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LA PIEDRA ACUOSA DE SABIDURÍA
O
EL ACUARIO DE LOS SABIOS
Anónimo
Presentación y traducción: L. Montblanch
La alquimia es un misterio, la revelación cristiana también.
Y ambos misterios guardan entre sí una estrecha relación que sólo
una lectura reposada, atenta y sin prejuicios de los textos respectivos puede
poner de manifiesto. La primera sería como la experimentación
de la naturaleza física (es decir, sensible) del secreto de la segunda.
Y la Escritura Sagrada ofrecería el acceso a la primera. Recordemos el
adagio hermético de la decimocuarta plancha del Mutus Liber: Ora, lege,
lege, lege, relege, labora et invenies (Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja
y encontrarás). Antes ora que labora, pero sólo el labora
permite palpar el don celeste obtenido con el ora.
El texto, cuya traducción parcial ofrecemos al lector y cuya lectura
íntegra le recomendamos vivamente, es un bello y claro ejemplo de lo
que decimos. Concretamente en el cuarto capítulo el autor establece un
paralelismo entre la piedra celeste, Jesucristo, y la piedra terrestre, la Piedra
Filosofal, entre la obra teológica y la obra filosófica.
El Acuario de los Sabios se atribuye a Johann Ambrosius Siebmacher que vivió
a principios del s. XVII en Nuremberg y Augsbourg pero nada permite afirmarlo
con seguridad. Apareció por vez primera en alemán (Lucas Jennis,
Francfort, 1619) y , posteriormente, traducido al latín, en el Musaeum
Hermeticum (Lucas Jennis, Francfort, 1625). Recientemente disponemos de una
traducción francesa (ed. La Table dEmeraude, París, 1989)
realizada por Claude Froidebise a partir del texto latino de la 2ª edición
del Musaeum Hermeticum (Francfort, 1677) incluyendo las variantes respecto a
la edición de 1625.
EL ACUARIO DE LOS SABIOS
Breve explicación del admirable y soberano Acuario de
Los Sabios, también llamado Piedra de los Filósofos.
Prólogo
Desde el principio del mundo, vemos que en cada época se han manifestado
entre los paganos numerosos filósofos excepcionales y sabios, iluminados
en grado sumo por Dios y de gran experiencia, que han observado con mucha atención
la naturaleza y las facultades de las criaturas inferiores y se han esforzado
en llevar a cabo un estudio minucioso. Han buscado con un deseo ardiente y un
trabajo continuo aquello que, en la naturaleza de las cosas, pudiera proteger
el cuerpo terrestre del hombre de la destrucción y de la muerte, conservarle
la integridad y mantenerlo en vigor perpetuo.
Entonces, por un particular influjo divino, y por la luz de la naturaleza,
vieron y conocieron que debía encontrarse en este mundo un arcano único,
una cosa admirable establecida por Dios todopoderoso para provecho del género
humano. Así, esta cosa singular y secreta con toda seguridad renovaría
y establecería perfectamente en su integridad todo aquello que fuese
imperfecto, incompleto y corrupto a lo largo y ancho de la tierra.
Aprendieron por experiencia, en el curso de investigaciones diligentes y muy
precisas, que de ningún modo podría encontrarse en este mundo
algo aparte de esta cosa única capaz de liberar de la muerte al cuerpo
terrestre y corruptible. En efecto, la muerte ha sido establecida e impuesta
como castigo a los protoplastos, los primeros seres creados, Adán y Eva,
y jamás soportó ser separada de su posteridad. Dios ha dispuesto
esta cosa única, en sí misma por naturaleza incorruptible, para
provecho del hombre a fin de que hiciese desaparecer la corrupción, pudiese
devolver la salud a todos los cuerpos imperfectos, liberarse de la vejez y prolongase
esta breve vida como ocurrió con los Patriarcas que permanecieron siempre
jóvenes.
Han habido filósofos virtuosos y experimentados que tanto han buscado
este sujeto admirable y secreto con la máxima diligencia y aplicación
que, finalmente, lo encontraron al igual que su noble uso, gracias a lo cual
se han curado y conservado sanos toda su vida. Anteriormente también
todos los Santos Patriarcas han conocido y poseído realmente este gran
misterio, objeto de toda admiración. Sin duda alguna desde el principio
le fue revelado y enseñado a nuestro padre Adán por Dios, tres
veces grande y, a continuación, todos los Patriarcas lo recibieron de
Adán por derecho de herencia. Gracias a sus propiedades adquirieron la
salud del cuerpo, una larga vida y obtuvieron inmensas riquezas. Cuando los
paganos de los que hemos hablado se convirtieron en adeptos de esta cosa admirable,
aún más, divina, la consideraron como un don singular de Dios
y como el mayor arte y el más secreto. Entonces vieron también
que la Providencia no la revelaba sino a muy pocos hombres y que permanecía
oculta para la mayor parte del mundo. Por ello siempre la ocultaron al hombre
con el mayor cuidado.
Pero para que este secreto no cayera en el olvido después de su desaparición
sino que, por el contrario, se perpetuase y en lo sucesivo fuera guardado para
la posteridad, lo pusieron por escrito. De este modo, gracias a tales libros
transmitieron y dejaron numerosas instrucciones y claras enseñanzas a
sus más fieles discípulos. No obstante, ocultaron la cosa y la
rodearon de palabras alegóricas, de suerte que hasta hoy son muy pocos
los que la han encontrado y han podido extraer un fundamento suficiente y cierto.
No han actuado así a la ligera sino por buenas razones. Gracias a ello,
aquellos que buscan esta sabiduría invocarán pronto y apasionadamente
a Dios para obtenerla, ya que en su mano se hallan todas las cosas y, cuando
les habrá sido revelada, sólo a él le atribuirán
la gloria y el honor, dándole la acción de gracias que le corresponde.
También lo han hecho para que estas nobles perlas no sean echadas a los
puercos. Ya que si fuese manifestado al mundo impío, éste ya no
desearía nada más que esta única cosa a causa de su extrema
avaricia y seguiría finalmente una vida disoluta y bestial descuidando
cualquier trabajo o actividad.
Si bien con frecuencia los filósofos de los que hablamos han expuesto
este arte eminente de diferente manera y lo han descrito, por las susodichas
razones, mediante numeroso nombres particulares, parábolas, expresiones
sorprendentes en lengua extranjera y sofistas, no obstante hay un acuerdo perfecto
entre ellos, con todas esas expresiones diferentes no han querido más
que conducir a un único fin y no mostrar sino la única materia
necesaria para el arte. No obstante, la mayoría de los buscadores de
este arte se han apartado de esta materia secreta y así se han equivocado
de vía. En efecto, siempre y aún hoy hay hombres que suspiran
tras esta sabiduría, no sólo gente poco instruida sino también
muchas personas eminentes y con mucha experiencia en la filosofía. La
buscan e intentan obtenerla no sólo mediante un profundo estudio sino
también con un trabajo considerable y grandes gastos pero nunca consiguen
alcanzarla y aún menos disponer de ella. Pues, ciertamente, la mayoría
se dejan capturar por el anzuelo del oro, se precipitan en desgracias irreparables
y se ven obligados, ¡con qué vergüenza! a abandonar sus investigaciones.
No obstante, para que nadie dude del buen fundamento de este arte sagrado y
lo tome por una ficción, según la costumbre y práctica
de este mundo, quiero dar a conocer cronológicamente y nominalmente los
auténticos filósofos y sus sucesores que han conocido verdaderamente
este arte, lo han poseído y practicado, aparte de los enviados de quienes
se hace mención en la Sagrada Escritura. Son: Hermes Trismegisto, Pitágoras,
Jesús, el bendito, Alejandro Magno, Platón, Teofrasto, Avicena,
Galeno, Hipócrates, Lucio, Longanus, Rases, Arquelao, Rupescissa, el
Autor del Gran Rosario, María, la profetisa, Denis Zachaire, Haly, Morien,
Calid, Constantinus, Serapion, Alberto Magno, Estrod, Arnaldo de Vilanova, Geber,
Raimundo Lulio, Roger Bacon, Alanus, Tomás de Aquino, Marcel Palingène;
los autores contemporáneos son: Bernardo el Trevisano, el hermano Basilio
Valentín, Paracelso y aún otros. En efecto, no hay ninguna duda
de que incluso hoy en día podemos encontrar hombres que, por la gracia
de Dios, practican el arte y lo disfrutan todos los días de su vida en
secreto y en silencio. Pero mientras que los filósofos que he enumerado
han descrito este gran misterio con verdad y sin disimulo y que deducen su demostración
del verdadero fundamento y de la simple fuente de la naturaleza, encontramos,
al contrario, muchos pseudo filósofos e impostores que se vanaglorian
sin razón de poseer la ciencia de este arte y que también se esfuerzan
en enseñarlo. Para ocultar su fraude tergiversan de manera vergonzosa
e impía los escritos de los verdaderos filósofos y ponen un velo
ante los ojos de la gente, hacen que la boca se les haga agua y engañan
para realizar su propio deseo. Por ello, tanto estos impostores como aquellos
que han sido engañados por la mentira, deberían examinar atentamente
la advertencia que sigue: «Alfa es un signo para el químico. Pero
para ti, ¿qué es beta? Una letra griega. La letra pi enseña
y a ella se hace referencia en otra parte. Recuerda y no embauques a nadie con
un falso pretexto. Cuídate de encerrar la luz con una voz quejumbrosa».
Asimismo: «No te fíes del químico que pretende destilar
el aire con un canasto, si eres prudente ¡ojo avizor! Si no quieres sufrir
el penoso perjuicio de la burla, huye entonces de todos los hombres a causa
de su desfachatez. Sigue a los de espíritu sencillo, a los modestos y
a los piadosos y no a los orgullosos. Es loable poder hacer el bien y disfrutar
de ello. ¡Dime al menos dónde encontrar tales hombres! Busca pues
los hombres queridos que maravillosamente no han muerto este año. Ellos
aventajan a todos los demás por el peso, la obra y la cosa».
Por último, en muchos lugares hemos encontrado artistas fieles y discípulos
de este arte filosófico y secreto que de buena gana se esforzaban en
ir hacia él por una vía recta y segura, sin tantos rodeos. Pero
están tan trastornados y atrapados por el error a causa del griterío
y las vanas pretensiones de estos impostores deshonestos y sofísticos
de los que hemos hablado, que muchos ignoran completamente si deben ir más
allá en este arte o bien hacer marcha atrás. Por esta razón
he tomado la decisión de sacar a relucir y explicar de este arte, aunque
poco, ciertamente, sí, cosas verdaderas y bien fundadas. Me considero
indigno de escribir un tratado sobre semejante misterio pero como he avanzado
hasta él por la gracia de Dios, tres veces grande (a fin de hablar aquí
sin deseo de gloria) y que son pocos, tan pocos entre millares quienes lo alcanzan
y también por temor a que el talento que Dios todopoderoso me ha acordado
por su clemencia no quede enterrado tras de mí, como dado a quien no
lo mereciera, enseñaré a todos los filósofos químicos,
honradamente, tal como convendrá, un compendio o exposición de
todo este arte, así como una vía recta certera, infalible, es
decir, el método por el que pueden acceder. Pero esto no ocurrirá
más que si se abren los ojos de algunos por la gracia divina, si estos
filósofos son conducidos desde sus opiniones falsas y preconcebidas al
recto camino y si, por fin, se les manifiestan más y más las maravillas
de Dios [...]
Primera parte
¿Cuál es el hombre que teme al Señor? El le mostrará
la vía que debe escoger.
(Sal. XXV, 12)
En primer lugar, que los piadosos químicos que temen a Dios y los filósofos
de este arte tomen conciencia de que si ya es necesario guardar secreto respecto
al mayor y más elevado arte, cuánto más si éste
es un arte santo. En efecto, en él encontramos impreso y representado
el bien supremo, celeste y más santo del Todopoderoso. Aquel que concibe
el proyecto de alcanzar este misterio supremo e infalible debe saber que este
arte no depende del poder del hombre sino de la voluntad clemente de Dios y
que lo que permite llegar a él no es nuestro querer o nuestro deseo sino
la misericordia del Todopoderoso. Por eso debes ser, ante todo, piadoso. Alza
tu corazón únicamente hacia Dios y, sin dudar, pídele este
don por medio de una plegaria verdadera y muy ardiente. Tan sólo Dios
lo otorga; no se obtiene sino de él. Si Dios Todopoderoso, que escruta
y conoce todos los corazones, reconoce en ti un alma recta, fiel y sin malicia,
y si ve que te esfuerzas en buscar y estudiar con el único fin de alabarle
y glorificarle tan sólo a él, sin duda te lo otorgará,
según su promesa.
Te conducirá por su Espíritu Santo de modo que puedas llegar,
sin dificultad y gradualmente, a un cierto comienzo en el que jamás habrías
podido pensar con tu razón. En ese momento sentirás en tu corazón
mismo que Dios misericordioso ha escuchado benévolamente tu plegaria,
que te ha llevado hasta un afortunado comienzo y que ya casi te ha dado a conocer
la revelación.
Entonces arrodíllate y da gracias a Dios con corazón humilde
y contrito, alábale, glorifícale y hónrale ya que tus plegarias
han sido satisfechas. No ceses de pedirle también que se digne derramar
por su Espíritu Santo esta gracia que florece y que ya has percibido
en tu corazón, y que te guíe. De esta manera, cuando este profundo
misterio te habrá sido perfectamente revelado en su totalidad, podrás
ponerlo en práctica no empleándolo más que para la gloria
y el honor del santísimo nombre de Dios y para el provecho y utilidad
de tu prójimo que se encuentra en la necesidad.
Por otro lado, recuerda que no puedes revelar ni siquiera accidentalmente este
misterio a un indigno o a un impío bajo pena de perder tu salvación
y, menos aún, comunicárselo y compartirlo con él, hacer
de un modo u otro mal uso de él no utilizarlo para tu renombre y no para
la gloria de Dios como hemos dicho. Recuerda también que si no actuases
así y te arriesgases a transgredir estas órdenes, no escaparás
del castigo de Dios. En ese caso más te habría valido no haber
oído hablar nunca de este arte ni conocer nada de él.
Ahora que has sopesado estas cosas, que te has consagrado a Dios, quien no
permite que nadie se ría de Él, y que te has fijado por esta razón
una meta y un fin, aprende primero cómo Dios Tri-uno ordenó desde
el comienzo la naturaleza universal, en la que ésta se convierte, lo
que puede, cómo opera cada día en todas las cosas de una cierta
manera invisible y cómo consiste en la única voluntad de Dios
y encuentra allí su morada. Sin el verdadero conocimiento de la naturaleza
no podrás aprender esta obra sin dificultad y estarás expuesto
a riesgos y peligros. Ahora bien, la cualidad y propiedad de la naturaleza es
ser única, verdadera, simple, perfecta en su esencia y además
posee encerrado en ella un espíritu oculto. Si quieres conocer la naturaleza
debes ser hecho semejante a ella, verdadero, paciente, simple y firme además
de piadoso y bueno respecto a tu prójimo pero, ante todo, debes ser un
hombre regenerado y nuevo.
Si reconoces en ti esta disposición, en breve la naturaleza se adaptará
y conformará a la naturaleza y percibirás inmediatamente en ti
un inestimable provecho, tanto para el cuerpo como para el alma.
La búsqueda y contemplación de este arte te resultarán
altamente provechosas y ventajosas, ya que si aprendes correctamente los principios
que lo rigen, te conducirán, podría decirse que violentamente,
hasta el conocimiento de los milagros divinos. Entonces carecerán de
valor las cosas efímeras que el mundo tanto aprecia. Por el contrario,
aquel que aspira a este arte y se esfuerza en obtenerlo para la riqueza y que
intenta desviarlo de su objeto hacia el orgullo y la vanidad de este mundo,
debe persuadirse de que jamás llegará al fin deseado. También
es necesario que tu alma, es más, todos tus pensamientos que se dirigen
hacia las cosas terrestres, sean como recreados y que se consagren únicamente
a Dios. Se advierte pues que los tres, a saber, cuerpo, alma y espíritu,
deben estar en armonía y obrar conjuntamente. Ya que si el corazón
y el alma del hombre no son conducidos del mismo modo que es elaborada toda
la obra, te equivocas con respecto al arte.
Deberás, pues, conformar todas tus acciones. El artista no hace aquí
más que sembrar, plantar y regar y sólo Dios da el crecimiento.
Por consiguiente, si Dios se opone a alguien, toda la naturaleza también
le es contraria. Pero en cuanto al que se vuelve amigo de Dios, el cielo, la
tierra así como todos los elementos son impelidos a ir en su ayuda. Si
tienes en cuenta esto y si posees con tus manos el conocimiento de la verdadera
primera materia de la que hablaremos a continuación, podrás avanzar
hacia la práctica y emprender el comienzo de la obra.
Debes, una vez más, implorar al Todopoderoso para obtener su gracia
y la vía a seguir en tu proyecto. De este modo tu obra avanzará
y llegará, con toda facilidad, al afortunado y feliz fin deseado.
«Quien permanece en el temor de Dios y queda unido a su verbo, no emplea,
mientras espera su ayuda, ni el negro ni el blanco. Prepara la plata y el oro
a partir del cobre y del estaño y tendrá el medio de preparar,
ayudado por Dios, muchas otras cosas. De este modo, con el favor de Jehová,
hará felizmente oro a partir de un fango y de un barro.» (Eccl.
II)
Cuarta parte
Abriré la boca en parábolas y diré los secretos.
Ocultos desde el comienzo del mundo.
(Sal. LXXVIII, 2; Mt. XIII, 34)
Cuando Dios Todopoderoso quiso revelar por su voz divina al género humano
algún secreto singular relativo a sus misterios admirables, sublimes
y celestes, lo hizo las más de las veces alegóricamente. Estas
parábolas que conocemos en el curso de esta vida terrestre, son como
imágenes propuestas día a día ante nuestros ojos. Por ejemplo,
en el capítulo III del Génesis, después de la caída
de Adán, cuando Dios quiso indicarle su pena mortal, la muerte corporal,
se la manifestó por medio de esta enseñanza: «Si la tierra
no tenía vida por sí misma y él, no obstante, fue tomado
y formado, por esta razón debía volverse semejante a ella.»
(1)
[...] Estos símbolos y similitudes no nos fueron dados sino para facilitarnos
la comprensión y la imaginación de las cosas celestes, tan difíciles
de asir a causa de la imbecilidad humana. Pero, por encima de todo ¿no
debía Dios eterno proponernos en una cierta figura corporal al mayor
de sus bienes, su hijo, nuestro Señor y conservador, es decir a Jesucristo,
que liberó a todo el género humano de la muerte eterna y que por
su obediencia y sus méritos restauró el reino celeste? ¿Acaso
no es difícil de comprender este gran misterio de Dios Todopoderoso:
«Que los cielos envíen el rocío y que las nubes lluevan
al justo, que la tierra se abra, se cubra de vegetación y produzca al
Salvador»? (2)
Esto nos ha sido significado en el Antiguo Testamento y en otros lugares mediante
ciertos ejemplos como el sacrificio de Isaac, la escalera de Jacob, la venta
y el admirable establecimiento de José, la serpiente de bronce, Sansón,
David y Jonás. Pero Dios Todopoderoso nos ha mostrado de antemano y con
profusión a nosotros, hombres, un bien tan elevado y celeste, mediante
una cosa admirable y no obstante oculta en el gran libro de la naturaleza; una
cosa que produjo a la luz del día a fin de que pudiésemos, con
el resto, tener una representación original e incluso una cierta aprehensión
visible y corporal de estos bienes y dones celestes.
Nos propuso, en su verbo, un cierto objeto terrestre y corporal cuando nos
dice por boca del profeta Isaías: «He aquí que pongo en
Sión una piedra angular, una piedra probada y bien fundada: quien se
apoye en ella no huye.» (3) Y David, el profeta real, nos dijo mediante
el Espíritu de Dios: «La piedra rechazada por los arquitectos se
ha convertido en piedra angular; es la obra del Señor y una maravilla
ante nuestros ojos.» (4) Y el mismo Cristo, llamado ahora Piedra Angular,
relaciona consigo esta imagen diciendo: «¿No habéis leído
nunca en la Escritura que la piedra rechazada por los arquitectos se ha convertido
en piedra angular? Es la obra del Señor y una maravilla ante nuestros
ojos; quien caiga sobre ella será quebrado y sobre el que caiga lo aplastará».
(5)
Es lo que san Pedro en su Epístola (6) y san Pablo (7) repiten y describen,
invariablemente, de la misma manera.
Ya desde el comienzo del mundo los ancestros, los Santos Patriarcas y, después
de ellos, todos los hombres iluminados por Dios, esperaron con toda la fuerza
de su deseo esa piedra probada, bendita y celeste: Jesucristo; (8) sus más
ardientes plegarias iban dirigidas a que Dios se dignara comunicarles, también
a ellos, a Cristo, bajo su forma corporal y visible. (9) Si lo conocieron según
la justicia, en el Espíritu, y si lo siguieron, ciertamente se deleitaron
toda su vida y además, en todos los peligros se apoyaron sobre este pilar
invisible.
Esta piedra celeste y bendita ha sido dada por Dios a todo el género
humano, tanto a ricos como a pobres, gratuitamente, sin ningún mérito
por parte de nadie. (10) Aunque pocos hombres, no obstante, desde el comienzo
hasta nuestros días, hayan podido descubrirla y comprenderla en este
mundo, subsiste en todos los tiempos, siempre oculta, como pesada piedra de
tropiezo y de escándalo para la mayoría de los humanos. ¿Acaso
no ha profetizado Isaías respecto a ella diciendo: «Será
una piedra de tropiezo y una roca de escándalo, así como una ocasión
de caída y una trampa en la que muchos se arrojarán, caerán,
se quebrarán y serán cogidos»? (11) También es la
que vio en el espíritu el viejo padre Simeón, cuando habló
así a María, madre de la piedra celeste angular: «En verdad,
en verdad, éste será motivo de caída y de resurrección
para muchos de Israel y será un signo de contradicción.»
(12) San Pablo rinde este mismo testimonio diciendo: «Han topado con la
piedra de tropiezo y con la roca de escándalo, pero quienquiera que crea
en Él no será confundido.» (13) Y San Pedro dice lo mismo
en su Epístola: «Esta piedra, preciosa para los creyentes, es para
los incrédulos una piedra de tropiezo y de caída, y roca de escándalo
para los que tropiezan con la palabra y no creen en ella, en la que están».
(14)
* * *
Aquel que se esfuerce en llegar por medio de los sentidos externos y corporales
y sin el ojo interno ni la luz divina, ciertamente confundirá Saulo y
Paulo, eligiendo así un camino erróneo y una comprensión
siniestra. De la misma manera que este misterio se oculta a miles de hombres
en la descripción de la piedra terrestre, también se nos presenta
cada día ante los ojos el conocimiento de la piedra celeste, en lo que
tiene de más sublime y poderoso. Sin embargo, no debe atribuirse nuestra
ignorancia a la oscuridad de la palabra o de la letra, ya que una y otra están
bien fundadas, sino mejor a nuestro ojo, que en el hombre es falso. Cristo mismo
ha dicho: «El ojo es la luz del cuerpo; si tu ojo es malo, también
tu cuerpo es oscuro y tenebroso, y si esto ocurre, la luz se te convertirá
en tinieblas.» (15) Igualmente: «He aquí que el reino de
los cielos está en vuestro interior». (16) Parece, pues, claro
que en el hombre el conocimiento de la luz no debe proceder del exterior sino
del interior, como lo testifica la Sagrada Escritura tan a menudo citada. A
causa de nuestra imbecilidad, el objeto exterior, como suele decirse, o la letra
escrita, debe considerarse en relación a la luz interior de la gracia
implantada y concedida por Dios con miras al testimonio. (17)
Similarmente, el verbo percibido oralmente es una invitación, una ayuda
intermedia para promover esta luz. Por ejemplo, si después de haber situado
ante ti una mesa blanca y otra negra te preguntase cuál es la blanca
y cuál la negra, al ser estas mesas objetos escuetos y mudos, difícilmente
podrías responderme si previamente no tuvieses el conocimiento de estos
colores. (18) Este conocimiento no tiene su origen en esas mesas que son mudas
y muertas y no pueden conocer nada por sí mismas, sino en tus propias
ciencias que tienes innatas y ejerces diariamente.
Como hemos dicho antes, los objetos, al poner los sentidos en movimiento, ofrecen
un asidero al conocimiento pero, no obstante, no dan de ningún modo el
conocimiento mismo; el exterior hace surgir el conocimiento del interior del
interior del individuo que conoce y ejerce así su juicio en la ciencia
de los colores. Igualmente, si se te pidiera que extrajeses el fuego material
y externo, o luz, del pedernal en el que este fuego o luz se halla oculto, no
habrías de introducir en la piedra esta luz oculta y secreta sino que
deberías provocar y excitar este fuego oculto con un eslabón que
tendrías necesariamente que poseer. Debes, pues, hacer que mane y manifestar
fuera de la piedra este fuego que, seguidamente, extenderás y soplarás
sobre una buena materia inflamable preparada a este efecto, sin lo cual se vería
obligado a extinguirse inmediatamente y a desvanecerse de nuevo. Después
de esto dispondrás de un fuego brillante con el que te será posible
llevar a cabo todo lo que quieras, a tu gusto, tanto tiempo como lo mantengas
y conserves. Del mismo modo, esta luz divina y celeste oculta en el hombre debe
provenir necesariamente, no de lo extrínseco al interior, sino manifestarse
exteriormente fuera de una cierta cosa, tal como hemos dicho antes.
* * *
[...] Dios también es la verdadera magnesia católica o esperma
católico del mundo, (19) del cual, por el cual y en el cual todas las
criaturas celestes y terrestres reciben la esencia, el movimiento y el origen.(20)
Es, finalmente, el alfa y omega, el comienzo y el fin, como dice el Señor
que es, que era y que viene, el Todopoderoso. (21)
Pero en verdad, en la obra filosófica no basta únicamente con
conocer la materia, saber que es una esencia tri-una y haber aprendido sus cualidades
y propiedades. Hay que saber cómo adquirirla y utilizarla.
Esto no se puede hacer, como hemos dicho más arriba, sino disolviendo
estas tres cosas, llevándolas a la putrefacción para quitarles
su sombra humosa y su esencia grosera que oscurecen esta materia y nos la presenta
bajo un aspecto informe e inhumano. A continuación, por una sublimación
ulterior y por medio de esta agua marina reluciente de fuego, católica
y jovial, debemos extraer de esta materia su corazón y su alma oculta
y reducirla a una cierta esencia corporal. Igualmente, no podemos conocer esta
divina esencia tri-una llamada «Jehova» si primeramente no la tenemos
disuelta y putrificada, si no la hemos despojado de su velo mosaico y de su
aspecto de cólera que para nosotros es un impedimento innato y un espantajo.
Seguidamente, por una iluminación divina ulterior, debemos extraerle
su corazón y su alma interna y escondida, es decir, su hijo que es Cristo
(22) y esto se hace por la operación y la ayuda del Espíritu Santo
purificando nuestros corazones como lo haría un agua pura, (23) iluminándolos
como un fuego divino, (24) llenándolos y recreándolos con un dulce
y jovial consuelo. (25) De este modo, el Dios de cólera te aparecerá
apaciguado.
En la obra filosófica es necesario disolver la materia en sus tres partes
o principios, congelarla seguidamente por su propia sal y reducirla a una esencia
única, que entonces se llama Sal de Sabiduría. Del mismo modo,
Dios y su propio corazón, que es el hijo del padre, deben ser unidos
necesariamente por su sal propia, similarmente implantada en Dios de una manera
esencial, pero hay que reconocerlos como un solo Dios y no creer que son dos
o tenerlos por tres dioses o esencias diferentes. Si, pues, de esta manera has
conocido a Dios por su hijo, si después de haberlos separado los unes
de nuevo, si los juntas por el espíritu de divina sabiduría y
por el lazo de la divina caridad, entonces, el Dios invisible y desconocido
(26) te resultará de ahora en adelante visible, cognoscible e inteligible.
Ya no será como antes inhumano y colérico; se te presentará
bajo un aspecto muy humano y dulce, dejándose tocar, conocer y ver. Así,
Dios, antes de que Cristo, su hijo, sea formado e imaginado en nosotros, (27)
es un Dios terrible (28) e incluso un fuego consumidor. Pero no debes considerar
este conocimiento de la tri-una esencia divina como suficiente y perfecto si
no progresas y no creces en un conocimiento más profundo en lo que a
él se refiere, principalmente de su corazón.
Ya hemos dicho que si en la obra filosófica la preparación del
sujeto no se lleva más lejos, éste te resultará más
perjudicial que provechoso para la medicina corporal. Y ocurre lo mismo con
Cristo: (29) si no lo conoces mejor y aún más perfectamente, apenas
será útil como medicina espiritual de tu alma, e incluso al contrario,
te podría llevar a la condenación. Por ello, si quieres participar
de él, de sus dones celestes y de sus tesoros, gozar de ellos y usarlos
en la beatitud, debes avanzar antes en su conocimiento personal, no reconocerlo
e imaginarlo únicamente como Dios, sino esperar que se cumpla perfectamente
el tiempo señalado (30) en el que recibe ese incremento que le hace a
la vez Dios y hombre, e incluso, hijo del hombre.
En la obra filosófica, para llevarla a buen puerto y llegar a la tintura
que perfecciona a los metales simples, es necesario añadir a la primera
materia un cierto cuerpo metálico muy digno y por ello, muy próximo
a esta primera materia la cual lo desea y ama mucho, unirlos y reducirlos a
un solo cuerpo. También en la obra teológica, si queremos gozar
de su fruto y volvernos partícipes de su naturaleza, hay que juntar con
la naturaleza divina del hijo de Dios un cuerpo casi metálico, la carne
y la sangre, la humanidad o la naturaleza humana, creada a su imagen, la cima
más alta en dignidad entre todas las criaturas de Dios, muy próxima
a esta naturaleza divina. (31) Hay que unirlas ambas en un cierto cuerpo indisoluble.
Pero en la prefiguración de la obra filosófica, como ya lo hemos
notado y observado, el cuerpo vulgar del oro de ningún modo conviene
para esta obra. Su imperfección y sus numerosos defectos que lo manchan
de culpabilidad, lo vuelven completamente inútil. Hay que considerarlo,
pues, como muerto. Se debe coger otro cuerpo, puro, claro, sin mezcla, sin ninguna
impureza ni defecto, que nunca haya sido falsificado por el fraude único
ni debilitado por su azufre interno. Del mismo modo, tampoco hay que incorporar
a la esencia divina del hijo de Dios, ni ésta ha de aceptar, la naturaleza
humana vulgar, concebida en los pecados cometidos diariamente y además
falseada y contaminada por todo tipo de enfermedades preternaturales que cubren
al género humano, sino una naturaleza humana sin mácula, sin pecado
y perfecta.
«En efecto, si el Adán terrestre antes de la caída, aunque
no fuese más que una criatura, estaba sin pecado al igual que el hombre
santo y perfecto, ¿qué pensar entonces de este Adán celeste
que lleva en él al hijo único de Dios?»
Jesucristo, piedra celeste eterna, fundamental y angular, se describe pues
de la misma manera que la Piedra Filosófica en cuanto a sus dos naturalezas
admirables, su concepción y nacimiento, permaneciendo también
insondable en cuanto a sus naturalezas y propiedades.
* * *
[...] En estas condiciones y si el hombre deja de pecar cada día para
que el pecado ya no le mande, comienza en él la disolución del
oro que se ha añadido, como en la obra terrestre; es la putrefacción
de la que ya hemos hablado; debe ser completamente disuelto espiritualmente,
triturado, destruido y vuelto putrefacto. Esta disolución y putrefacción
se produce antes en uno que en el otro, pero necesariamente debe producirse
en el curso de esta vida temporal. En otros términos, tal hombre debe
ser tan bien digerido, cocido y fundido en el fuego de la tribulación
(32) que llegue incluso a desesperar completamente de todas las fuerzas que
hay en él y le lleve a buscar, como único socorro, la gracia y
la misericordia de Dios.
Así, en el horno de la tribulación y por medio de un fuego continuo,
el hombre, como el cuerpo terrestre del oro, participa de la cabeza negra del
cuervo, es decir, es vuelto enteramente disforme y convertido en irrisión
ante el mundo. (34) Y esto no se hace exactamente durante cuarenta días
y cuarenta noches, ni siquiera en cuarenta años sino a menudo durante
todo el tiempo de su vida, de suerte que, a lo largo de ella, debe necesariamente
tener con más frecuencia la experiencia del dolor que la del consuelo
y la alegría, y la del abatimiento que la del regocijo. Finalmente, su
alma es completamente liberada por esta muerte espiritual como si fuese conducida
haca las alturas, es decir, que a pesar de que su cuerpo aún está
en la tierra, él se vuelve con su espíritu y su corazón
hacia lo alto, hacia la vida eterna y la patria. Ahora su corazón ya
no vive en el mundo sino en Dios no buscando el supremo consuelo en las cosas
terrestres sino en las espirituales. (35)
Todos sus actos son orientados de suerte que ya no son terrestres sino celestes,
en la medida en que ello es posible en este mundo. Debe vivir según el
espíritu y no según la carne, en las obras que soportan la prueba
de la luz del día y no las obras estériles de las tinieblas. Esta
operación del cuerpo y del alma del hombre debe hacerse muriendo espiritualmente.
(36) Esta disolución del cuerpo y del alma tiene lugar en el oro regenerado
de modo que el cuerpo y el alma, estando como separados el uno del otro, no
por ello dejan de estar fuertemente unidos en el vaso y reunidos; el alma de
lo alto va recreando cada día el cuerpo y lo preserva de la destrucción
final hasta el tiempo fijado en el que permanecerán juntos e inseparables.
(37)
El cuerpo del hombre, sometido a esta languidez y a esta escuela de la cruz,
se encuentra como muerto, pero su alma no le abandona del todo: (38) cuando
el ardor del fuego de la tribulación sobrepasa la medida, el cuerpo es
irrigado, consolado y conservado por el espíritu que mana del rocío
del cielo superior y del néctar divino. Es un refrigerio celeste y una
recreación del cuerpo terrestre muerto en los hombres. En lo que se refiere
a nuestra muerte temporal, que es el salario del pecado, (39) no se trata de
una muerte verdadera sino de una disolución natural del cuerpo y del
alma y una suerte de ligero sueño; también es una conjunción
indisoluble y permanente del Espíritu de Dios y del alma: pero debes
entender que hablo de los santos. Se la compara, por otro lado, a este admirable
ascenso y descenso que suele hacerse siete veces seguidas en la obra terrestre.
* * *
[...] Debemos notar que los filósofos químicos nos han dado
a entender por este carácter al antimonio por el cual (como hemos dicho
al tratar de la preparación química) hay que hacer fermentar la
materia antes de unirla al elixir o Rey químico o antes de que vaya al
baño de sudación con el viejo Saturno de blancos cabellos. En
verdad, debemos considerar esto como un milagro y tenerlo por un misterio. También
entre nosotros los cristianos se encuentra esta imagen y representación.
Se la emplea y pone claramente ante nuestros ojos, aunque de modo igualmente
oculto, en la ceremonia en la que se pone entre las manos del jefe supremo,
emperador de toda la cristiandad, la bola coronada por una pequeña cruz.
Con eso se le da a entender que antes de llegar a una posesión pacífica
y tranquila deberá experimentar perfectamente la cruz de este mundo en
medio de las aflicciones y otras calamidades; ser por ellas turbado, probado
y juzgado digno.
Quizás no sea por azar y sin razón que con ello estos filósofos
antiguos han querido darnos una figura y un signo para la misma obra química
que también requiere un proceso semejante. Todo eso se puede poner en
relación con la escuela de la cruz ya mencionada, pues las tribulaciones
y persecuciones de los cristianos nos señalan que, con toda seguridad,
que antes de entrar en el reposo y la alegría eternas, se debe primero
recorrer el camino pesado y difícil de este mundo, ejercitarse en el
combate y sufrir el baño de sudación (40) con el hostil Saturno
de blancos cabellos, es decir, el viejo Adán y Satán.
Junto a todas estas tribulaciones y calamidades será necesario observar,
considerar y sopesar cuidadosamente todo tipo de signos, milagros y también
los grandes cambios que se producirán al mismo tiempo en el mundo. Uno
recordará las guerras y rumores bélicos, la multiplicación
de las sectas, la peste, la carestía de las cosechas; todos estos signos
serán anuncios y verdaderos precursores de la proximidad inminente de
nuestra redención. En suma, cuando tenga lugar la resurrección
general de los muertos (ya que la primera generación nueva que se hace
por medio del santo bautismo no es más que el comienzo de la segunda,
la verdadera regeneración, completamente perfecta, en la vida eterna),
los hombres que vencerán por la sangre del cordero resucitarán
y se enderezarán para una nueva vida, de ahora en adelante permanente;
serán unidos de nuevo en alma, cuerpo y espíritu y restablecidos
en una unión indisoluble que durará eternamente. Deberemos, pues,
ser glorificados de este modo por la pura, espiritualidad y admirable virtud,
por la fuerza, la ligereza, la gloria, la excelencia y el vigor de Cristo, rey
celeste todopoderoso; más aún, deberemos ser hechos transparentes,
bellos y con un estado de beatitud perfectísimo. (41)
Se trata de una admirable copulación o unión del cuerpo, del
alma y del espíritu, una divina floración y exaltación
de los elegidos. Podemos, ya en esta vida, verla y observarla, pero no sin temor
ni temblor, en la obra terrestre. Por ello están arrebatados de admiración
los ángeles que se preocupan de ver todas estas cosas y así dominaremos
y reinaremos por los siglos de los siglos con Cristo, nuestro príncipe
eterno del cielo, con todos los ángeles y espíritus ejecutores,
en una gloria sin fin y la gloria de la majestad sobre todas las cosas. (42)
Epílogo
Ahora posees, amigo y benévolo lector, una breve descripción,
una exposición simple, un modelo infalible y una comparación alegórica
de la piedra terrestre y química y de la verdadera piedra celeste, Jesucristo,
gracias a la que podrás alcanzar una beatitud y una perfección
seguras, no sólo aquí abajo en esta vida terrestre sino en la
vida eterna. Este doble sujeto podría haber sido expuesto con menos rodeos
y más detalladamente en la obra teológica precedente, no obstante
debes saber que yo no enseño Sagrada Escritura y que no soy un teólogo
aristotélico en boga, sino un simple ciudadano sin cargo público.
En efecto, no he adquirido esta ciencia que Dios me ha acordado por mis estudios
en una célebre academia, sino que la he aprendido en la escuela universal
de la naturaleza (43) y en el gran libro de los milagros gracias al que todos
los que conocen a Dios han recibido información desde hace siglos. Por
esa razón he dado a mi descripción una forma simple, tal como
he dicho, y no la de un escrito elegante y de una longitud desmesurada. Por
otro lado, mi tarea no consistía en emprender aquí un tratado
más completo y extenso sobre la teología. He aquí cuál
era mi objetivo: he querido trazar como un rápido bosquejo para aquellos
que tal vez no hayan hecho aún suficientes progresos, a fin de permitirles
buscar la cosa más profundamente, ya que me parece bien que cada amante
de la verdad no omita en ningún caso los milagros de Dios y no los sepulte
en un perpetuo silencio sino al contrario, los celebre, magnifique y glorifique.
Así, pues, también yo he querido hacer públicamente mi
confesión y decir, al mismo tiempo, lo que pienso y creo respecto a los
artículos de fe de la religión cristiana en esta época,
¡oh dolor!, en la que hay enfrentamientos donde, en procesos precipitados,
los calumniadores más mentirosos (44) denuncian por traición herética
y consideran sospechosos a numerosos cristianos piadosos que no piensan como
ellos. Pero las impías blasfemias del mundo y los juicios desconsiderados
en modo alguno ofenden al verdadero cristiano insultado con esta suerte de calumnias,
ya que el diablo y sus escamosos hijos han tenido siempre por costumbre hacer
sufrir la misma cosa a Cristo y a sus seguidores y todavía en nuestros
días actúan así. (45) Ahora ya no diré nada más
pero quiero someter el asunto al supremo Juez de jueces que es la verdadera
piedra de Lidia de todos los corazones. (46)
Además, quiero que, en lo que concierne al principio de la obra de la
piedra terrestre, el aficionado al arte químico vaya a ver los detalles
a la enseñanza que he dado en primer lugar, y que ésta le sea
fielmente inculcada de nuevo en este epílogo. En efecto, del mismo modo
que en una canción se encuentra repetido más de una vez un buen
estribillo, así haremos nosotros respecto a este tema según nuestra
costumbre. Con toda seguridad, uno no ha de dirigir su voluntad y sus pensamientos
hacia la piedra filosófica terrestre ni debe emprender tal obra sin conocer
ni haber preparado exactamente la piedra celeste, gracias a la que Dios da la
piedra terrestre o, como mínimo, sin haber empezado de hecho, con gran
cuidado, la preparación de ambas piedras a la vez, a saber, la espiritual
y corporal. (47) En lo que a mí respecta, estoy de acuerdo con todos
los verdaderos filósofos al decir que seguramente es temerario, sobre
todo en esta fase, emprender una obra de tal envergadura y trabajar sin el conocimiento
de la naturaleza.
Además quiero remarcar aquí y declarar expresamente que, en mi
opinión, sin el verdadero conocimiento de Cristo, piedra angular celeste,
no sólo es difícil sino verdaderamente imposible preparar la piedra
filosófica, dado que toda la naturaleza consiste perfectamente en esta
piedra celeste. Si no se quiere sufrir un fracaso vergonzoso hay que examinar
convenientemente este punto y no aspirar ávida y desconsideradamente
a este arte como hacen muchos que, la mayoría de las veces, no están
de ningún modo preparados para emprenderlo, no tienen las capacidades
necesarias y no se han ejercitado ni siquiera un poco en abordar este conocimiento
de la naturaleza tantas veces repetido. En efecto, a menudo el final corresponde
al comienzo al igual que la cosa habla por sí misma, desgraciadamente,
en lo que a muchos se refiere. No obstante hay que atribuir el fracaso a un
proyecto prematuro y a la ignorancia.
Es verdaderamente admirable encontrar todavía hombres que no sólo
buscan este arte supremo (48) sino también se esfuerzan en ponerse manos
a la obra y en realizarla y que, sin embargo, se preguntan si el arte es natural
o mágico, si es preternatural o si se trata de necromancia y si se adquiere
a través de un espíritu o por medios ilegítimos y prohibidos.
¡De ningún modo, señor mío! Ni el diablo ni, con
más razón, ningún impío puede, sin el permiso divino,
hacer nada en este arte y, menos aún, emprenderlo por propia iniciativa
ni practicarlo según su capricho. Ni lo más mínimo, ya
que este arte permanece en la mano y en el poder de Dios, quien lo otorga y
también lo quita a quien quiere. En efecto, este arte, que procede de
Dios y por Dios, no admite de ninguna manera un espíritu voluptuoso y,
menos aún, espíritus funestos e infernales, sino, por el contrario,
el espíritu que es simple, recto, verdadero, constante y de esencia pura
y piadoso. Pero el mundo de hoy, indiferente e impío, ya no conoce este
espíritu y, por ello, la mayoría de los hombres ignoran también
su esencia y su misterio supremo. En efecto, tan pronto como algo de este misterio
llega a oídos de esta gente mundana, (49) enseguida quieren ser capaces
de comprenderlo y, si no, dicen que es una tontería. También este
espíritu les estará perpetuamente oculto a causa de su ceguera
y, finalmente, se les quitará en su totalidad.
No obstante, para no ir eventualmente más allá de lo previsto
en este recordatorio y para abordar de nuevo el tema y llevarlo en este caso
a buen fin, quiero dar a conocer lealmente lo que sigue a los artistas piadosos
en forma de amable exhortación: en la medida en que uno oriente hacia
Dios su corazón y su alma (50) más aún, toda su vida y
sus actos, notará cada día e incluso a cada instante, en el progreso
de la piedra y de su obra, esta insigne utilidad. Yo mismo me he conformado
a ello todos los días de mi vida con la máxima aplicación
y la mayor devoción y de este modo lo he aprendido por experiencia. Por
esta razón desde el principio debe regular todas sus acciones y prepararse
de tal modo que tenga la fuerza de llevar ambas obras a buen fin.
Quizás se podría objetar aquí que, seguramente, han habido
hombres que poseyeron verdaderamente esta piedra filosófica o la tintura
y que por medio de ella cambiaron los metales simples en oro y plata. No obstante,
eran poco capaces y tampoco tenían un buen conocimiento de la piedra
celeste, y además, (51) consagraron su tiempo alas cosas vanas y frívolas
de la vida. Respondo a esto que se les deje a su situación y que no entablaré
aquí ninguna discusión para saber cómo y dónde se
han procurado su tintura. Pero nadie me convencerá completamente de que
han preparado y confeccionado la verdadera y exacta tintura de la que he hablado
en todo este tratado y creo aún menos que me pueda equivocar al respecto.
El trágico fin de estos hombres de espíritu tan superficial hacia
el que se han precipitado con su tintura, es una prueba suficiente y, desgraciadamente,
ejemplos de esto no faltan hoy en día. ¿Callaré ahora que
el arte químico, junto con las cosas que le son necesarias, no es único
sino diverso? En efecto, al igual que en las otras disciplinas se encuentran
partidarios de diferentes opiniones y de variados colores, (52) lo mismo ocurre
en este arte: aunque a todos se les llame químicos en general, no obstante,
no todos están instruidos sobre la misma cosa ni actúan con la
misma intención.
Hablo aquí únicamente de la verdadera alquimia, llena de arte
y conforme a la naturaleza, que enseña ante todo lo que es necesario
discernir y conocer en todas las cosas, la diferencia entre lo bueno y lo malo,
lo puro y lo impuro. Por ella puede producirse un justo progreso después
de que se haya puesto remedio a la debilidad y a la corrupción de la
naturaleza. (53) Esta procede entonces al acrecentamiento de los metales al
igual que si tú te esfuerzas en ayudar a un fruto que no pudiese llegar
a una exacta madurez a causa de algún acontecimiento fortuito, o bien
en obtener mayor cantidad a partir de una semilla o de una simiente, lo que
puede emprenderse y realizarse con pocos gastos. En cuanto al otro arte, que
es sofístico y pseudo alquímico, no lo comprendo y tampoco quiero
aprenderlo (54) porque sus maestros prometen en vano seguir vías no demasiado
torcidas y proporcionar montañas de oro puro mientras que en verdad están
muy lejos de ello. Por otro lado, este falso arte no aporta absolutamente nada
concreto y, además, sólo conlleva gastos enormes, exige trabajos
imprudentes y se cobra a menudo el cuerpo mismo y la vida. Por consiguiente,
si uno o varios químicos de esta especie salieran a tu encuentro vanagloriándose
de poseer el verdadero y natural arte químico y se empeñasen en
enseñártelo a cambio de dinero u otra cosa, pretendiendo no poder
sufragar los gastos necesarios, quedas finalmente avisado de que de ningún
modos debes confiar en ellos. La serpiente está, la mayoría de
las veces, oculta junto a ellos en la hierba. Además, puedo verdaderamente
afirmar que el gasto a realizar en toda la obra universal no sobrepasa el precio
de tres florines en total; exceptuando el alimento cotidiano y el mantenimiento
del fuego, la materia es parcialmente vil, como hemos dado a entender más
arriba, se encuentra por todas partes en cantidad suficiente y más aún
sin gran dificultad y, en cuanto al trabajo, también es fácil
y simple. En suma, los hombres piadosos escogidos por Dios para este fin (55)
comprenden simple y fácilmente este arte, pero es verdaderamente difícil
y casi imposible para los impíos y malvados. (56)
Para terminar mi conclusión, he querido añadir lo que sigue a
guisa de despedida: si Dios todopoderoso te prodigase su gracia por la revelación
de este arte piadoso y santo, deberás emplearlo rectamente, guardar silencio
como te ha sido recomendado y, con este fin, aplicarte en la boca un sólido
cerrojo (57) y mantenerlo bien cerrado, por miedo de que la arrogancia y el
orgullo, tanto ante Dios como ante los hombres, resulten ser un peligro para
ti y te ocasionen un daño y una desgracia temporales y eternos. Por ello
debes examinar con circunspección lo que sigue: «Quien busque la
riqueza por este arte sagrado debe ser piadoso y simple, probo y discreto. Quien
no actúe así contraría su destino. Está obligado
a la pobreza, a la indigencia, a la desnudez y a la miseria».
Amigo lector, no he querido mantener todo esto oculto, tanto a modo de advertencia
como para despedirme de ti. Tengo, en efecto, la firme convicción de
que me has comprendido suficientemente en todo, a menos que Dios no te haya
cerrado los ojos y las orejas ya que yo no habría podido mostrárselo
ni con más fidelidad ni claridad, ni describirlo más manifiestamente,
siempre en la medida en que lo permite una buena conciencia. Por consiguiente,
si no has sabido percibir o aprender la cosa por mi enseñanza, me temo
mucho que difícilmente la comprenderás por medio de otra instrucción.
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(1): Gén. III, 19.
(2): Is. XLV, 8; Ef. III, 16; Col. I, 6.
(3): Is: XXVIII, 16.
(4): Sal. CXVIII, 22 y 23.
(5): Mt. XXI, 42 a 44
(6): Act. IV, 11.
(7): Rom. IX, 33.
(8): Lc. X, 23 y 24.
(9): Rom. X, 12 y s.
(10): Mt. XI, 5.
(11): Is. VIII, 14 y 15.
(12): Lc. II, 34.
(13): Rom. IX, 32 y 33.
(14): Ipe. II, 6 y 7.
(15): Lc. XI, 34; I Cor. III, 16.
(16): Lc. XVII, 21.
(17): Mt. XXIV, 14.
(18): I Jn. II, 26: «Os he escrito estas cosas acerca de quienes os seducen».
(19): Jn. I, 3.
(20): Gén. I, 1; Jn. I, 1; Act. XVII, 25; Rom. XI, 36; Heb. I, 10.
(21): Ap. I, 8.
(22): Variante: la edición de 1625 añade: «Poner todo nuestro
cuidado en convertirla en Dios humano».
(23): Ez. XXXVI, 25; Is. XLIV, 3.
(24): Jer.XXIII, 29; Mt. III, 11.
(25): Jn. XVI, 7; Ef. IV, 30.
(26): Is. XLV, 15.
(27): Gal. IV, 6.
(28): Dt. VII, 4; Dt. XVIII, 16.
(29): I Jn. IV, 2 y 3.
(30): Gal. IV, 4.
(31): Variante: «creada también ella en una tierra una, la cima
más elevada en dignidad entre todas las criaturas de Dios, muy próxima
a esta naturaleza divina, que ésta desea y ama mucho».
(32): I Pe. IV, 12 y sigs.
(33): 2 Cor. IV, 7 y sigs.
(34): Sab. V, 3; Job, XXX, 1 y sigs.
(35): 2 Cor. IV, 16.
(36): Variante: «[..] debe hacerse, como hemos dicho, por la muerte del
pecado y no por la muerte corporal de la carne pecadora».
(37): En lugar de 2 Cor. V, como indica el autor, Ef. I, 10.
(38): 1 Pe. III, 18.
(39): Rom. VI, 23.
(40): En lugar de Jn. XXVI, véase Lc. XXII, 44.
(41): Is. XXVI, 19.
(42): Gal. VI.
(43): Job. XII, 7 y 8.
(44): Sal. CXVI, 11.
(45): Sal. XCIV, 21; Jer. XI, 19.
(46): 1 Cro. XXVIII, 9: «Dios sondea todos los corazones»
(47): Ecle. I, 1 y sigs.
(48): Ecle. VII, 15.
(49): Sab. I, 2 a 5.
(50): Ecle. XVIII, 13; Ecle. XXIX, 1 a 6.
(51): Ecle. XIX, 2; Sab. I, 3.
(52): Gén. XXX, 37 y sigs.: «Jacob cogió unas varas...
»
(53): Prov. II, 10 y sigs.
(54): Ecle. III, 24: «Quien ama el peligro... »
(55): Sal. CXII, 1 y sigs.
(56): Prov. III, 35.
(57): Ecle. XXII, 27: «¡Oh, pueda poner una cerradura...!».
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