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EL
IMAM ESCONDIDO (1)
Carlos del Tilo
«El Corán es el
Imam silencioso,
el Imam es el
Corán que habla.»
Henry Corbin, en su estudio sobre
el chiísmo iraní, ha realizado una obra monumental que ofrece
el máximo interés para los lectores de lengua francesa. (2) Ha
sido el pionero en hacerlo.
Su competencia, objetividad y
profundidad causan admiración a todos aquellos que han deseado
sumergirse en la riqueza de la enseñanza del Islam Chiíta.
Lamentamos profundamente que sus
libros no hayan sido traducidos todavía al castellano. Este
modesto y forzosamente breve trabajo sobre el misterio del Imam
escondido servirá quizá para dar a conocer el interés que
contiene dicha tradición, mucho más próxima a la nuestra de lo
que en principio pueda parecer.
Los musulmanes chiítas, que se
extendieron principalmente por las provincias de Irán, dicen
que, si bien Mahoma fue el último profeta que reveló una ley
religiosa (Shariat) -y en esto coinciden con los
musulmanes ortodoxos llamados sunnitas o tradicionales-, tuvo, no
obstante, doce descendientes llamados Imames. Estos Imames son
los guías que inician a sus adeptos y les conducen al sentido
escondido (batin) de las revelaciones proféticas (zahir).
Es el Imam quien enseña el
sentido esotérico de la «letra» coránica, él guía a los
fieles hacia el sentido espiritual, interior de la revelación
literal enunciada por el profeta.
El zahir podría compararse
a lo que los judíos y cristianos llaman la «letra», mientras
que el batin representa el sentido espiritual o
mesiánico.
Así, pues, si las revelaciones
proféticas contienen algo escondido, alguna cosa que el profeta
no tenía la misión de revelar, corresponde al Imam enseñar
esta gnosis. «Si el Imam mismo no os ha guiado hacia estas
cosas, si no hay en vosotros la aptitud para comprenderlas, todas
las palabras que os pudieran dirigir desde el exterior llamarán
en vano a vuestro oído». (3)
El primero de estos Imames es
Alí, «el Emir de los creyentes», primo del Profeta y esposo de
Fátima, su hija; es su heredero espiritual. El segundo y el
tercero son hijos de Alí y de Fátima. A partir del cuarto Imam,
la línea prosigue de padre a hijo. Todos murieron en el
martirio, excepto el último, el duodécimo, que desapareció
misteriosamente.
La descendencia de estos doce
Imames se encuentra atestiguada por numerosas tradiciones o hadits.
(4) Citemos por ejemplo, aquella en que el Profeta Mahoma en
persona declara: «Los Imames que vendrán después de mí serán
doce». El primero es Alí Ibn Talib; el duodécimo es «el que
Resucita» (al-Qaim), al Mahdi (literalmente: «el
Guiado», que por esto mismo es al-Hadi, «el Guía»), de
«cuya mano Dios hará conquistar los Orientes y los Occidentes
de la Tierra». Otro hadit dice: «Su número es el mismo
que hizo manar la vara de Moisés golpeando la roca de Horeb; el
mismo que el de los jefes de Israel».
Dirigiéndose a su propio wasi,
«heredero espiritual» el Profeta declara: «¡Oh, Alí! los
Imames guiados y guías, tus descendientes, los Purísimos,
serán doce (o sea once más tú mismo). Tú eres el primero; el
nombre del último será mi propio nombre (Mahoma); cuando
aparezca llenará la Tierra de justicia y armonía, así como
está ahora llena de iniquidad y violencia... Luchará para
conduciros de nuevo hacia el sentido espiritual, así como yo
mismo he luchado por la revelación del sentido literal».
Otra revelación menciona: «una
Tabla de Esmeralda entregada al Profeta por el ángel Gabriel y
dada por él como obsequio a su hija (acordémonos de la Tabla de
Esmeralda de la tradición hermética). Esta tablilla de
Esmeralda llevaba en líneas escritas con oro que resplandecía
como la luz del sol los nombres del Profeta y de sus doce
Imames». (5)
Los grandes profetas, entre los
Enviados (o Nabis morsal) son siete; este número,
evidentemente, es simbólico, como lo es también el número de
Imames.
Siete profetas enviados: Adán,
Noé, Abraham, Moisés, David, Jesús y Mahoma, que corresponden
a las siete esferas planetarias tradicionales. Cada uno de los
siete profetas enviados con un libro, es seguido por doce Imames,
del mismo modo que los siete planetas se inscriben en los doce
signos del Zodíaco.
La imamología chiíta conoce los
nombres de los imames correspondientes a cada profeta. Citemos
simplemente a los primeros: Set para Adán; Sem para Noé; Ismael
e Isaac para Abraham; para Moisés, Aarón y Josué; para David,
Salomón; para Jesús, Simón Pedro y la línea que llega hasta
Bohayrá o Bohira, monje cristiano que Mahoma encontró durante
un viaje y que le confirmó en su vocación profética.
Los doce Imames de Cristo se
presentan aquí sucesiva y no simultáneamente (los doce
apóstoles) como en el cristianismo; representan la transmisión
del mensaje hasta que se manifiesta otro profeta.
Veamos más detalladamente cuál
es la función del Imam en relación con la del Profeta, en la
doctrina chiíta.
La distinción fundamental entre
el batín (sentido espiritual) y el zahir (sentido
literal) está en correlación con las diferentes funciones del
Imam y del Profeta.
Se trata de lo esotérico y de lo
exotérico, que no pueden existir el uno sin el otro; «el
Profeta y el Imam son dos llamas surgidas de una sola y misma
luz». Como dijimos antes, la función del Imam es transmitir lo
esotérico de la misión del Profeta. El Profeta representa la
letra de la Revelación y el Imam representa su espíritu; pero
de ningún modo pueden estar separados uno de otro.
La ley religiosa positiva posee un
sentido secreto, una verdad gnóstica, pero ésta ha de apoyarse
en la escritura profética. No se puede separar el contenido del
continente.
Esta afirmación, fundamental en
la imamología chiíta, concuerda perfectamente con lo que los
judíos enseñan respecto al matrimonio de la tradición escrita
y de la tradición oral.
La patrística cristiana también
ha insistido en numerosas ocasiones sobre este punto: «El
espíritu no está separado de la letra, está contenido y
escondido en ella». La letra es buena y necesaria porque conduce
al espíritu: «es un instrumento y su servidor» (Hesychius, Comentario
sobre el Levítico).
Metafóricamente podría decirse
que la transparencia del espíritu no se produce más que por
presencia de la letra.
El rechazo de la letra conduce al
delirio del sueño místico; pero el rechazo del espíritu
mantiene al creyente en la prisión farisaica de la historia, de
los ritos y de las prescripciones literales.
No se pueden mantener separados el
Cielo y la Tierra.
* * *
El profeta Mahoma tuvo, pues, por
sucesores espirituales a los doce Imames. Pero entonces,
¿podría decirse que no ha habido nadie después del duodécimo
para guiar al fiel chiíta y para iniciarle en la gnosis del
Corán?
Para responder a este pregunta, es
necesario comprender lo que representa el doudécimo Imam para la
tradición chiíta. No nos es posible explicar aquí la
maravillosa historia de amor y encuentro entre la princesa
cristiana Narkés, hija del emperador de Bizancio y descendiente
de Simón Pedro, con el joven Hasan Askari, undécimo Imam; cómo
esta unión fue bendecida por el Señor Cristo y por el Profeta
Mahoma; y cómo nació de modo totalmente extraordinario el
duodécimo y último Imam: (6) la figura misteriosa, aquel que
llaman el que Resucita (Qaim), el Guiado (Mahdi),
el Esperado, la Prueba o el Fiador de Dios, el Maestro invisible
de este tiempo, el Imam escondido.
Nacido de Samarra, en Irak, en
869, desapareció el mismo día de la muerte de su padre, el 24
de julio de 874. Tenía, pues, 5 años, pero su apariencia era la
de un Hombre Perfecto. A partir de este momento empieza el tiempo
de la «ocultación» del duodécimo Imam.
«Durante setenta años, el Imam
será invisible, no sólo para el común de los hombres, sino
también para sus adeptos; con éstos, no obstante, se
comunicará por medio de cuatro delegados o mandatarios que se
sucederán unos a otros. Sus nombres y sus personas eran
descritos con detalle en los libros chiítas... Este periodo es
llamado "la ocultación menor"». (7)
Al término de setenta años
comienza el periodo de «la ocultación mayor», que todavía
dura. Es la historia secreta del duodécimo Imam, el Imam
escondido.
Después de más de diez siglos,
la figura del duodécimo Imam domina toda la conciencia religiosa
chiíta, que vive a la espera del momento final de resurrección
de todas las cosas, el momento de la Parusia (8) del Imam,
llamado por esta razón «el que Resucita». (9)
El mismo Imam afirmó en su
último mensaje antes de la «ocultación mayor»: «Se alzarán
gentes que pretenderán haberme visto materialmente. ¡Cuidado!
El que pretenda haberme visto materialmente antes de estos
acontecimientos del final, éste será un mentiroso y un
impostor». (10)
Los teólogos chiítas explican
que esta advertencia del Imam tiene por objeto desacreditar de
antemano toda tentativa de agitadores y aventureros que tiendan a
utilizar la persona del Imam con fines políticos.
En cambio, el Imam nunca ha dejado
de manifestarse en privado. «Muchos hombres -escribe uno de los
teólogos-, han visto la belleza perfecta de ese Elegido, pero
sólo le han reconocido cuando él ya se había marchado». (11)
El Imam escondido también es el
«el Imam esperado» o «el Imam de este tiempo»; así, pues,
está presente en el corazón de sus hijos que de esta manera no
están sin guía. Él los ve, pero ellos no le ven. El sentido
profundo de la ocultación es que «son los hombres quienes se
han velado a sí mismos el Imam, se han vuelto incapaces o
indignos de verle». Esperar al Imam significa esperar su Parusia.
Por esta razón, cuando el fiel chiíta nombra al Imam escondido,
nunca se olvida de añadir: «¡Que Dios apresure para nosotros
la alegría de su venida!»
Este es el momento para subrayar
la diferencia existente entre el Imam escondido de los chiítas,
es decir, el Guía personal «Invisible a los sentidos, pero
presente en el corazón», y el maestro que vive en su papel
asumido, por ejemplo, por la persona del Shaikh sufí (12)
en su Tariqat, o por la persona del gurú en la
India.
El Imam escondido representa el
Iniciador. El sexto Imam afirmaba: «Nosotros los Imames somos
los sabios que instruimos; nuestros chiítas son los iniciados
por nosotros; en cuanto al resto, es la espuma arrastrada por el
torrente»(Idem, vol. I, p.117).
Algunos tratados chiítas lo
identifican con Melquisedeq, y también con el Paracleto, (13)
anunciado en el Evangelio de Juan (XIV, 16-26): «Y yo
rezaré al Padre y él os dará otro Intercesor (Parakletos)
para que esté siempre con vosotros, el Espíritu de Verdad, que
el mundo no puede recibir, ya que no lo ve y no lo conoce; pero
vosotros lo conocéis porque mora cerca vuestro y está en
vosotros. Yo no os dejaré huérfanos: volveré a vosotros.
Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis,
ya que viviré y vosotros viviréis. En ese día, sabréis que
estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. El que
tiene mis mandamientos y los guarda, éste es el que me ama; y el
que me ama será amado por mi Padre y yo lo amaré y me
manifestaré a él...Os he dicho estas cosas mientras permanezco
con vosotros. Pero el Intercesor (Parakletos), el
Espíritu Santo que mi Padre enviará en mi nombre, él os
enseñará todas las cosas».
He aquí la manifestación del
Imam esperado.
Existe también un versículo del Corán
(61-6) que alude a este misterio: «Jesús hijo de Maryam decía:
¡Oh hijos de Israel! he sido enviado por Dios a vosotros,
confirmando la Torah que está en vuestras manos y
anunciando un Enviado que vendrá después de mí y cuyo nombre
será Ahmad (el muy loado; en griego: Periklytos)».
La exégesis islámica corriente
prefiere leer periklytos en lugar de parakletos; en
el texto del Evangelio de Juan que acabamos de citar; periklytos
significa: «el muy loado», cuyo equivalente en árabe es
Ahmad ó Mohammad.
Así, pues, según esta exégesis,
el Paracleto anunciado por Jesús es el profeta Mohammad
Mas para la exégesis chiíta, la
anunciación del Paracleto designa el Imam de la Resurrección,
al Imam escondido, que también se llama Mohammad, que viene de
la descendencia del Profeta, que, por otra parte, habla de él
como de otro sí mismo. (14)
En un hadit, el Profeta
habla del primer Imam designándolo como su hermano y habla del
duodécimo como si fuera su hijo. El interlocutor le pregunta:
«¡Oh Enviado de Dios!, ¿quién es tu hijo?» «Es el Mahdi ("el
Guiado" que guía hacia Dios, uno de los nombres del Imam
escondido), aquél en vistas al cual he sido enviado como
anunciador». (15)
En otro hadit el Profeta
también declara: «Si no le quedara a este mundo más que un
día de duración, Dios alargaría este día para suscitar a un
hombre de mi descendencia cuyo nombre será mi nombre y cuyo
apodo será mi apodo... Combatirá para volver al sentido
espiritual, como yo mismo he combatido para la revelación del
sentido literal». (16)
«El Paracleto anunciado no será
el que enuncia una nueva ley, sino aquel que revelará el sentido
interior, esotérico de todas las leyes antiguas. Ahora bien, el
Profeta Mohammad trajo una nueva Ley, mientras la misión que
incumbe al duodécimo Imam es la revelación del sentido
escondido». (17)
Haydar Amoli, uno de los grandes
maestros chiítas (siglo XIV) y discípulo de Ibn Arabi, comenta
el hadit del Profeta que acabamos de citar y en el que
anuncia al Imam de la Resurrección: «A esto mismo aludió
Jesús cuando dijo: Os traemos la letra de la Revelación. En
cuanto a su interpretación espiritual, el Paracleto os la
traerá al final de este tiempo».
Ahora bien, el Paracleto, en la
terminología de los cristianos, es el Imam esperado (el Mahdi)
por los musulmanes chiítas. Lo más profundo del pensamiento del
Profeta es, pues, que el Paracleto «traerá el sentido
espiritual y la verdadera comprensión del Corán, de igual modo
que ha traído la revelación de la letra y la exégesis literal,
ya que el Corán contiene un sentido exotérico, una exégesis
literal y una exégesis espiritual...»
«De este texto resalta pues, con
toda claridad, que el Paracleto anunciado por Jesús no es otro
que el duodécimo Imam, invisible en el presente, anunciado por
el profeta Mohammad; corresponde al Imam-Paracleto, tal y como lo
han dicho tanto Jesús como Mohammad, al revelar el sentido
escondido de la Revelación». (18)
«Adosado al Templo de la Kaaba,
el Imam proclama que cualquiera que desee dialogar con él
respecto a Adán, ha de saber que él, el Imam, es de entre todos
los humanos, el que está más próximo a Adán. Y repite la
misma afirmación respecto a todos los profetas: Yo soy el más
próximo a Noé, a Abraham, a Moisés, a Jesús y a Mohammad. Yo
soy el más próximo al Corán, el más próximo a la tradición
del Profeta. O, todavía con más fuerza, nombrando sucesivamente
a la bi-unidad formada por cada profeta y su primer Imam, dice:
Que aquel cuya conciencia esté fijada en Adán y Set (hijo e
Imam de Adán), sepa que yo soy Adán y Set. Y sigue así: soy
Noé y Sem; soy Abraham e Ismael; soy Moisés y Josué; soy
Jesús y Shamud (Pedro); soy Mohammad y el Emir de los creyentes
(Alí, el primer Imam); soy Hasan (segundo Imam) y Hosayn (tercer
Imam); soy todos los Imames. Cualquiera que haya leído los
antiguos libros de Dios, los libros de Adán, de Noé y de
Abraham, la Torah, los Salmos y el Evangelio,
debe reconocerme, ya que todos estos libros hablan de mí...»
«Soy aquel que en el Evangelio
es llamado Elías». (19)
«No os dejaré huérfanos,
volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero
vosotros me veréis». (20) He aquí la Parusia de Cristo,
su retorno anunciado, la venida del Iniciador, la manifestación
del que resucita; él es quien enseña el verdadero Sentido de la
Escritura.
Conocer el Sentido de la Escritura
supone estar iniciado a una gnosis, a un Conocimiento; por ello
los Imames han dicho: «Aquel que nos conoce, conoce a su
Señor», haciéndose eco de la sentencia que dice: «Aquel que
se conoce a sí mismo, conoce a su Señor», y también: «Aquel
que muere sin conocer a su Imam, muere de la muerte de los
inconscientes».
Llega en secreto al peregrino que
camina en la noche de la búsqueda, y entonces se levanta la
aurora.
Esta noche santa es llamada
«Noche del Destino» de la que habla en la Sura 97 del Corán:
«Son los versículos que fueron recitados en el momento del
nacimiento del Imam de este tiempo (el duodécimo), precisamente
porque él es esta Noche». (21)
SURA 97
«En el nombre de Dios todo
misericordioso, todo compasivo, en verdad, lo hemos revelado en
la noche del Destino.
Y ¿qué es lo que te hará saber
qué es la noche del Destino? La Noche del Destino vale más que
mil meses.
Los Ángeles y el Espíritu (el
ángel Gabriel) descienden del cielo con el permiso de su Señor,
encargados de todo orden.
Es una noche de paz hasta el
amanecer.»
Cuando el Imam se manifiesta, el
Libro de las escrituras se abre, entonces el Corán ya no
es «silencioso», sino «parlante». Esto es la Parusia del
Imam: devuelve el Sentido perdido.
«Entonces les abrió la
inteligencia para comprender las Escrituras» (Lucas
XXIV, 45)
La Parusia del Imam
esperado, es la Presencia divina; para los cabalistas judíos es
el Mesías que vuelve y enseña cómo se tienen que leer las Santas
Escrituras.
¿Cómo no estar sorprendido por
la extraordinaria convergencia que existe entre la Parusia del
Imam y la de Cristo después de su resurrección, por ejemplo, en
su manifestación a los discípulos de Emaús? (22)
(Lucas, XXIV):
«...Mientras hablaban y discutían, el mismo Jesús,
habiéndoseles acercado, se puso a caminar con ellos; pero sus
ojos no podían reconocerle... Y él les dijo: "¡Oh,
hombres sin inteligencia y lentos de corazón para creer en todo
lo que han dicho los profetas!..." Y empezando por Moisés y
continuando por todos los profetas, les explicó lo que a él
concernía en todas las Escrituras... Ahora bien, cuando
se hubo sentado con ellos a la mesa, cogió el pan, dijo la
bendición, lo partió y se lo dio. Entonces sus ojos se abrieron
y le reconocieron; y desapareció de su vista»
Antes hemos citado ya estas
palabras del Imam: «Cualquiera que ha leído los antiguos libros
de Dios, los libros de Adán, de Noé y de Abraham, la Torah,
los Salmos y el Evangelio, debe reconocerme, ya que
todos estos libros hablan de mí».
«¡Que Dios apresure para
vosotros la alegría de su venida!»
Hemos traducido, para finalizar,
una de las plegarias que los peregrinos dirigen en su búsqueda a
la misteriosa persona del doceavo Imam.
LA PLEGARIA DEL
PEREGRINO (23)
¡Salve, oh califa de Dios y
califa de tus padres los bien guiados (los Mahdis)!¡Salve,
heredero de los herederos espirituales de los tiempos
pasados...!Taño de la Familia Inmaculada, (24), Manantial de los
conocimientos proféticos, Dintel de Dios a quien no se accede
más que franqueándolo. Vía de Dios que no se puede abandonar
sin extraviarse. Tú que contemplas el Árbol Tubá y el Loto del
límite... ¡Salve, Fiador de Dios para los celestiales y
terrenales, de aquellos que te reconocen tal y como Dios les ha
hecho reconocerte, y que te conceden algunas de las
calificaciones que tú mereces, aunque estés por encima de
ellas!
Yo atestiguo que eres el Fiador de
Dios para aquellos de los tiempos pasados y para aquellos de los
tiempos futuros; que los triunfadores son tus adeptos, y los
frustrados, los que te rechazan. Tú eres aquel que conserva todo
el conocimiento, el que hace que se abra todo lo que estaba
sellado... ¡Oh mi soberano! Yo te he escogido como Imam y como
Guía, como protector y como maestro, y no deseo a nadie en tu
lugar.
Yo atestiguo que eres la verdad
constante en la que no hay ninguna alteración; es cierta la
promesa divina respecto a ti; aunque sea larga tu ocultación y
alejado el término, no tengo ninguna duda; no comparto el
extravío de los que, por ignorarte, dicen locuras de ti.
Permanezco a la espera de tu Día, ya que eres el Intercesor del
que no se discute, Tú eres el Amigo del que no reniega... Tomo a
Dios por testigo de ello. Tomo a sus ángeles por testigos de
ello. Te tomo a ti como testigo de mi deseo; está interiormente
tal como está exteriormente, está en el secreto de mi
conciencia tal como mi lengua lo profiere. Sé, pues, el testigo
de mi promesa, del pacto de fidelidad entre tú y yo...como me lo
ordenó el Señor de los Mundos. Por más que los tiempos se
prolongaran, que los años de mi vida se sucedieran, sólo yo
podría tener hacia ti, para ti y en ti más certeza, más amor y
más confianza, y esperaría aún más tu Parusia y
estaría aún más preparado para el combate que hay que librar a
tu lado.
Pues mi persona, mis bienes, mi
familia, todo lo que mi Dios me ha concedido en este mundo, te lo
doy a ti para que dispongas de ello, ¡Oh, mi Imam!
Si mi vida dura lo suficiente como
para que pueda ver levantarse tu Día resplandeciente y brillar
tus estandartes, entonces, heme aquí, yo, tu fiel. ¡Que me sea
dado el rendir junto a ti el Testimonio Supremo! Pero si la
muerte me asola antes de que tú hayas aparecido, entonces te
pido tu intercesión, la tuya y la de tus padres, los Imames
Inmaculados, a fin de que Dios me coloque entre el número de
aquellos a quienes concederá volver de nuevo en la hora de tu Parusia,
cuando tu Día se levante, a fin de que mi devoción por ti me
conduzca al término de mi deseo.
Por último ofrecemos un fragmento
de Henry Corbin, (25) que alude al «Retorno del Imam
escondido»:
«Todo ocurre como si la
Resurrección no pudiera ser anunciada de otra forma que
alarmando a todos aquellos que se apoderaron de "la causa
divina", para avasallar a los hombres, a los objetivos de
sus ambiciones y para secuestrar el destino personal de cada ser.
Una tradición que remonta al V
Imam, Mohammad al-Baqir, cuenta cómo el último Imam, el
Resurrector, se había encaminado hacia la ciudad de Koufa. He
aquí que de esta ciudad salió a su encuentro un cortejo de
varios millares de hombres; en él, sólo había gente de mucha
categoría: lectores profesionales del Corán, doctores de
la Ley, etc., en pocas palabras, todo lo que la piedad oficial ha
podido constituir socialmente como devotos autoritarios.
Y todos se dirigían al Imam para
rechazarle: "No te necesitamos para nada. No necesitamos a
un hijo de Fátima".
Cuando leí este texto por primera
vez, intuí que ya había leído en otra parte unas palabras con
la misma resonancia lejana. Y así fue cómo ello me recondujo al
rechazo que el Gran Inquisidor, en una célebre novela de
Dostoievsky, (26) opone a Cristo, de vuelta a Sevilla, la noche
en que había sido prendido: "¿Por qué viniste a
perturbarnos?...¿Acaso tienes derecho a revelar aunque fuera un
sólo misterio del mundo de donde vienes?... ¿Acaso habías
olvidado que la actitud e incluso la muerte son preferibles para
el hombre, que la libertad de discernir el bien y el mal? Vete y
no vuelvas más"»
_________________
(1) En lugar de Imán, hemos
preferido conservar la pronunciación árabe de la palabra:
Imâm. En efecto, puede existir una confusión ya que Imán
significa fe; Imâm en cambio, puede traducirse por «el que
camina delante de ti», o sea, «el guía».
(2) Henry Corbin, En Islam
Iranien. Aspects spirituels et philosophiques. Ed. Gallimard,
Bibliothèque des Idées, 4 vol. París, 1971-72.
(3) Idem. op. cit. vol.I, pag. 7.
(4) La palabra hadit significa:
reciente, nuevo, relato; por extensión significa «todo relato
referente a la conducta de Mahoma desde el día en que empezó la
obra de su predicación, actos o palabras». El-Bokhari: Les
Traditions islamiques, tomo I, pag. 2, Maisonneuve, París,
1977.
Los chiítas poseen un corpus
de hadits de los Imames. Estos han permanecido
prácticamente desconocidos durante mucho tiempo en Occidente.
(5) H.Corbin, op. cit. vol. I,
pag. 56-57.
(6) H.Corbin, op. cit. vol. IV,
pag. 309 y ss.
(7) Idem, pag. 323
(8) En griego parusia.
«presencia».
(9) ¿No viven los judíos a la
espera de la venida del Mesías y los cristianos a la espera del
segundo advenimiento de Cristo o de su Parusia?
(10) Idem. pag. 333.
(11) Idem. pag. 333
(12) Acerca del origen de la
palabra sufí: «...Mientras los otros hijos de Adán se
dedican a oficios que les permitirán conquistar este mundo, Set
se dedica totalmente al servicio divino. El ángel Gabriel trae
del paraíso una vestidura de lana (suf) verde, con la que
reviste a Set. Los ángeles vienen a visitarle, y volviendo al
cielo anuncian a los otros: "¡Hay uno vestido de lana (sufi)
que sobre la tierra se dedica al servicio divino!" Es así
que desde el profeta Set, la designación de "vestidos de
lana" se da al grupo de los sufies. Esta narración
ilustra la explicación más común de la palabra sufí.
Biruni ofrece otra, acercando la palabra árabe sufí a la
griega sophos (sabio). (idem, vol.IV, pag. 443, nota 91).
Así, pues, no puede haber diferencia alguna entre el verdadero sufí
y el verdadero chiíta.
(13) Del griego parakletos, «defensor,
intercesor»; procedente del verbo parakale, «llamar a
sí».
(14) H. Corbin, op. cit. vol. IV,
pag. 437.
(15) Idem. vol. IV, pag. 304.
(16) Idem. vol. IV, pag. 305.
(17) Idem. vol. IV, pag. 438.
(18) Idem. vol. IV, pag. 438.
(19) Idem. vol. IV, pag. 440.
(20) Juan, XIV, 18-19.
(21) Idem. vol. IV, pag. 440.
(22) El Cristianismo, en sus
orígenes alude claramente a esta Parusia del Señor. Ver
por ejemplo, la Epístola de Santiago, V 7 y 8: «Tened
paciencia, hermanos míos, hasta la Parusia del Señor.
Ved: el labrador, en la esperanza del precioso fruto de la
tierra, espera pacientemente hasta que recibe la lluvia de otoño
y la de primavera. Vosotros también sed pacientes, afirmad
vuestros corazones, ya que la Parusia del Señor está
cerca».
Hay que leer también el
extraordinario testimonio de Pedro (otro testigo de la Parusia
en el Monte Tabor, con Santiago y Juan; Mateo XVII, 1 y
9), en su primera epístola: «No es, en efecto, mediante la fe
de las fábulas ingeniosamente imaginadas que os hemos hecho
conocer el poder de la Parusia de nuestro Señor
Jesucristo, sino como testigos oculares de su Majestad. En
efecto...» (leer la continuación del texto en la primera Epístola
de Pedro, I, 16 y 12).
(23) H. Corbin, vol. IV, pag. 458
y 459.
(24) La Familia Inmaculada: el
profeta Mohammad, su hija Fátima y los doce Imames.
(25) H. Corbin, op. cit. vol. IV.
(26) Los Hermanos Karamazov
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