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EL
ÁRBOL SEFIRÓTICO
J. M. Rotger
Los Maestros de la Tradición
enseñan que el objeto principal de la búsqueda del hombre,
conocer a Dios, sólo se alcanza por medio de un don, es decir,
que se trata de algo que se da y se recibe, éste es el sentido
de la palabra «Cábala».
Por lo tanto, este objetivo no se
logra por elucubración personal o como quien resuelve una
ecuación, sino que se realiza como por succión del fruto de un
árbol, absorbiendo su esencia, así lo describe Isaac, el ciego,
en su comentario al Sefer Yetsirá I, 1.
En el Apocalipsis de San Juan (XXII,
14) está escrito: «Bienaventurados los que lavan sus ropas para
tener derecho al Árbol de la Vida...» Este árbol «fuente de
vida eterna» (Génesis III, 22), es el que caracteriza al
Paraíso Terrenal, y ¿qué puede ser fuente de vida eterna sino
Dios mismo?
Pero resulta que Dios sólo puede
ser accesible al hombre en tanto que manifiesto y localizado. Es
por ello precisamente, por lo que el punto de referencia
principal de los cabalistas lo constituye el Mundo divino o
Manifestación divina, al que simbolizan mediante un esquema: el
Árbol sefirótico; que siempre se mantendrá como punto de
referencia, directa o indirectamente, en todos sus escritos.
La palabra sefirá, singular
de sefirot, proviene de la raíz SFR, que
significa: numerar, contar,
explicar, escribir, instruir
y determinar; pero que los cabalistas usan en el
sentido de «emanación divina».
Este término, empleado en dicho
sentido, aparece por primera vez en el Libro de la Formación,
Sefer Yetsirá; libro de autor anónimo que parece ser
anterior al siglo VI.
De las sefirot, el Sefer
Yetsirá sólo nos dice que son diez y, en un lenguaje que
recuerda al de los filósofos herméticos, las «describe», si
es que así puede decirse, pero no les da un nombre propio. En el
Bahir se empezará a hacerlo y los cabalistas provenzales
los establecerán definitivamente.
El Sefer Yetsirá empieza
de la siguiente manera: «En treinta y dos vías secretas de
Sabiduría, Dios -aquí aparecen diez nombres de la divinidad-,
santificado sea su Nombre, estableció y creó su Mundo».
Lo primero que salta a la vista es
que dice «su Mundo»; quizá porque no se trata del mundo
caído, sino del Mundo de la divinidad.
También dice que son «treinta y
dos vías». Es cuanto menos curiosa esta cifra, pues corresponde
a la palabra hebrea LeB, corazón, y ningún
conocedor ha dejado de afirmar que sólo a través del corazón
se puede llegar a Dios.
Continúa y acaba esta sección
diciendo cuáles son estas treinta y dos vías: «Diez Sefirot
belimá y veintidós letras de fundamento -las
veintidós letras del alfabeto hebreo-»".
Esto refleja claramente la
estructura gráfica del Arbol Sefirótico, formado por diez
«esferas» y veintidós «canales» que las ligan entre sí.
Pero este Mundo de la divinidad no
es un todo cerrado; en realidad, tal como hemos dicho,
corresponde a su aspecto manifestado que, simplificando, podemos
decir se desarrolla a partir de su aspecto no manifestado,
llamado Ein Sof o Sin Límite, del que no se
puede decir nada. «De Él no se ha de hacer ni un fin ni un
comienzo» (Zohar II, 239a).
Así pues, las sefirot
serían como una concretización cada vez más fuerte de este Ein
Sof. Pero, ¿cómo se realiza?
El Ein Sof, el
Incognoscible, piensa y este pensamiento es ya una primera
manifestación, que sería como una nube, un rocío
extremadamente sutil, que corresponde a la primera sefirá,
Keter, Corona.
A partir de Keter se
manifiestan otras dos sefirot, Jokhmá, Sabiduría
y Biná Inteligencia. Estas tres sefirot
constituyen el Mundo de la Emanación o Atsilut, y a
partir de ellas se forma toda la Creación, que se establece
mediante tres columnas: la de la Misericordia a la derecha, la
del Rigor a la izquierda y la de la Justicia en medio;
encabezadas, respectivamente por las tres sefirot
siguientes: Jesed, Gracia o Guedulá,
Clemencia, Gueburá, Rigor y Tiferet,
Belleza, que forman el Mundo de la Creación, Beriá.
Debajo del Mundo de la Creación
se encuentran otros dos: el Mundo de la Formación o Yetsirá,
constituido a su vez por tres sefirot dispuestas de la
misma manera que las anteriores: Netsáj, Triunfo,
Hod, Gloria y Yesod, Fundamento.
Y el Mundo de la Acción, Asiá, formado por una única sefirá,
Malcut, el Reino.
Rabí Ashlag, cabalista
contemporáneo, comentarista y traductor del Zohar al
hebreo, después de enumerar las diez sefirot, explicó sobre
ellas lo siguiente(1):
«Pero sólo son cinco las
principales: Keter, Jokhmá, Biná, Tiféret y Malcut, [puesto
que la sefirá Tiféret contiene dentro de ella seis
sefirot: Jesed, Gueburá, Tiféret, Netsáj, Hod y Yesod] que
corresponden a cinco aspectos: Cara Larga, Padre y Madre, Cara
Corta y Hembra.
Keter es llamada Cara Larga;
Jokhmá y Biná, Padre y Madre; y Tiféret y
Malcut, Cara Corta y Hembra, respectivamente.
Y has de saber que el secreto de
los siete días de la Creación corresponde al secreto de dos de
estos aspectos: Cara Corta y Hembra, de los que emanan. Pues en
ellos hay siete sefirot: Jesed, Gueburá, Tiféret,
Netsáj, Hod, Yesod y Malcut.»
Así pues, la obra de la Creación
aparece a partir de la Unión de Malcut con Tiféret,
a los que también se les llama, respectivamente: el Rey y la
Reina o Matrona, el Santo, bendito Sea y la Shejiná o
Presencia Divina, Sol y Luna, Cielo y Tierra, Esposo y Esposa,
etc.
Se podría decir que, para el
cabalista, el escenario del drama de la caída o exilio del
hombre es el caos anterior a la Creación, y ésta no es tal, no
existe orden, mientras que la Shejiná, aspecto femenino
de la Divinidad, en exilio con el pueblo de Israel, no se una con
el Santo, bendito sea, aspecto masculino de la Divinidad, a
través de Yesod, simbolizada por el Justo, de quien la
Escritura nos dice que es el «fundamento del Mundo». (Proverbios
X, 25).
Mientras no ocurre esta
Unificación, sólo conocemos a Dios bajo su aspecto de Rigor,
simbolizado por la columna de la izquierda del Arbol Sefirótico.
El Justo, dulcifica el Rigor con la Misericordia, columna de la
derecha, y manifiesta la columna central.
Este es el gran misterio de la
Unidad de Dios del que son su testimonio los profetas.
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1. Ver Zohar im Pirush
haSulam, vol. I, pág. 131
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