjunto con ella una mente o ser divino, por
cuya voluntad se obrase lo que se ha dicho, la cual mente
creyeron tener estancia debajo de la tierra; y a esta que hacia
producir a la tierra tantas cosas, llamaron Demorgogon, que en
griego quiere decir el dios de la tierra, que Lactancio le
interpreta sabiduría de la tierra...quisieron, al fin, por este
de Demorgogon entender el hacedor de todo lo criado, que es Dios
que llena los cielos y la tierra» (16)
Demorgogon, al que podemos
entender como el Caos primero o el compañero del Caos, según
Bocaccio, representa el mundo confuso, sin separación. Para
proceder a la creación Demorgogon saco del vientre del fatigado
Caos a Litigio, la discordia que confunde las partes; esto es,
siguiendo las palabras de Pérez de Moya:
« El cual
litigio tantas veces se quita de las cosas, cuando se pone en
ellas el debido orden. Es, pues, manifiesto que ante todas cosas
(Demorgogon) hizo esto: conviene saber, apartar las cosas que
estaban juntas. Los elementos estaban confusos: las cosas
calientes contrarrestaban a las frías, las secas a las húmedas,
y las ligeras a las pesadas» (17)
Cuando esta separación se
realiza, explica Pérez de Moya, aparecerán los cuatro
elementos, el alfabeto de toda la creación. Nos gustaría
comparar este fragmento con la explicación de Jean
dEspagnet, el reconocido alquimista presidente del
Parlamento de Burdeos, una generación mas joven que Pérez de
Moya, escribe sobre la creación del mundo:
« Se opera
la congregación de los homogéneos por la separación de los
heterogéneos, y mediante este arte químico inicial (hac arte
protochimica) el espíritu increado, constructor del mundo,
estableció la separación de las naturalezas de las cosas que
anteriormente estaban confundidas» (18)
Pérez de Moya explica a
continuación como, después de la separación de Litigio del
Caos, aparecieron los elementos y nació Pan:
« De haber
nacido Pan tras el Litigio, creo yo que los antiguos imaginaron
que en aquel apartamiento de los elementos había tenido
principio la naturaleza». El capítulo tercero está dedicado a
este dios, medio hombre medio cabrón, quien queda bien definido
en estas palabras de Pérez:
« Por Pan
entendieron los antiguos el Sol o la naturaleza o la causa
segunda, obradora de la voluntad divina de Dios, criada de su
divina providencia. Y porque en la naturaleza el Sol es el que
mas obra en la operación de todas las cosas, acerca de la
generación y corrupción dellas, por tanto a Pan, por quien
entendían el Sol, le llamaron Pan o Pana, que quiere decir en
griego toda cosa o todo el universo» (19).
D. Pernety, en su lectura
abiertamente alquímica de las fábulas antiguas ya en el siglo
xviii, dice de Pan prácticamente lo mismo al definirlo como
"el principio fecundante de la Naturaleza; es decir, el
fuego innato principio de vida y regeneración".(20)
Mas adelante Pérez de Moya
analiza el mito de Saturno y cita a San Isidoro, cuando éste
dice: « Los
paganos señalan a Saturno como origen de los dioses y de toda su
descendencia"; y añade lo siguiente: "En esto
quisieron denotar la vicisitud de las cosas, y que la corrupción
de una cosa es generación de otra" (21). Sobre la fábula
según la cual Saturno se come a sus hijos Pérez de Moya
explica: "Estos hijos no se entienden los años, sino las
cosas que en tiempo nacen y se corrompen". Pernety también
discute y desautoriza la opinión de representar a Saturno como
el tiempo, y comenta: "Si se ha hecho que Saturno devore sus
propios hijos, es que siendo el primer principio de los metales,
y su primera materia, tiene la propiedad y la virtud de
disolverlos radicalmente, y de conducirlos a su propia
naturaleza» (22).
Sobre la significación de
Júpiter, el hijo de Saturno que gobernara el Olimpo, Pérez de
Moya empieza analizando la etimología griega de Zeus, y escribe:
« Lo que en
griego dicen Zoy, en latín quiere decir Júpiter,
y Zoy quiere decir vida o dador de
vida; o según otros, Júpiter se dice cuasi Juvans
Pater, que quiere decir padre ayudante o
padre que engendra y da ser. Llámase padre ayudante,
porque no solo da vida, engendrando, así como padre carnal, pero
ayudando a criar, como el padre hace sustentando a sus hijos,
cosas que no convienen a hombre, como lo fueron todos los que se
llamaron Júpiter, salvo a Dios verdadero, porque El es Padre y
principio de todas las cosas, las cuales no viven, o dél reciben
la vida» (23)
Pérez de Moya sigue muy de cerca
las explicaciones tradicionales de la etimología, alude sin
citarlos a Platón y Varrón (24), pero no se queda aquí, su
interpretación concluye siempre con la lectura natural del mito.
Veamos algunos episodios de las fábulas de Júpiter que, en la
interpretación del sabio castellano, nos permiten reconocer el
origen de la etimología, esto es, la realidad natural a la que
aluden; en relación a la fábula de las abejas que acuden a
criar a Júpiter, nuestro erudito interpreta que los antiguos
quisieron: «
significar que de la tierra se levantan exhalaciones
y los engendramientos de los elementos». A continuación comenta
la leyenda en la que Júpiter fue criado por una cabra, y
escribe: «
porque la cabra es amiga de subir a lo alto, tanto
que aun para comer se alza y sube a las matas; así los elementos
y los vapores se levantan sobre la tierra» (25). En la
explicación de la lucha de Júpiter con los Titanes, Pérez de
Moya, afina todavía más su lectura de los mitos de Júpiter
relacionados con la exhalación de la tierra, y comenta que:
«Algunos dicen que los antiguos
por esta fábula declararon los mudamientos de los elementos,
unos en otros, y las generaciones de las cosas naturales,
entendiendo por los Titanes lo grueso y terrestre, que entre sí
tienen los elementos, que la fuerza de los cuerpos celestiales
arrempuja de lo alto a lo bajo, porque los vapores por la fuerza
o virtud del Sol, por quien se entienden los Titanes, suben hacia
arriba, los cuales, llegados a lo alto por virtud de los cuerpos
divinos se resuelven en puros elementos, o se rechazan hacia
abajo, y dellos se vuelven a entrar en la tierra, como hace el
agua, y de esta entrada vuelve la tierra a engendrar cosas, y
otros vapores, que es una pelea perpetua, mediante la cual
contrariedad de elementos consiste la generación de las cosas
naturales» (26).
Estos comentarios naturales pueden
parecer a primera vista gratuitos, pero al compararlos con textos
de literatura propiamente alquímica, encontramos interesantes
coincidencias. Dom Pernety, otra vez, nos presta una ayuda
inestimable para dicha comparación, pues reconoce en las
fábulas del nacimiento de Júpiter una operación alquímica,
para ello cita a Jean dEspagnet cuando éste dice:
« La
Ablución nos enseña a blanquear el cuervo y a crear Júpiter de
Saturno, lo que se hace por la volatilización del cuerpo, o la
metamorfosis del cuerpo en espíritu. La Reducción o la caída
en forma de lluvia del cuerpo volatilizado, restituye a la piedra
su alma y la alimenta con la leche espiritual del rocío, hasta
que adquiere una fuerza perfecta» (27)
Toda la lectura alquímica de
Pernety gira entorno a esta operación, parecida, según él, a
la destilación y condensación de la química vulgar, y que
alquímicamente es, siguiendo otra vez a dEspagnet, lo que
permite: "la formación y la alimentación del Hijo
filosófico; que aparece finalmente con una cara blanca y bella
como la de la Luna"(28). Entonces comprendemos porque
Júpiter es llamado el dador y mantenedor de la vida.
El pensamiento hermético que sabe
leer los fenómenos naturales como el libro en donde Dios ha
escrito los misterios de la regeneración del hombre y la
naturaleza esta muy extendido en la época. Basta observar
brevemente el índice de la segunda parte de la Introducción
del Símbolo de la Fe de Fray Luis de Granada, publicado un
año antes que la Filosofía Secreta, para convencernos
del conocimiento de esta tradición. Una de las ideas capitales
de su obra es que, por medio de la observación de las maravillas
naturales es posible conocer a Dios, el artífice, y :
>« No como filósofos
(que no pretenden más que darnos conocimiento de las cosas),
sino como teólogos, mostrando en ellas la infinita sabiduría
del Hacedor, que tales cosas supo trazar, y la de su
omnipotencia, que todo lo que trazó pudo con sola su palabra
hacer »(29) Veamos, a modo de ejemplo, como explica el fenómeno
de la evaporación y condensación del agua que produce la
lluvia. Primero describe el fenómeno, después hace la siguiente
comparación:
« La
experiencia de esto vemos en los alambiques en los que se
destilan las rosas y otra yerbas, donde la fuerza del calor del
fuego seca la humedad de las yerbas que se destilan, y las
resuelve en vapores, y hace subir a lo alto, donde, no pudiendo
subir más, se juntan y espesan y convierten en agua, la cual con
su natural peso, corre luego hacia abajo, y así se destila (...)
Desta manera el arte imita la naturaleza, como lo hace en todas
las otras cosas»(30).
Después Fray Luis cita algunos
pasajes bíblicos en las que el agua caída del cielo hace
producir a la tierra hierbas frescas y verdes, así como todas
las riquezas; y escribe: «
Finalmente son tantos los bienes que por
esta agua recibimos que uno de los siete Sabios de Grecia, por
nombre Tales, vino a decir que el agua era la materia de la que
todas las cosas se componían, viendo que el agua es la cría de
todos los frutos de la tierra» (31).
Volviendo a La Filosofía
secreta de Pérez de Moya quisiéramos destacar un fragmento
que nos parece especialmente interesante, es el siguiente:
>« Decir que Júpiter
para engendrar a Hércules tomo forma de Anfitrión, es porque el
hombre es para engendrar instrumento: empero la voluntad divina,
entendida por Júpiter, y la fuerza de las estrellas, como causa
segunda, son como instrumento para procrear varones claros» (32)
La diferencia que establece entre
el engendramiento de la voluntad humana y el engendramiento
según la voluntad divina nos muestra claramente que todas sus
explicaciones sobre las operaciones naturales esconden el sentido
último de la alquimia, la regeneración del hombre, los
varones claros, de los que Juan en su Evangelio
dice: « Los
cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni
de voluntad de varón, sino de Dios» (I, 13), y
>« Lo que es nacido de
carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es»
(III, 6). Pérez de Moya nos señala claramente como los varones
claros nacen de la voluntad divina por medio de las estrellas,
que son el instrumento de este engendramiento. En El Mensaje
Reencontrado, Louis Cattiaux escribe: «
¿Pensáis hacer algo bueno sin el sol, sin
la luna, sin las estrellas, sin el aire, sin el agua y sin la
tierra?, Entonces, ignoráis la agricultura que es la ciencia de
Dios» (XXIII, 48). Es importante señalar que Cattiaux, al igual
que Pérez de Moya, habla de las estrellas y no los astros, los
cuales dirigen la voluntad humana, a diferencia de las estrellas
que fecundan los trabajo de los adeptos.
La idea de los varones claros es
muy importante en la literatura y el arte del Siglo de Oro, se le
representa como Hércules, o Teseo pero generalmente como Apolo
imberbe cuya belleza es como la de Cristo (33). Pérez de Moya
explica lo que significa que Apolo sea el hijo de Júpiter y
Latona; por Latona entendían los antiguos: «
aquella materia confusa, llamada caos, de
que se hicieron las cosas» , y por Júpiter:
>« el verdadero Dios
señor nuestro. Este criador de todo hizo primero dos luminarias,
que son el Sol y la Luna, como se lee en el Génesis» (34), es
decir Apolo y Diana. Y completando el mito escribe:
>« Que Apolo en
naciendo usase la ballestería y matase a la serpiente Fitón, es
que saliendo el Sol, con el calor de sus rayos, que son como
saetas, consumió los nublados y vapores de que se engendraban,
que primero lo oscurecían»(35). Lo que Nicolás Flamel lee
alquímicamente diciendo: «
Lo que se lava es la Serpiente Fitón,
quien, habiendo tomado su ser de la corrupción del limo de la
tierra surgido de las aguas del diluvio, cuando todas las
confecciones eran agua, debe ser matada y vencida por las flechas
del Dios Apolo, por el rubio Sol, es decir por nuestro fuego
igual al del Sol»(36).
Pérez de Moya expone por qué se
representa a Apolo imberbe: «
Llámase Febo, porque es nuevo y como
niño, porque en latín llaman efebos a los que no tienen aun
barba, como son los niños, y conviene al Sol esto, porque cada
día nace de nuevo, saliendo por el horizonte, como el que sale
del vientre de su madre»(37).
Los varones claros son la imagen
del Sol filosófico. Sebastián de Covarrubias representa al
varón justo con el emblema de un obelisco, y escribe:
>« El varón justo, es
como columna, o aguja de firmeza» (38). Los obeliscos estaban
dedicados al sol, representando en ellos uno de sus rayos. Plinio
en su Historia Natural define a los obeliscos como rayos
de sol petrificados, explica lo siguiente tratando de las
maravillas de Egipto:
« Los reyes,
por una cierta rivalidad entre ellos, hicieron de esta piedra
unos bloques largos llamados obeliscos, consagrados a la
divinidad del Sol. En la superficie se halla la representación
de sus rayos, y eso es lo que significa su nombre en lengua
egipcia». (39)
Estas palabras son profundamente
herméticas, aunque a nivel exterior parezcan que explican una
curiosidad de poca importancia. El «
rayo del sol petrificado» es lo mismo que
la « luz
corporificada», el término imperible de la creación, por lo
que la imagen del obelisco nos conduce directamente al misterio
del hombre regenerado. Los obeliscos estaban dedicados al sol,
representando a uno de sus rayos. Así pues, los varones claros
son la imagen del Sol filosófico. Es por ellos que L. Cattiaux
decía: «
Rayo y germen se aplican perfectamente a Jesucristo
y al Verbo Eterno representado, de hecho, por el Sol dispensador
de vida... ». (40)
El sentido esotérico del obelisco
está perfectamente descrito en los comentarios cabalísticos
sobre el Sueño de Jacob, en particular sobre el pasaje
>« Y cogió la piedra
que había puesto como cabecera y la enderezo en estela (matsevah
: obelisco, columna) » (Génesis XXII,17). En el Sefer
ha-Zohar leemos el siguiente comentario sobre dicho
versículo: «
¿Que significa matsevah? Significa que la
piedra había caído y él la volvió a levantar». (41) O sea,
se entiende que esta piedra no es otra cosa que el hombre que
habiendo caído, se vuelve a levantar, es decir, se regenera.
Estas últimas citas nos ayudan a
comprender con bastante precisión cual es la Naturaleza de la
que hablan los sabios y, entre ellos, el bachiller Pérez de
Moya, pues la Naturaleza que vemos con nuestros ojos y sentidos
caídos, no es sino un reflejo de la Naturaleza interior, aquella
que está oculta en cada uno de nosotros mismos, y que en los
varones claros se levanta y se manifiesta completamente. Entonces
la mitología es la filosofía que reúne al hombre con Dios.
(1) Sobre la Prisca Theología,
es decir, la Teología de los antiguos, cfr. F. Yates, Giordano
Bruno y la tradición hermética. Ed. Ariel, Barcelona, 1983;
p. 34-36.
(2) Hemos utilizado la edición de
la Filosofía secreta de Ed. Glosa, Barcelona, 1977. Todas
las referencias citadas pertenecen al primer volumen, la presente
cita se encuentra en la p.9. Recientemente ha aparecido una
edición de la editorial Cátedra, realizada por M. Claverías.
(3) Diálogos de amor,
Promoción publicaciones universitarias, Barcelona, 1986; p.218.
(4) ibídem. p.220.
(5) "La Cábala", en La
Puerta-Cábala, Barcelona, 1989; p.9.
(6) Citado por J. Seznec, La
survivance des dieux antiques. Ed. Flammarion, París, 198o;
p.278.
(7) Inundación castálida.
Ed. Castalia, Madrid, 1982; p.366.
(8) Citado por R. López, La
mitología en la pintura española. Ed. Cátedra, Madrid,
1985; p.24.
(9) Citado por A. Parker en la
introducción a la Fábula de Polifemo y Galatea de
Góngora. Ed. Cátedra, Madrid, 1990; p.53.
(10) Citado por C. del Tilo en la
presentación "De la incertidumbre, vanidad y abusos de las
ciencias de E. C. Agrippa, La Puerta, "Magia",
Barcelona 1993, p. 54.
(11) Tesoro de la lengua
castellana. Ed. Altafulla, Barcelona, 1943; voz: fábula.
(12) Cfr. F. Buffiere, Les
mythes dHomère. Ed. Les Belles Lettres, París, 1956;
p.81s.
(13) Cfr. J. Seznec, op. cit.;
278.
(14) Etimologías. Ed.
Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1982; vol. I, p.725s.
(15) Cfr. S. Klossowsky de Rola, El
Juego Aureo. Ed. Siruela, Madrid, 1988; p.63.
(16) op. cit.;p.47-48.
(17) op. cit.; p.50.
(18) La Filosofía natural
restituida. Biblioteca esotérica, Barcelona, 1986; p.30s.
(19) op. cit.; p.54.
(20) Les fables égyptiennes et
grecques. Ed. Delalain, París, 1786; vol. I, p.389.
(21) op. cit.; p.71.
(22) op. cit.; vol. II, p.
34.
(23) op. cit.; p.74.
(24) Cfr. M.T. Varrón, Di
lingua Latina. Ed. Anthropos, Barcelona, 1990; p.49s. Y
Platón, "Crátilo", Diálogos II. Ed. Gredos,
Madrid, 1987; p.386s.
(25) op. cit.; p.83.
(26) ibídem.; p.90s.
(27) D. Pernety, op. cit.;
vol.I I, p.58. Y J. dEspagnet, Loeuvre secret de
la philosophie dHermès. Ed. Denoël, París, 1972; p.
150.
(28) op. cit.; vol.II,
p.58.
(29) Fray Luis de Granada Introducción
del Símbolo de la Fe . Ed. Cátedra, Madrid, 1989; p.114.
(30) ibídem.
(31) ibídem; p.210.
(32) op. cit.; vol. II,
131.
(33) Los hombre del Renacimiento
bajo las formas de Apolo hablaban del Hijo de Dios, es el viejo
sueño de A. Durero cuando decía: "De la misma manera que
los paganos han dado a su ídolo Apolo las proporciones de la
más bella forma humana, nosotros queremos utilizar la misma
medida para Cristo Nuestro Señor, que es el más bello del
mundo". Citado por J. Garriga, Fuentes y documentos para
la historia del arte. El Renacimiento en Europa. Ed. G. Gili,
Barcelona, 1983; p.483.
(34) ibídem.; p. 210.
(35) ibídem.; p.211.
(36) N. Flamel Libro de las
figuras jeroglíficas. Ed. Obelisco, Barcelona, 1982; p. 59.
(37) ibídem.; p.225.
(38) Emblemas morales.
Madrid, 1610. Centuria II, emblema 149.
(39) Textos de Historia del
Arte. Ed. Visor, Madrid, 1988; p.147.La palabra egipcia teche
designa a la vez el rayo de sol y el obelisco.
(40) "Extracto de cartas de
L. Cattiaux a sus amigos" en La Puerta, nº 9;
Barcelona, 1982; p. 31.
(41) Sefer ha-Zohar . Ed.
Verdier, Lagrasse, 1981; vol. I, p.366.
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