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EL MENSAJE PROFÉTICO DE LOUIS CATTIAUX
E. d'Hooghvorst
Buzo ebrio de todos los dolores, ando errante tristemente
vestido con la piel de las bestias en este mundo exiliado de las grandes pesadeces,
donde los hombres, apagados por la caída, se obstinan.
L. Cattiaux.
Una lógica oscura y certera parece conducir este mundo hacia una meta
desconocida, pero sin duda alguna catastrófica. El optimismo ingenuo
del siglo pasado, ha dejado paso lentamente a una gran inquietud, las más
de las veces inconsciente para los millones de individuos que componen nuestra
civilización, una inquietud que por lo general se manifiesta por una
inestabilidad creciente y una rebelión general de los espíritus
y de los corazones.
Al igual que aquellos grandes ríos que se desecan a medida que avanzan
hacia el desierto, los manantiales de la vida parecen agotarse (1) según
aumenta la inteligencia del hombre; nos referimos a su maldad, a esta luz fría
como la de nuestras lámparas eléctricas, que alumbran sin calor
como fuegos muertos. (2)
Existe otra inteligencia, la verdadera, que el hombre percibe con sus antenas,
no las de la radio o de la televisión, sino con sus antenas naturales,
que le permiten comunicar con el profundo manantial de la vida oculta en la
naturaleza, para llevarlo progresivamente hacia la luz viva y nutritiva.
Los grandes rebaños salvajes de la estepa no disponen de ningún
radar, sino que tienen guías a los que obedecen y siguen. Por lo general
son los individuos más ancianos y más sagaces los que poseen las
antenas más receptivas. Ellos son los que prevén las tormentas
y los ciclones, los que saben, según las estaciones, dónde se
encuentran los mejores pastos y también los que descubren las trampas
y huelen el peligro. Son los videntes del rebaño y el rebaño los
sigue con seguridad. Pero nuestras antenas están como atrofiadas, hasta
el punto de haberse convertido en órganos muertos, vestigios inútiles
de una humanidad ya pasada. Pronto habrán desaparecido por completo.
No nos sentimos seguros en ninguna parte. ¿No se aplicarían a
nuestra época, mas que a ninguna otra, estas palabras del profeta Isaías?:
«Yahweh ha extendido sobre vosotros un espíritu de letargo; ha
cerrado vuestros ojos, los profetas, ha echado un velo sobre vuestras cabezas,
los videntes». (Isaías, XXIX, 10)
Y si, por casualidad, todavía hubiera entre nosotros un individuo que
guardara intacta esta facultad tan valiosa de abrevarse en el manantial de las
aguas puras del Sol y de la Luna, o que lo hubiera reencontrado tras una larga
búsqueda, ¿qué suerte le reservaríamos? ¿Qué
suerte le reservaríamos si se revelase a nosotros tal como es, es decir,
psíquica y físicamente tan distinto? ¿Lo someteríamos
a la benéfica acción del psicoanálisis con el loable objetivo,
seguramente, de readaptarlo? Cattiaux, amigo mío, tu oscuridad en el
mundo y su ceguera te fueron una extraña salvaguardia.
Quizá existen todavía, sobre la tierra adormecida, algunos hombres
que velan y que interrogan a los astros como los magos de antaño. Para
estos escribimos estas líneas, exclusivamente para ellos, pues han recibido
el don del cielo de poder creer lo increíble. Dispersados en las tinieblas,
nos son desconocidos. Sin embargo y sin saberlo, brillan como luciérnagas
reflejando en la tierra oscurecida, la claridad de las estrellas. ¿Quién
sabe si los ángeles de Dios no vendrán a recogerlos uno por uno,
para reunirlos en el regazo de la Virgen, antes de la gran tribulación
que ciertamente viene, esta gran tribulación tantas veces anunciada y
siempre pospuesta, pero cuya proximidad resulta cada vez más evidente
a aquellos que todavía son capaces de prestar atención?
Louis Cattiaux vivía en París, en la calle Casimir Périer,
a la sombra de la Iglesia de Santa Clotilde frente a una tranquila plazoleta
provinciana. En sus tarjetas ponía: Louis Cattiaux, poeta, pintor y boticario.
En su misterioso taller de pintura a pie de calle, pintaba telas extrañas
y magníficas, vírgenes hieráticas, rodeadas de símbolos
olvidados. Las pintaba utilizando una materia rica, densa, coloreada al extremo.
Afirmaba haber reencontrado el secreto de la antigua materia pictórica
de los hermanos Van Eyck, este secreto del oficio que los pintores de antes
se transmitían de boca a oreja y de maestro a discípulo. Su arte
tenía algo sagrado, sus telas parecían pentáculos; la gente
también lo tomaba por mago. Era asimismo sanador y proporcionaba a quienes
se lo pedían miríficas pomadas no carentes de efectos curativos.
Su minúsculo taller de pintura, mágicamente decorado, parecía
encerrar el universo entero. Allí se respiraba el perfume de algún
jardín de Edén guardado muy interiormente; y uno volvía
con frecuencia, sin saber demasiado por qué, quizá sencillamente
imantado por el calor. Pues lo que emanaba de este hombre era un calor nunca
alcanzado, totalmente distinto de la simple cordialidad, y también como
el presentimiento de un secreto inmenso, vivo, celosamente guardado, como el
pez filosófico que nada en agua profunda. Vivía cándidamente,
con sobriedad, con pobreza según los hombres, alegre y feliz como un
niño y como tal, sin malicia. Vivía como un buen padre de familia
entre su mujer que amaba y su hijo que acariciaba a menudo y con ternura; pues
este hombre tenía un hijo: un hijo que, cuando su padre lo tomaba en
brazos y lo mimaba cariñosamente diciéndole: ¡Jesusito gordo!,
respondía miau con tanta gracia. ¡Era un gato mágico, por
supuesto
!
Sus amigos se preguntaban: «¿Quién es este hombre?»,
y sin poder responder con precisión a la pregunta, decían: «no
es como nosotros». -Cattiaux, ¿cuál era, pues, esta vida
secreta que resplandecía en ti? ¿Acaso habías descubierto
la joya de eternidad? ¿Habías penetrado el enigma de este mundo?
¿Queréis saber qué es este mundo?, solía preguntar.
Imaginad un campo de concentración modélico; es una imagen que
nos es familiar; un campo de concentración concebido y realizado según
los últimos descubrimientos de la técnica y la ciencia psicológica,
en el que el trabajo -perfectamente inútil además-, sería
racionalizado al extremo pero sobre todo, en el que cada prisionero sería
su propio guardián y el de su vecino:
«¿Quién es el más grande de entre los prisioneros
de la celda tenebrosa y hedionda?
¿Quién es el más estimable de entre los que se pudren
en el callejón sin salida de la muerte?
¿Quién es el más conocido, pero quién es el mejor?
¿Quién es el más honrado, pero quién es el más
útil?
¿Quién es el más inteligente, pero quién es el
santo y quién es el Sabio?
¿Quién es el salvado y quién es el salvador?
¿Quién sirve y quién es servido verdaderamente?
¿El que comparte su pan o el que lo hace para todos?
¿El que limpia el calabozo o el que lo organiza?
¿El que consuela o el que cuida?
¿El que ruega por la liberación de todos o el que sufre con los
condenados?
¿El que se rebela en la esclavitud o el que se instala en ella?
¿El que predica la buena conducta o el que muestra la salida oculta?
¿El que quiere forzar las cerraduras de la muerte o el que busca la
llave que las abre todas?»
(El Mensaje Reencontrado XVIII, 10) (3)
Louis Cattiaux se calificaba de buena gana como «holgazán de Dios»,
de ese Dios que lo creó todo de la nada. Sin embargo, mientras no se
ha encontrado a ese Dios, su búsqueda es el trabajo más penoso
y doloroso que existe en el mundo. ¿Acaso no es Dios ese «Inútil»
que buscamos y que con seguridad encontraremos cuando estemos reducidos a la
nada, al menos en cuanto a nuestras cortezas tenebrosas? El corazón molido
como la ceniza, del que hablan las Escrituras, no sería entonces una
imagen de estilo.
«Quien alcanza al Señor de vida aquí abajo es como un holgazán
al que todos los trabajadores del mundo no podrían igualar con todos
sus trabajos.
¡Qué trabajador el que no se toma ni un respiro ni de día
ni de noche en la búsqueda de la vida imperecedera! ¡Qué
holgazán el que reposa en la unidad viviente del Único!»
(4)
Si Cattiaux se había lanzado tan apasionadamente a la búsqueda
del «Único», es porque no sabía que hacer en lo que
él llamaba: nuestro exilio de aquí abajo, en el que se sentía
totalmente extraño y al que nunca pudo adaptarse.
No por nada lloramos en el momento de nuestra entrada en esta cárcel
de concentración y nuestro primer grito es un grito de dolor.
Aún habiendo soportado con valentía los trabajos, fatigas, decepciones,
las pacientes investigaciones de un pobre pintor parisino, ignorado y sin apoyo,
Cattiaux se avergonzaba de trabajar en el mundo y para el mundo. Sus cualidades
naturales, afirmaba, le predisponían a vivir en el jardín del
Edén, exclusivamente. Toda su rebelión interior, la había
dirigido hacia lo que llamaba un extravío lamentable, tras el cual había
venido a encarnarse aquí abajo. Consideraba vano todo trabajo mundano
que fuera más allá del mantenimiento de la vida encarnada; del
mismo modo, casi todos le consideraban a él como vano e inútil:
«Has perdido tu vida, decían mirando mis manos vacías,
y nadie oía al dios que cantaba en mi corazón.» (5)
Hacia el final de su vida, le hemos oído muchas veces repetir esta sentencia
de un maestro sufí:
«No pido más que un campo donde la locura pueda retozar libremente.»
Este holgazán murió en París, a la edad de 49 años,
el 16 de julio de 1953 de una «extraña y fulgurante enfermedad»
(6) totalmente inesperada. Había realizado en esta tierra una obra que
el tiempo se encargará de mostrar a la luz del día.
Su obra pictórica merecería por sí sola un estudio exhaustivo.
Condensó su experiencia artística en una obra todavía inédita:
Physique et Metaphisique de la Peinture.
Nos ha dejado poemas cuya profundidad es sorprendente: Les Poèmes Zen,
Les Poèmes du Fainéant, Les Poèmes Tristes que llevan por
epígrafe: «el Atleta que se desviste ante una asamblea de jorobados
no debe esperar cumplidos»; Les Poèmes de la Résonance,
de la Connaissance, y por último, Les Poèmes Alchimiques, de los
que ofrecemos un extracto a continuación:
La Joya
«Antigua soledad de las selvas primordiales donde brilla la esmeralda
emanada de las estrellas, quien te encontró posee el secreto divino,
que un maestro cierto nos legó en el pan y el vino.»
De su obra principal, El Mensaje Reencontrado, queremos hablar aquí.
Quizá habrá que esperar todavía, antes de que este mensaje
profético pueda quebrar el muro de la indiferencia que lo encierra y
difundirse en el mundo. Cabe preguntarse si esa obra, madurada durante quince
años en el silencio y el abandono, nos entregará el secreto de
esa vida aparentemente inútil.
«No hemos nacido en una familia rica y nadie nos ha instruido en los
misterios de Dios. Hemos tenido que descubrir, solo, las Sabias y santas Escrituras
y hemos tenido que estudiarlas en la pobreza y en el abandono, a fin de que
nadie se crea olvidado, sea cual sea su estado aquí abajo.
No hemos escrito el Libro en la paz ni en la seguridad de un santo retiro.
Lo hemos escrito desde el principio hasta el fin en medio de la cloaca en fermentación
de la gran ciudad, a fin de que nadie se crea abandonado, sea cual sea su situación
aquí abajo.»
(M. R. XXVII, 57)
Hemos hablado adrede de un mensaje profético. No hay otras palabras
para calificar un libro tan singular y original, tanto por el fondo como por
la forma, es decir, de origen tan evidente. En efecto, el profeta es un original
en el sentido más concreto que se pueda dar a este término. Es
ciertamente bajo este aspecto, que trasciende a todos los demás, como
se dibujará cada vez con más precisión en el futuro la
figura de Louis Cattiaux.
Pocos días antes de morir, escribía en el libro XXXX y último
de El Mensaje Reencontrado lo siguiente:
«Iré a ti con las manos llenas de tu vendimia y la espalda encorvada
por el peso de tu cosecha y mi alegría será recibir tu beso de
vida y comunicarlo a los niños que me has confiado, ¡oh Señor
que colmas la santa obediencia!
Iré a ti con el corazón purificado y el espíritu claro
dentro de tu cuerpo resucitado, si me envías tu salvación desde
este mundo, Señor de amor y de conocimiento verdaderos; porque sólo
tu esplendor es recibido por tu esplendor y sólo tu santa unidad se funde
en el Único.»
(M. R. XXXX, 1)
Si hemos de creer al apóstol Pablo, el ejercicio de la misión
profética debe proseguirse mientras dure la cristiandad, es decir hasta
el fin de los tiempos. En efecto, ¿acaso no ha escrito: Aspirad al don
de profecía como al más excelente? (I Cor. XIV, 1-5)
Su misma excelencia ¿no designa a este don como la realización
cristiana más perfecta? Sin embargo, por razones que serían demasiado
largas de examinar aquí, (7) este don del Espíritu Santo se convierte
cada vez en algo más escaso a medida que la humanidad prosigue su carrera
descendente que terminará al final del ciclo presente por otro diluvio
(8).
Se ha convertido en algo tan escaso porque cada vez hay menos hombres cualificados
para recibirlo, guardarlo y madurarlo. Y por lo general ya ni sabemos qué
es un profeta y cuál es su misión. Incluso quizá el mero
hecho de mencionar esta palabra hará sonreír. No tenemos que convencer
a nadie. Basta con que algunos se reconozcan y se reencuentren. Pero nos ha
sido recomendado también poner a prueba los espíritus para saber
si son de Dios. Particularmente en los últimos tiempos, los falsos profetas
serán numerosos y seductores; de hecho, en la actualidad hay muchos.
Quizá El Mensaje Reencontrado nos dará la ocasión de ejercer
nuestro juicio y distinguir los verdadero de lo falso.
«Sometiéndonos de antemano al juicio de Dios, al juicio de los
Hijos de Dios, al juicio de los amigos de Dios y al juicio de los profetas de
Dios, no podemos temer el juicio de los inteligentes del mundo ni el de los
poderosos del mundo, ni el de los sabios del mundo, ni el de los hipócritas
y de los ignorantes que ahora nos entierran.»
(M. R. XXVII, 49)
Este candor tan inesperado, esta ausencia total de malicia en la expresión
tienen algo que resulta «chocante» en el siglo XX. Si son ciertas,
y al lector le concierne juzgarlo, no pueden explicarse más que por la
posesión de un inmenso secreto; pues el verdadero candor del hombre vuelto
niño es una gnosis que se guarda. Hemos aludido anteriormente a una imagen
que no es nueva: la del mundo considerado como una prisión modélica.
Cattiaux era muy consciente de ello: tanto su vida como sus escritos son un
testimonio. Sin embargo, si lo había redescubierto en él y fuera
de él, no fue porque hubiera hecho la trágica experiencia de la
que nos habla el autor de la Vingt-cinquième heure por ejemplo. Los personajes
de Georgiu no se habrían quejado nunca de su suerte aquí abajo,
si no se les hubiera arrastrado a pesar suyo a este drama abominable de los
campos de concentración, de las reclusiones administrativas, de las liberaciones
automáticas.
Cattiaux llevaba aparentemente la vida de «un burgués de París»,
de un burgués un poco mago, es verdad, artista y original, pero, por
encima de todo, de un hombre que no había salido nunca de su barrio,
que vivía la «vida de cada día», al amparo de los
grandes torbellinos socio-políticos que sumergieron a millones de hombres
en la desesperación y la rebelión. El conflicto que se desarrollaba
en él era mucho más profundo. Era el drama del combate con el
ángel. Aquel que lo emprende no puede terminarlo ventajosamente sino
poniéndose de acuerdo con su adversario al final de esta larga noche
de angustias, en el momento en que los geománticos ven elevarse al oriente
su Fortuna Mayor, por una vía que poco antes era oscura (Dante, Purgatorio,
XIX). Es entonces cuando el exilio de aquí abajo se vuelve cruel para
este tipo de vencedor, cualquiera que sea su posición en el mundo de
la desemejanza; ¿dónde encontraría a partir de ahora aliados
y amigos?
Parece como si el escritor sagrado, en las primeras páginas del libro
del Éxodo, hubiera querido proporcionarnos una síntesis de la
historia del mundo y de la misión profética, cuando nos habla
del descenso de los hijos de Abaham a Egipto, de la terrible estancia que tuvieron
allí y, por último, de su salida, bajo las órdenes de Moisés.
El apóstol Pablo nos lo vuelve a decir: lo que está escrito allí
es para instruirnos y para servirnos de aviso (I Cor. X, 11). Las Escrituras
nos dicen que los hijos de Israel, que bajaron a Egipto con Jacob su padre,
se hicieron poderosos allí tras la muerte de José y se multiplicaron.
Observemos, en primer lugar, que en esta paternidad, el texto sagrado nos sugiere
la existencia de un misterio: El número de almas que salió del
muslo de Jacob era de setenta (9). Estas fueron las setenta almas que fueron
a Egipto con Jacob. Luego se multiplicaron, tras la muerte de José. Tras
su muerte, los hijos de Israel empezaron a crecer y, como si germinaran, se
multiplicaron
(10) como si fuera necesario que José muriera para
provocar la germinación y el crecimiento de sus descendientes. Paralelamente
a este crecimiento, se produjo a su vez otro fenómeno: Se erigió
un nuevo rey sobre Egipto, que no conocía a José y los egipcios
establecieron sobre Israel jefes de trabajos forzados a fin de agotarle mediante
trabajos penosos y vanos. Le sometieron al trabajo obligado, amargándole
la vida, haciéndole trabajar duramente el mortero y la piedra.
«Estas cosas no han sido escritas con un objetivo histórico, escribe
Orígenes,(11) no vayamos a creer que los libros santos nos cuentan la
historia de los egipcios
es para ti que escuchas
para que sepas reconocer
que se ha alzado en ti un nuevo rey que desconoce a José. Es un rey de
Egipto, te fuerza a dedicarte a sus ocupaciones, te hace trabajar para él
la piedra y el mortero. Te impone jefes y supervisores, te conduce con el látigo
y el palo a realizar trabajos de la tierra, quiere que le construyas ciudades.
Te obliga a recorrer el siglo, turbar tierras y mares por afán de lucro.
Este rey de Egipto es el que te hace pisotear el foro para juicios, disputar
con los tuyos por un puñado de tierra
cometer en tu casa bajezas
y crueldades fuera de ella, infamias en tu propia conciencia. ¿Te das
cuenta de que cometes tales actos? Tienes que saber que combates para el rey
de Egipto, es decir que actúas bajo el impulso del espíritu de
este mundo
»
Es la oposición de dos reinos, el de la luz y el de las tinieblas, cuyo
príncipe «ya está juzgado» por la vanidad de sus obras.
A medida que la luz de Israel, al alejarse de su origen, germina y crece, a
su alrededor se va produciendo como por reacción, un endurecimiento de
la corteza que la envuelve, una encarnación en una materia cada vez más
grosera, y que la oprime, y la ahoga, oponiéndose ciegamente a su manifestación
en el mundo.
«Cuando los sordos y los ciegos dominan en el mundo, los métodos
groseros suplantan a los métodos sutiles.»
(M. R. XXVIII, 11)
escribe el autor dEl Mensaje Reencontrado; por ello, también los «los
hombres sutiles» se encuentran prisioneros y exilados en el mundo. Busquemos
pues para descubrir quiénes son aquí abajo, los Israelitas oprimidos.
No todos son descendientes de los patriarcas, sino sólo los «que
fueron a Egipto con José». Aquellos están mezclados con
los egipcios como el buen grano y la cizaña y nada les distingue a primera
vista, nada, si no es su deseo secreto, pues estamos hechos de la tela de la
que están tejidos los sueños, dijo Shakespeare glosando a su manera
la enseñanza de las epístolas: La fe es la sustancia de las cosas
que esperamos. Los verdaderos Israelitas no lo son según el cuerpo sino
según el espíritu. (12)
«La falta consiste en dejar en el abandono y en la indigencia a los buscadores
de Dios. Pero el crimen consiste en forzarles a los trabajos del mundo bajo
el pretexto hipócrita de utilizarlos o salvarlos.»
(M. R. XXVII, 50)
Y Dios dijo a Moisés en la zarza ardiente:
«He visto el sufrimiento de mi pueblo que está en Egipto y he
oído el grito provocado por sus opresores, pues conozco sus penas
el grito de los hijos de Israel ha llegado hasta mí y he visto la opresión
que pesa sobre ellos a causa de los egipcios
y ahora ve, te envío
al Faraón para hacer salir mi pueblo, los hijos de Israel.»
Y desde la zarza ardiente, Yahweh comunica a Moisés su Nombre. Esta
escena del libro del Éxodo nos instruye sobre los misterios de la vocación
profética. ¿Hacia quién envía Dios al profeta? Hacia
su pueblo que está en Egipto. ¿Cuál es su pueblo? Aquel
que gime y grita hacia Dios. ¿Cuál es la misión del profeta?
Hacer salir al pueblo y conducirlo a tierra santa. ¿Cómo se va
a realizar este reconocimiento entre el «profeta» y aquellos hacia
quienes ha sido enviado? Moisés se hace reconocer en primer lugar por
los Antiguo Sabios, es decir, por los jefes espirituales del pueblo, gracias
a ciertos «signos».
Pero esto no es lo esencial, pues Jesús se quejaba amargamente de esta
generación malvada que pedía un signo. Hay sobre todo ciertas
afinidades misteriosas entre la Palabra y aquellos a quienes va dirigida, y
aquí tocamos los misterios de la elección que son también
los de nuestra libertad. Escucharán tu voz, dijo Dios a Moisés.
Los milagros y prodigios realizados a la vista de todos por Moisés, tenían
como objetivo presionar al Faraón, hacer que se tambaleara el poder de
su imperio sobre Israel, pero no salvarlo. Por otra parte, los milagros de Jesús
tenían como objetivo reconfortar a los creyentes y confirmarlos en su
fe, y leemos que allí donde no había fe, tampoco había
curaciones. El enviado de Dios no se presenta de forma espectacular. Ningún
signo, ninguna ropa particular, ninguna aureola de luz profana lo designa a
nuestros ojos. Todo ello es inútil, pues no va hacia el mundo sino en
el mundo, sencillamente hacia los suyos, hacia sus hermanos que están
en Egipto.
«Heme aquí
hablo y vuestra alma se estremece al reconocer
antiguas palabras: una voz que está en vosotros y que se había
callado desde hace mucho tiempo, responde a la llamada de la mía
»
(13)
«Ciertamente, Cristo es único en Dios, pero sus formas son múltiples
en la creación. Así, lo reconoceremos primero por la obra y el
peso, y después por la palabra; pero nunca por la apariencia.»
(M. R. XXXI, 18)
«¿Acaso no reconoceremos la palabra inspirada que resuena en la
plenitud del verbo de entre las palabras delirantes que resuenan en el vacío
del mundo profano?»
(M. R. XXXIV, 66)
Aquellos que han sido escogidos se han escogido a sí mismos en virtud
de la mirada profunda que los ilumina a través de las cortezas de la
generación carnal y corruptible, esta generación malvada. Es un
juicio infalible: se da al que tiene.
Si Dios no nos da el don de creer, «podemos llorar sobre los impíos,
no podemos creer por nosotros mismos
no podemos juzgarlos
»
Tras los misterios de la elección y del reconocimiento, vienen los de
la salida del pueblo santificado, o mejor dicho, del pueblo de santos, bajo
el mando de Moisés, «fuera de la tierra oscura y hacia la Tierra
santa donde nada perece» (M. R. XXXIV, 13)
«Durante la noche, una columna de luz guía sus pasos, durante
el día, una nube los cubre y los oculta de la mirada de sus perseguidores»
(Ex. XIII, 22)
La claridad que ilumina el camino de la gnosis es una guía segura para
aquellos que la siguen tras haberla conocido una vez, pero es también
para los impíos, hipócritas y violentos, una nube que les ciega
conduciéndoles a la disolución en las aguas del Mar Rojo. Por
ello también los libros santos y las enseñanzas de los antiguos
sabios tienen al menos dos sentidos: un sentido aparente, el vestido de sombra,
y un sentido oculto, el núcleo de luz. (14) ¿No es también
esta misma luz el astro que condujo a los reyes magos desde un país lejano
hasta el nacimiento del hijo de Dios?
«¡Oh, vosotros que esperáis la salvación de Dios,
despertad en el mundo!
Y buscad la luz secreta de las palabras de vida, en vez de contentaros con
su vestidura de sombra.»
(M. R. XXXV, 77)
¿No se ha escrito también a propósito de esta luz secreta:
«Y la vida era la luz de los hombres y la luz luce en las tinieblas y
las tinieblas no la han recibido?
Por ello, aquellos que hacen las obras de las tinieblas dicen en su noche:
mostradnos algo y creeremos, acreditando así todavía más
su ceguera. Pero, ya lo sabemos, esta luz ilumina un camino y este camino lleva
al nacimiento del hijo de Dios, es decir, al Sol de Justicia, del que está
escrito que germinará de la tierra.
¿Quién puede diferenciar el fuego del fuego? ¿Quién
puede manifestar y encarnar el sol en la estrella de la mañana salida
de la tierra tenebrosa?»
(M. R. I, 18)
«Quien siembra y cosecha la luz del sol posee la más alta virtud
y el mayor tesoro del mundo total.»
(M. R. III, 40)
Son las bodas del Cielo y de la Tierra.
«Ni la moral del mundo ni su licencia nos librarán de la muerte.
La ciencia de Dios no admite ningún progreso, porque es perfecta desde
el comienzo.
Solamente el amor encarnado del Perfecto que reina en el cielo.
Y su luz ilumina al creyente que acuerda el cielo con la tierra.»
(M. R. XXXV, 78 y 79)
En la cima del Sinaí, Yahweh dijo a Moisés:
«Juntarás al pectoral del juicio el Urim y el Tummim y estarán
sobre el corazón de Aaron cuando se presente ante Yahweh ya así
Aaron llevará constantemente sobre su corazón ante Yahweh, el
juicio de los hijos de Israel.»
(Éxodo, XXVIII, 30)
Así Urim, significa Luz y Tumim, Perfección. He aquí el
comienzo y el fin, pues la perfección de la luz no es otra cosa que el
fruto muy pesado del Sol, esa luz corporificada, el cuerpo adorable y glorioso
del Hijo de Dios ante quien todos serán juzgados: tanto los vivos como
los muertos. ¿Y quiénes son los vivos?
«Algunos elegidos de Dios han recibido, ya en este mundo, el don espiritual
y corporal del Altísimo antes del fin de los tiempos.
Estos son los hijos queridos de Dios, en los cuales ha puesto toda su confianza,
y los grandes testigos de su juicio.»
(M. R. XXXIV, 15)
«La salvación de Dios es la ciencia más experimental que
pueda haber, pues es la ciencia del Dios que ha creado el mundo y los universos
que lo rodean, ¡y éste no delira abstractamente en el vacío!
Volvemos a decir la revelación enorme por ser increíble: Dios
envía su esencia santísima que se encarna en la purísima
substancia del mundo para la salvación de toda la creación caída.
Comprenda quien pueda.
Experimente quien quiera.
Consideremos la NAVIDAD. Penetremos la NAVIDAD. Imitemos la NAVIDAD. Adoremos
la NAVIDAD. Cantemos la NAVIDAD.»
(M:R: XXXVII, 53)
San Agustín hacía alusión a estos mismos misterios del
juicio en sus instrucciones de catequesis al hermano Deogratias:
«Pues vendrá en el esplendor de su potencia, aquel que condescendió
en primer lugar venir en la bajeza de la naturaleza humana y separará
todos los santos de aquellos que no lo son, no sólo de aquellos que rehusaron
creer en él, sino también de aquellos que creyeron, pero en vano
y sin frutos» (15)
Puesto que la fe sin las obras es una fe muerta.
He aquí de nuevo, sobre estos mismos misterios, un fragmento de El mensaje
reencontrado:
Como el mono que permanece prisionero de la calabaza, con la mano obstinadamente
cerrada sobre el cebo, también a nosotros nos bastaría con soltar
el puñado de barro que apretamos estúpidamente en este mundo para
ser devueltos a nuestra libertad primera. Sin embargo, todos se burlan de los
monos y nadie entrevé su propia codicia.
Mi señor me preguntó una vez: «¿Qué me traerás
en el día del juicio?», y yo contesté: «Tu, en tu
secreto en mí». Entonces dijo: «Está bien. Ve pues,
germina, madura y fructifica para mi cosecha», y lloré amargamente
de estar aún recubierto por el barro de la tierra extranjera.
(M. R. XX, 9)
Vendrá el día en el que lo oculto será puesto al descubierto;
en el que los misterios sepultados bajo las piedras de nuestras catedrales antiguas
serán manifestados, en el que la virgen negra que dormita silenciosamente
en las criptas húmedas se alegrará de nuevo como la nieve florecida.
Jesús dijo a la multitud, hablando de Juan Bautista:
«Es aquel del que está escrito: he aquí que envío
mi mensajero ante vosotros para precederos y prepararos la vía. En verdad
os lo digo, entre los hijos de las mujeres no ha habido nunca un hombre mayor
que Juan Bautista, sin embargo, el más pequeño en el reino de
los cielos es mayor que él.»
(Mat. XI, 10)
Y San Pablo dijo, hablando de los profetas:
«Han errado de acá para allá recubiertos de pieles de cordero
y de cabras, desprovistos de todo, perseguidos, maltratados; aquellos de los
que el mundo no era digno.»
(Heb. XI, 37 y 38)
Aunque hayan errado en este mundo, cubiertos de la piel de bestia de los hijos
de Adán, han caminado sin embargo como asnos portadores del Santo Sacramento,
cargados del tesoro del rey de los cielos. Aquellos que rechazan el asno a causa
de sus orejas grandes y de su pelo áspero, muestran con ello que se dejan
cegar una vez más por las apariencias del mundo.
«Felices quienes recuerdan que el Señor nació en un humilde
establo, bienaventurados quienes reencuentran su huella en este mundo y muy
felices quienes le calientan de nuevo como asnos sabios».
(M. R. XXXX, 16)
Los misterios del profetismo son, como su propio nombre indica, los de la palabra,
aquella palabra que fue comunicada a Moisés en la zarza ardiente. Pero
la palabra de Dios no vuelve a él sin haber germinado y vegetado. (16)
«La palabra de Dios procede de su NOMBRE y vuelve a su NOMBRE. Sale fluida
y vuelve sólida.
¡El Señor de los mundos toma cuerpo a su vez!
¡Oh, Milagro!, ¡oh, misterio!, ¡oh, perfección!, ¡oh,
Todo que madura!»
(M. R. XXXI, 44)
Este Nombre inefable e inaudito para los mortales es el que da la existencia
y la vida a todas las cosas. Es el que mata pero también el que renueva
todo cuando canta la nueva primavera de la Resurrección. Es también
este Nombre el que bendice o maldice según la manera en la que el se
presenta a nosotros y según la manera en la que nos presentamos a él.
Pues posee un anverso y un reverso. Como la esfinge de la fábula que
devora a los transeúntes poco clarividentes, Yahweh nos es presentado
por los profetas bíblicos, revestido de terror, de cólera y de
muerte. Somos los transeúntes de este mundo y todos, algún día,
tendremos que responder a la pregunta fatídica. ¿Qué haremos
entonces? Está escrito que los hombres mueren por no haber observado
las obras de Yahweh (17), y sin embargo, este mismo Dios, cargado de cólera,
terrible y destructor, ¿acaso no es llamado también Dios de los
vivientes? Asimismo, los profetas nos han hablado de lo que podríamos
llamar «las dos caras de Dios», nos han predicho la historia del
mundo y su desarrollo hasta la disolución final; pero, paralelamente
a esto, de la evolución de la Santa Piedra hasta su coagulación
final; de esta piedra que rechazaron aquellos que edificaban y que se convertirá
para ellos en una piedra de escándalo, pues han edificado en la vanidad.
Y estos serán como un sueño, dice el salmista, que Yahweh disipa
la despertar, de esta Piedra, por último, contra la cual las puertas
del Cheol no prevalecerán.
«Dios forma y disuelve imágenes, pero salva algunas por medio
del Hijo, que es semejante al Padre.»
(M. R. XX, 47)
La trampa de este mundo consiste en correr sin cesar tras las apariencias engañosas,
en vez de buscar a aquel que las anima todas, decía Louis Cattiaux. Sin
embargo, ¿quién podrá alcanzar el Corazón muy puro
y santo que vive en el centro de todas las cosas si él mismo no viene
en un don de amor? ¿Acaso el Sagrado Corazón no está rodeado
de un círculo de espinas protectoras, como la frente del Señor?
Y, ¿cuántos, por demasiada prisa y violencia se han herido y desgarrado
cruelmente? y, ¿cuántos han muerto en el camino a causa de sus
heridas? ¿No es necesario primero que él queme estas espinas con
el fuego de su amor a fin de que podamos alcanzarle en la dulzura de las cenizas
nutritivas, allí donde ya nada es combustible? Dios dijo a Moisés,
desde el Seno de la zarza ardiente: No te acerque aquí, quítate
las sandalias, pues el lugar en el que estás es una tierra santa. Y Moisés
escondió su rostro ya que temía mirar a Dios. Todas estas cosas
fueron escritas de nuevo para nuestra instrucción y nada fue dicho inútilmente.
La pureza que permite hollar la tierra santa y la claridad de la mirada, eso
también es un don de amor.
Un maestro del hermetismo de la Edad Media escribió que no podemos conocer
a Yahweh si primero no lo hemos disuelto, purificado, desprendido del velo mosaico
y del aspecto de cólera y si, por una iluminación divina ulterior,
no hemos sacado de Dios su corazón y su alma que es Cristo. Esto se realiza
gracias al Espíritu Santo, que purifica nuestros corazones como una agua
pura; más incluso, los ilumina como un fuego divino. Y entonces, el Dios
irritado «se te aparecerá apaciguado».
«En este día, dirán: Una viña que produce un vino
generoso, ¡cantadla! Soy Yo, Yahweh, quien la custodia; la riego en todo
los tiempos; para que nadie penetre en ella, día y noche la guardo; ya
no tengo cólera. ¿Quién me dará zarzas y espinas
para combatir? Caminaré contra ellas y las quemaré. O bien, hagan
las paces conmigo, que conmigo hagan las paces. (18)
Y Jesús dijo: Soy la viña y mi padre es el viñador
soy la cepa y vosotros sois los sarmientos
permaneced en mí y yo
en vosotros
»
IEOUA
«Como esas estrellas que súbitamente se inflaman en la noche del
cosmos, el corazón divino explota sin mesura cuando un sabio penetra
hasta él.» (19)
Se nos podría reprochar, con mucho tino, una falta de pudor muy evidente
si reuniéramos aquí todos los versículos de El mensaje
reencontrado, descubriendo la experiencia que el autor hizo de estos misterios
terriblemente santos. El lector curioso los reconocerá fácilmente.
«La verdad de Dios corre al encuentro del que la busca con un corazón
humilde y purificado.
Pero huye de los que creen poderla violentar, se esconde de los que la desdeñan
y abandona a los que la perjudican».
(M. R. XXXI, 12)
El que lea hasta el final el Libro de los contrarios y sepa unirlos en el NOMBRE
único, doble, cuádruple y óctuple parecerá Sabio
a los Sabios, santo a los santos y loco a los locos.
«Así, muchos han disertado magníficamente acerca de Dios,
de sus atributos y de su creación, pero ¿cuántos han entrevisto
la orla de su manto y cuántos han besado la huella de sus pasos? Pero,
¿cuántos, entonces, han contemplado el esplendor de su cuerpo
y cuántos, ¡oh, estupor!, han saboreado las delicias de su corazón?»
(M. R. XIII, 38)
Nos hemos esforzado en hacer hincapié en este aspecto del Mensaje «Catesiano»
que nos habla precisamente de esta coagulación de la Santa Piedra. Pero
no podemos desdeñar otra faceta de su libro. Nos lo acerca más,
nos lo hace más accesible, quizá: nos habla de la disolución
próxima del mundo presente, de este siglo que vuelve al polvo.
Cattiaux había escrito a modo de epígrafe, al principio del libro
XXXIX, este aviso dirigido a los pequeños pastores de la Salette por
la dama de Luz:
«Al primer golpe de su espada fulminante, las montañas y la tierra
entera temblarán de espanto, porque los desórdenes y los crímenes
de los hombres traspasan la bóveda de los cielos.»
Lo que queremos decir al respecto quizá no sea del gusto de todos; el
escepticismo en estos temas es quizá también un juicio de Dios.
El Mensaje Reencontrado contiene múltiples profecías precisas
sobre lo que podríamos llamar los últimos tiempos del mundo actual.
Están repartidas a lo largo de toda la obra. Sin embargo, en la primavera
del pasado año,(20) esta amenaza debió parecerle muy próxima
y fue cuando escribió el Libro XXXIX cuyo tono perentorio y acuciante
no escapará a nadie:
«Los sabios oficiales, herederos y descendientes de los sopladores rabiosos,
que fueron los primeros en forzar el fuego, la naturaleza, a los seres y las
cosas, ahora son más honrados y recompensados que nadie, porque son los
sacerdotes de la ciencia del maldito que tiene el mundo entre sus garras
Que lo encadena bajo el pretexto de liberarlo, que lo envenena bajo la máscara
de la beneficencia, que lo embrutece con la promesa de distraerlo, que lo sumerge
en las tinieblas prometiéndole la luz, que le priva del Dios de vida
haciéndose pasar por él, e imponiendo la muerte a todos.
No es por casualidad que los demonios del Infierno están representados
accionando sin parar fuelles de fragua que fuerzan el fuego donde se queman
los condenados.
Ahí estamos, pero nuestra situación es tan idéntica a
la imagen antigua que ya no podemos conocer el estado en que nos ha precipitado
la ciencia del maligno.
¿Hay algo más estúpido que la máquina? Y ¿no
estamos bajo el reinado de la máquina ciega y sorda? Y ¿no adoramos
la máquina que nos mastica bestialmente?
¿Hay algo más estúpido que el Estado anónimo? Y
¿no estamos bajo el reinado de la Bestia ciega y sorda? Y ¿no
adoramos a la Bestia que nos tritura ciegamente?
Los magos oficiales del Faraón son más fuertes que nunca en el
mundo. Sólo han cambiado de apariencias y de astucias, de nombres y de
métodos, pero sus prodigios siguen asombrando al mundo y lo mantienen
en la esclavitud de la muerte.
La ciencia profana ha conquistado incluso el corazón de los religiosos,
que se alían con ella sin darse cuenta que los devora sin perdón.
Porque han despreciado la ciencia de Dios que se ha retirado de ellos, y ahora
son ridiculizados por la ciencia del demonio a la que adoran públicamente.
El tiempo de las máquinas apenas empieza y todos están seducidos,
sin darse cuenta de que las máquinas son obras muertas que no producen
más que la muerte.
Y todos creen servirse de las máquinas sin darse cuenta de que son ellos
quienes sirven a las máquinas como esclavos embrutecidos por la muerte.
Ahora, todos defienden la causa del rebelde y ensalzan su obra maldita. Sacerdotes
e incrédulos, monjes y laicos, sabios e ignorantes, artistas y obreros,
ricos y pobres, sanos y enfermos, bienpensantes e impíos, jefes y peones,
todos aplauden al fuego que va a devorarlos.
Los impíos dicen: «Hemos sustituido a Dios por nuestra ciencia»,
y los creyentes añaden: «Dios ha dado la ciencia al hombre para
que se libere», pero ni unos ni otros ven el abismo abierto bajo sus pies
ni el humo que sube y va a sepultarlos para siempre.
¡Oh, dolor! Nuestra voz es ahogada por la multitud de lisiados que se
hunden alegremente en la muerte hedionda del infierno, y permanecemos solos,
sin medios ni auxilio para hacer oír la advertencia última del
Señor de justicia que nos envía al mundo, como el grano bajo la
rueda del molino.
¡Oh, castigo cruel! El Libro de la liberación permanece desconocido,
mientras que la inmundicia misma es regiamente financiada por los ricos del
mundo, mientras que la fe muerta rebosa de los dones de los bienpensantes, mientras
que las obras de muerte son alentadas por los bienintencionados que sirven al
demonio sin querer saberlo.
¡Oh!, ¿quién dirá con nosotros la urgencia de arrepentimiento?
Y ¿quién vendrá a ayudarnos a reunir la simiente del mundo
nuevo?
¡Oh!, ¿quién lanzará con nosotros el grito de alarma
antes de que el absurdo engulla el mundo? Y ¿quién rogará
al Señor de perdón, a fin de que el Libro aparezca antes del golpe
centelleante de su rayo que retumba?»
(M. R. XXXIX, 28-36)
Hay una diferencia esencial entre videncia y profecía. El profeta es
siempre vidente, sin embargo el vidente no es profeta. Aunque este tipo de definiciones
es siempre delicado y necesariamente incompleto, podemos afirmar que la videncia
es generalmente una aptitud natural que permite ver en el mundo sutil -que los
ocultistas modernos llaman astral- los acontecimientos futuros que están
en gestación. Es un papel puramente pasivo y, necesariamente, bastante
limitado, aunque pueda haber un gran número de matices y grados de realización.
En el ejercicio de la videncia interviene el discernimiento de los espíritus,
que no todos los videntes ejercen con igual éxito. El vidente es capaz
de predecir, sin embargo es incapaz de profetizar. Por el contrario, la profecía
es un don del Espíritu Santo: el sujeto juega un papel a la vez pasivo
y activo, puesto que si bien comulga con la conciencia cósmica, por otro
lado fija el porvenir por el mero hecho de «proferir» la palabra,
y el futuro, así fijado por la palabra profética, se convierte
en el fatum de los antiguos (21)
Hoy en día, espíritus iluminados como René Guénon
y Raymond Abellio (22) nos han anunciado, apoyándose en las ciencias
tradicionales, el fin inminente del ciclo actual de la historia. Para Abellio
por ejemplo, esta disolución del mundo actual vendrá sin duda
por una catástrofe de tipo geológico, un nuevo diluvio, análogo
a los que destruyeron antaño la Lemuria y la Atlántida. El Mensaje
Reencontrado nos da un aviso parecido:
Desde que se nos amenaza con el fin próximo del mundo y que nada ocurre,
ya no creemos en esta broma pesada, dicen los impíos. Ahora, dejadnos
en paz y dejad que nos organicemos por nosotros mismos en este mundo que nos
pertenece.
Desgraciadamente, no saben que las plegarias, las lágrimas y el sacrificio
de los santos y de su patrona son lo único que ha retenido hasta ahora
el brazo de la cólera de Dios, pero el peso aumenta en proporción
a nuestra negación de Dios, y ahora es enorme y se vuelve insostenible,
incluso para los más fuertes.
«Incluso los crujidos de la cólera de Dios, que balancea antes
de abatirse sobre el mundo, no serán comprendidos por los hombres revelados
contra Dios.
Incluso el fragor de la cólera de Dios, que hierve antes de sumergir
el mundo, no será comprendido por los hombres ocupados de sí mismos».
(M. R. XXXIX, 42 y 43)
«Amigos míos, ¿no veis la agitación del absurdo
que se amontona ante vosotros por todas partes en el mundo, en un equilibrio
imposible?
¿No veis la negación universal del verdadero Señor de
vida, en beneficio de aquel que falsifica y desencarna toda vida para saciarse
de ella?»
(M. R. XXXIX, 46)
En su obra, Abellio imagina la creación de una «Orden»,
similar en algunos puntos a las grandes órdenes religiosas de la Iglesia
Católica, que respondería con más exactitud a las nuevas
exigencias. Pues actualmente el problema, dice, ya no consiste en salvar a este
mundo sino sencillamente en salvar y agrupar al pequeño grupo de hombres
cualificados para poder formar el nuevo mundo postdiluviano. Aunque no conozcamos
al Sr. Abellio -si no es por sus escritos- hemos querido hacer hincapié
sobre este testimonio nuevo de la gran inquietud que invade paulatinamente a
aquellos que todavía tienen los ojos abiertos.
Algunos nos han hecho la siguiente pregunta: «¿Tenía el
autor de El Mensaje Reencontrado la intención de fundar una nueva religión?»
Responderemos que ninguna idea le fue más ajena que ésta, a causa
del carácter puramente «profano» de la que está impregnada.
Además, no ha habido más que una única religión
desde el comienzo del mundo. El autor escribió este libro para servir
a los creyentes en la unidad y no para añadir algo más a la confusión
de las lenguas.
Además, es imposible hablar, respecto a El Mensaje Reencontrado, de
«revelación nueva», en el sentido en que no se puede añadir
ni suprimir nada a lo «dado» de la revelación tradicional,
que es completa. Esto es una tradición constante en la Iglesia y nadie
puede apartarse de ella sin caer a su vez en las aberraciones y extravíos
del falso profetismo. En este terreno no hay «progreso» ni «evolución».
Nos hemos esforzado precisamente en enseñar, en la medida de lo posible
y en el marco restringido de este estudio, la conformidad de la inspiración
de El Mensaje Reencontrado con la de las Escrituras y es esta conformidad la
que la legitima y autentifica: Las palabras de los sabios son como aguijones
y sus obras como clavos hincados profundamente; nos son dadas por un único
Pastor (Ecc. XII, 11).
Sólo se puede hablar legítimamente de revelación nueva
en el sentido de un velo nuevo que cubre el mismo misterio antiguo que permanece
siempre eternamente idéntico a sí mismo.
«¡Oh, pura esencia, incluida en la pura substancia, que gimes en
el hombre caído!, permite que el Libro que habla de nuevo de tu amor
aparezca en el mundo, a fin de que tus niños enlutados perciban una vez
más tu llamada antes del juicio aterrador que viene.
¡Oh, Amada que contienes al Amado!, permite que el Libro de tu esplendor
imante de nuevo a la multitud de tus hijos caídos en el barro, que yerran
miserablemente tranquilizándose con tu antigua promesa, sin hacer nada
para penetrarla ni para ponerla en práctica verdaderamente.
¡Oh, Padre-Madre-Hijo santísimos!, quieras iluminar a tus agonizantes
antes de que sea demasiado tarde».
(M. R. XXXIX, 8)
Todavía no hemos agotado el tema. Sería por lo demás una
labor imposible. No hemos hecho nada más que rendir testimonio de lo
que hemos leído y oído. Esperamos que aquellos a quienes el autor
ha dedicado el Libro nos disculpen por nuestra indigencia. El Mensaje Reencontrado
lleva, en efecto, dos dedicatorias. Una es general, aunque se dirija sólo
a un número muy reducido: Este libro no es para todos, sino sólo
para quienes les es dado creer lo increíble. La segunda dedicatoria es
más particular; sin embargo atañe a un gran número de hombres
de nuestro globo: Este Mensaje está especialmente dedicado a los pueblos
negros cuyo advenimiento en el mundo está anunciado. Tras haber sido
durante tanto tiempo esclavos o considerados como niños bajo tutoría,
los pueblos negros serán libres, poderosos y dominarán a sus antiguos
amos. Para ellos, especialmente, ha sido escrito este libro, bajo la inspiración
del Espíritu.
Cuando el mago Merlín (23) descendió a la azul Bretaña
para instaurar la búsqueda del Grial, según la orden recibida
de Dios, sus aliados le reconocieron y le acogieron con alegría, aunque
su origen era oscuro. Con frecuencia se divertía cambiando de forma para
desconcertar a los extranjeros, para extraviar a sus enemigos; pero sus amigos
se reían de ello y también se regocijaban con él, puesto
que sabían reconocerle perfectamente bajo cualquiera de sus aspectos:
ora era un ciervo astado, ora, un hombre salvaje barbudo, o un joven y bello
mozalbete. El mago era maestro de las formas y apariencias, puesto que todas
le pertenecían.
Pero si el cuento nos narra todo lo que hizo Merlín para el Grial y
cómo reveló su existencia y búsqueda a los caballeros del
rey Artús, también nos habla, en último término,
de sus locos amores con Viviana, su inmortal amiga.
¿Por dónde la estuvo buscando tan apasionadamente y durante cuánto
tiempo? ¿En las ruinas de Komper, en las cuevas olvidadas, en las orillas
de Painport?
La encontró cuando ya no la buscaba.
Y fue en el bosque de Brocelianda, junto a una fuente clara en la que la arena
brillaba como plata fina. Su nombre significaba Nada haría con ello.(24)
Ya con la primera mirada, Merlín reconoció a Viviana y Viviana
a Merlín y, tras haberla visto, se enamoró de ella. Al fin y al
cabo, ¿acaso no era el único que podía verla? Tantos otros
no habían hecho más que mirar y pasar de largo. Le prometió
que se volverían a ver en la vigilia de San Juan. No obstante, el cuento
no nos habla en absoluto de sus retozos amorosos.
Se reencontraron junto a la fuente, en el magnífico vergel llamado el
«Repaire de Liesse» que Merlín había suscitado de
forma mágica para su amiga. En cada uno de sus encuentros Merlín
sentía crecer su amor hacia Viviana por la bella acogida que ésta
le hacía. Era como una imantación cada vez más fuerte.
Un día, y siempre gracias a su arte de magia, Merlín ofreció
a Viviana un misterioso palacio situado en medio de un lago, el lago de Diana.
Nunca nadie que no sea de su casa lo vería, pues es invisible para cualquiera
y los ojos de los demás no ven allí más que agua. Y si
por desgracia cualquier ladrón, queriendo robar este secreto, entrara
por envidia o traición, moriría ahogado pensando entrar en él.
-«¡Por Dios, bello amigo, dijo Viviana, nunca se ha oído
hablar de una morada tan secreta y tan bella!».
Pero Viviana estaba celosa. Quería poseer toda la ciencia mágica
de Merlín, y Merlín no pudo resistir la tentación de enseñársela
poco a poco. Como Viviana era «gran sacerdotisa en las siete artes»,
lo ponía todo por escrito y no pensaba más que en enseñar.
¿Acaso no es ella el alfabeto de los profetas? (M. R., Letanía
36).
«Señor, le preguntó un día, todavía hay algo
que desearía saber: ¿Cómo podría yo encerrar a un
hombre sin torres, ni muros y sin hierros, de forma que no pudiera escaparse
sin mi consentimiento? -Marlín agachó la cabeza suspirando-. ¿Qué
os ocurre, Señor?, preguntó Viviana.
Ya sé en que pensáis, y que queréis encerrarme para siempre
jamás y como os amo por encima de todas las cosas, tendré que
hacer vuestra voluntad».
Tan gran amor, ¿no exigiría acaso que Merlín hiciera la
voluntad de Viviana y Viviana la de Merlín?
-«Dama mía, dijo Merlín, la próxima vez que vuelva,
os enseñaré lo que deseáis».
Y con tristeza Merlín volvió hacia sus amigos, a la corte del
rey Artús, pues sabía que ésta era la última vez
y que ya no los volvería a ver más. Así pues, cuando llegó
el día del encuentro con Viviana, Merlín comunicó a los
reyes su intención de partir para siempre. Pero no entendieron lo que
les decía. No obstante, cuando el rey vio que habían transcurrido
siete semanas y que Merlín no aparecía, recordó con amargura
las palabras que su amigo le había dicho y permaneció durante
mucho tiempo pensativo y sombrío.
A unas horas de allí, el Caballero Gauvain, sobrino del rey, mientras
recorría el bosque de Brocelianda en busca de Merlín, oyó
una voz lejana que le llamaba y se encontró ante «una especie de
vapor que, por aéreo y translúcido que fuera» impedía
el paso a su caballo.
«¡Ay, Gauvain! dijo Merlín, no me volveréis a ver
nunca más y después de vos, no hablaré a nadie más
que a mi señora. El mundo no posee torre más fuerte que la prisión
de aire donde ella me tiene encerrado
-¿Qué?, bello y querido amigo, dijo Gauvain, ¡vos, el más
sabio de todos los hombres!
-¡Eso no!, pero sí el más loco, añadió Merlín,
pues ya sabía lo que me iba a ocurrir. Un día que erraba con mi
señora por el bosque, el sueño se apoderó de mí
cuando estaba al pie de un arbusto espinoso, la cabeza en su regazo; entonces
mi señora se levantó y con su velo hizo un círculo alrededor
del arbusto; cuando desperté, me hallaba en un magnífico lecho
en la habitación más bella y cerrada que jamás haya existido.
-¡Ah, Señora, le dije, me habéis engañado! Ahora,
¡qué será de mí si no estáis aquí,
junto a mí?
-Amigo mío, estaré aquí muy a menudo y en vuestros brazos,
pues me tendréis a partir de ahora lista para vuestro placer»;
«Y en efecto, no hay noche ni día que no disfrute de su compañía.
Y estoy más loco que nunca, pues la quiero más que a mi propia
libertad».
Un día hablábamos de esta leyenda, si leyenda es, al autor de
El Mensaje Reencontrado.
-Es curioso, nos respondió, lo que me decís de Viviana, pues
tengo la esperanza de poder desaparecer un día, disuelto por el hada
Viviana, y resucitar gloriosamente en ella.
«Releamos sin cansarnos las palabras santas y Sabias, pues cada tiempo
será para nuestros corazones como un rocío siempre más
abundante y siempre más nutritivo.
Todo el Universo y nosotros mismos somos tinieblas y muerte sin tu amor, Señor
Mientras que sin nuestro amor, permaneces vivo y resplandeciente para siempre
ante nuestra agonía miserable.
!Oh, mi Señor y mi Dios!, por tu amor por nosotros, que es infalible,
permite que jamás desfallezca nuestro amor por ti. ¡Oh, mi Rey!,
haz que nuestros rostros ya no se aparten de tu rostro, hasta que entres en
nosotros y hasta que penetremos en ti para siempre». (25)
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1. Todo vuelve al polvo, solvet saeculum in favilla, nos enseña la liturgia
católica; seguramente hay aquí más que una imagen, si pensamos,
por ejemplo, en las más recientes realizaciones de la ciencia atómica:
El siglo se disolverá en polvo
2. La inteligencia de Dios que no es fecundada se convierte en malicia.
3. El Mensaje Reencontrado, Louis Cattiaux, Ed. Sirio, Málaga, 1987.
Por facilidad, utilizaremos la abreviatura M. R. cuando nos refiramos a esta
obra.
4. M. R. XXV, 1.
5. L. Cattiaux: Poèmes de la Connaissance.
6. Según la expresión de uno de sus amigo, Jean Rousselot, en
Echo dOran.
7. A este respecto, véase René Guénon: Le Règne
de la Quantité et les Signes des Temps, Gallimar, París, 1945
(Taducción española de Ediciones Paidós)
8. Raymond Abellio se ha preocupado por este tema en un libro reciente. Volveremos
a ello posteriormente: R. Abellio, Vers un nouveau prophetisme. N.R.F., 1953.
9. Vulgata: Erant igitur omnes animae eorum qui egressi sunt de femore Jacob.
10. Vulgata: Quo mortuo
Filii Israel creverunt et quasi germinantes multiplicati
sunt
Esta imagen recuerda el trabajo del fermento o de la levadura en
una pasta o al grano de trigo en la tierra.
11. I Hom. in Ex., trad. P. Fortier S. J. Coll. Sources Chrétiennes,
Editions du Cerf, París, 1947. Ver también Pablo, Rom. I, 18 y
Lucas XI, 52.
12. Juan I, 47. He aquí un verdadero Israelita en el que no hay ningún
artificio.
13. Cagliostro ante sus jueces.
14. El sentido «derecho» y el sentido «siniestro».
15. De Catéchizandis Rudibus, 44.
16. Isaías, LV, 10 y 11: Y al modo que la lluvia y la nieve descienden
del cielo y no vuelven allá sino que empapan la tierra y la penetran,
y la fecundan a fin de que dé simiente que sembrar y pan que comer: así
será de mi palabra una vez salida de mi boca: no volverá a mí
vacía, sino que obrará todo aquello que yo quiero, y ejecutará
aquellas cosas para las que yo la envié.
17. Es decir su Arte.
18. Isaías XXVII, 2 y 5; Lucas XII, 58; Mateo V, 25. Los antiguos maestros
pitagóricos aludían a esta misma revelación cuando hablaban
de la disonancia de una nota falsa, de una falta de armonía en ese mundo
sublunar. Tenemos que recordar las palabras de Sócrates: Debes esforzarte
en trabajar en armonía. Para los pitagóricos, el filósofo
es un músico perfecto, tras haber sido durante mucho tiempo un buen filólogo.
19. Louis Cattiaux: Poèmes de la Connaissance.
20. N. de T. Este artículo fue publicado en el año 1954, un año
después de la muerte de Louis Cattiaux.
21. Dios dijo: Cumplo la palabra de mis servidores, Isaías LXIV, 26.
23.
22. Véase notas 8 y 9.
23. Hemos seguido muy de cerca e incluso a veces textualmente, la magnífica
versión de Jacques Boulenger: Les Romans de la Table Ronde, Plon, París,
1948.
24. I Cor. I, 27: Lo que el mundo considera insensato es lo que Dios escogió
para confundir a los sabios y lo que el mundo considera como nada, Dios lo escogió
para confundir a los fuertes y Dios escogió aquello que es despreciable
y sin consideración, lo que es nada en el mundo, para reducir a la nada
aquello que es, a fin de que ningún mortal se glorifique ante Dios.
25. M. R., XXXVI, 108.
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