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El
elogio del vino
de
Umar ibn al-Fârid
Introducción,
J. Peradejordi
La fuente que
brota de la tierra
de
Dios vivifica el Universo
entero.
Louis Cattiaux
El elogio del vino
es la obra más conocida de Sharâf al-dîn Umar ibn al-Fârid.
Este gran poeta místico musulmán, de origen sirio, nació en El
Cairo en el año 577 (1181) y murió en esta misma ciudad en 632
(1235). Fue uno de los más ilustres buscadores de la verdad
dentro de la fe musulmana, llevando incluso una vida ascética.
Su maestro, un hombre al parecer
poco apreciado por sus coetáneos, ocultaba bajo el oficio de
pastelero una extraordinaria sabiduría.
Incluso Dermenghem, uno de los
traductores franceses del magnífico poema que presentamos, no
creía que ibn al-Fârid hubiera alcanzado el conocimiento de la
Verdad.
No nos parece que debamos juzgar
al personaje, ni tampoco a su maestro, del que apenas se sabe
casi nada, sino a la obra; y ésta contiene el perfume
inconfundible, el sabor totalmente peculiar de la vivencia de la
cual nos habla. ¿No afirma que ha bebido del vino y sabe cómo
describirlo? ¿No declara que el mundo es su reino y el tiempo su
esclavo?
A ciertos espíritus beatos acaso
les sorprenda que uno de los más celebrados autores de la mística
islámica utilice imágenes como el vino o la embriaguez que,
para algunos, pueden resultar groseras e incluso pecaminosas,
pero ya desde el primer verso de este singular poema el autor nos
pone sobre aviso: no se trata de un vino corriente, corruptible,
sino de un vino trascendente, «creado antes de la creación de
la viña». Y no debemos ver aquí una mera imagen poética
atribuible a la imaginación de ibn al-Fârid; también el Sefer
ha-Zohar nos habla de un banquete en el que participarán los
escogidos después de la resurrección. En este banquete se beberá,
afirma el Sefer ha-Zohar, un vino conservado desde la
creación, que será servido a los justos.
El simbolismo del vino no es, pues,
algo característico de ibn al-Fârid o del Islam; se trata de un
simbolismo universal. En todas las culturas, en todas las épocas,
se ha relacionado el vino con la vida y con la inmortalidad. Sólo
hemos de fijarnos en la palabra «vid», que no sólo fonética,
sino también etimológicamente se asocia a vita, vida.
Desde el taoísmo hasta el cristianismo, el vino aparece en un
sinfín de ceremonias y ritos. En la santa cena, prefiguración
de la sagrada misa, Jesús declara que el vino «es su sangre, la
sangre de la alianza».
Comentando el conocido pasaje del
Cantar de los Cantares «Introducidme en la casa del vino»,
Orígenes dice que el vino es la alegría, el Espíritu Santo, la
sabiduría y la verdad.
En el Corán podemos leer
que a los resucitados se les dará a beber de un vino perfumado y
sellado que estará mezclado con el agua del Tasnîn. «Este vino
dice el libro sagrado del Islam es como una fuente
de la que beben aquellos que se acercan a Alá».
Otro gran místico persa del siglo
viii, Bâyazîd de Bistâm decía: «Yo soy el bebedor, el vino y
el escanciador. Dentro del mundo de la unificación todos son uno».
Si el vino ha sido considerado de
este modo por tan grandes sabios, sin duda su simbolismo oculta
una profunda enseñanza. Ésta parece estar en estrecha relación
con el simbolismo de la palabra.
Es harto conocido el pasaje bíblico
en el que Adán, nombrándolos, da ser a los animales y a las
cosas sobre la tierra. Los cabalistas lo interpretan de la
siguiente manera: antes de lo que se ha llamado «la caída», el
hombre poseía la palabra; gracias a ella, podía crear una cosa
con sólo nombrarla. Esta palabra colocaba al hombre por encima
de las bestias y lo hacía semejante a Dios, que se la insufló.
Esta misma enseñanza se encuentra, expuesta de otro modo, en el Corpus
Hermeticum, cuando dice que: «el hombre es un ser divino
viviente, que no puede ser comparado a los otros seres vivientes
terrestres, sino a los de arriba, a los del cielo, llamados
dioses».
Qué es y cuál es la naturaleza
de esta Palabra es difícil de precisar y constituye el objeto de
nuestra búsqueda. Pero si recordamos que para los griegos, logos,
palabra, quería decir también inteligencia, razón,
quizá nos demos cuenta de que se trata de la verdadera
inteligencia, de la inteligencia divina dentro del hombre.
La palabra no es (o no era) una
abstracción, es aquello que permite la comunicación, la
manifestación, la concretización de lo que es abstracto,
informe y, por tanto, desconocido. Visto desde otro ángulo,
aquello que se ha convenido en llamar «la Palabra» es lo que
permite la comunicación de lo incomunicable, la manifestación
del Inmanifestado, de la Verdad que está más allá de las
formulaciones.
Existe un conocido proverbio
latino que afirma: in vino veritas, en el vino la
verdad; éste nos viene a decir que en el vino se halla la
verdad, proposición misteriosa que sin embargo no lo resulta
tanto a la luz de la Cábala. Si sabemos que en hebreo las
palabras vino y secreto tienen el mismo
valor numérico y, en cierto modo, son sinónimas, no
encontraremos chocante el aforismo hebreo que afirma que «cuando
el vino entra, el secreto sale».
Del mismo modo que cuando estamos
beodos confesamos nuestros secretos con mucha más facilidad que
cuando estamos serenos, así, cuando se ha bebido el vino del
cual habla ibn al-Fârid, el secreto que está en nosotros se
manifiesta con menos trabas. Y este secreto, el secreto del
hombre, no es sino la palabra de la cual hablábamos.
Bebiendo el vino de Dios
despertamos a esta palabra y nos volvemos como el Adán del
principio, el hombre perfecto del cual nos habla la mística
musulmana. Mas para beber del vino de Dios debemos primero ir a
su viña, símbolo del reino de los cielos, de aquel lugar de
donde mana la vida que vivifica al universo entero.
¡Ojalá su perfume nos indique cómo
llegar hasta él!
Elogio del vino (Al-Jamriyya)
Hemos bebido a la
memoria del Bienamado
Un vino que nos ha
embriagado
Antes de la creación
de la viña.
Nuestro vaso era la
luna llena.
Él es un sol; un
cuarto creciente lo
Hace circular. ¡Cuántas
estrellas
Resplandecen cuando
está mezclado!
Sin su perfume no
hubiera
Hallado el camino
de sus tabernas.
Sin su resplandor,
la imaginación
No podría
concebirlo.
De él, el tiempo
ha conservado tan poco,
Que es como un
secreto oculto
En el fondo de los
corazones.
Si su nombre es
citado en la tribu,
Este pueblo se
embriaga sin deshonor
Y sin pecado.
Ha subido poco a
poco del fondo
De las jarras y de
él, en verdad,
Sólo queda el
nombre.
Si un día de él
se acuerda
Un hombre, la alegría
se apodera de éste y la tristeza se desvanece.
La única visión
del sello
Puesto sobre las
jarras,
Basta para
embriagar a los invitados.
Si regaran con un
vino como éste la
Tierra de un
sepulcro, el muerto reencontraría
Su alma y su cuerpo
sería revivificado.
Extendido a la
sombra del muro de su viña,
El enfermo
agonizante recobra inmediatamente
Sus fuerzas.
Cerca de sus
tabernas, el paralítico
Anda y los muros se
ponen a hablar
Al recuerdo de su
sabor.
Si las emanaciones
de su perfume se
Exhalan en Oriente,
un hombre privado
De olfato se vuelve
desde Occidente
Capaz de
percibirlas.
Aquel que sostiene
la copa, la palma untada
De este vino, no se
extraviará en la noche;
Sostiene un astro
en la mano.
Un ciego de
nacimiento que lo recibiera
En su corazón
recobraría inmediatamente
La vista. El rumor
de su filtro hace
Oír a los sordos.
Si una tropa de
jinetes
Que se dirige hacia
el terruño que lo
Ve nacer, alguien
es mordido por una bestia
Venenosa, el veneno
no le afectará.
Si el exorcista
traza las letras de su
Nombre en la frente
de un poseído, estos
Caracteres lo sanan.
Bordado en la
bandera del ejército
Este nombre
embriaga a todos los que
Andan bajo el
estandarte.
Pule el carácter
de los invitados
Y por él se
conducen en la vía
De la razón los
que no tienen
Entendimiento.
Aquel cuya mano no
ha conocido
Nunca la espledidez
se torna
Generoso y el que
no tenía grandeza
De alma aprende a
moderarse
Incluso en la cólera.
Si el más estúpido
de los hombres
Pudiera besar la
tapa de su aguamanil,
Llegaría a
comprender el sentido de sus
Perfecciones.
Me dicen: «Descríbelo,
tú que estás
Tan bien informado
de sus cualidades».
Sí, en verdad, sé
cómo describirlo.
Es una limpidez y
no es agua,
Es una fluidez y no
es aire,
Es una luz sin
fuego y un espíritu sin cuerpo.
Su verbo ha
preexistido eternamente
A todas las cosas
existentes;
Cuando no había
formas ni imágenes.
Por él subsisten
aquí
Todas las cosas,
pero lo velan
Con sabiduría a
quien no comprende.
De él, mi espíritu
se ha prendado de
Tal forma que se
han mezclado
Los dos íntimamente;
pero no es
Un cuerpo que ha
entrado en otro cuerpo.
Vino y no viña:
tengo a Adán por
Padre. Viña y no
vino: su madre es
Mi madre.
La pureza de los
vasos, en verdad,
Proviene de la
pureza de las ideas;
Y las ideas, es él
quien las hace crecer.
Se ha hecho una
distinción; pero el todo
es uno; nuestros
espíritus son el vino
Y nuestros cuerpos
la viña.
Antes que él, no
hay «antes»
Y después de él,
no hay «después»;
El principio de los
siglos ha sido
El sello de su
existencia.
Antes que el tiempo
fuese, ha estado
Bajo el lagar. El
testamento de
Nuestro padre sólo
ha venido después
De él; es como un
huérfano.
Tales son las
bellezas que inspiran
Para loarlo las
prosas armoniosas
Y los versos
cantarines.
El que aún no lo
conoce
Se alegra de oírlo
citar, como
El amante de Noum
al oír el nombre
De Noum.
Ellos han dicho: «Has
pecado bebiéndolo».
«No ciertamente, sólo
he bebido
Lo que, privándome
de ello, me hubiera
Hecho culpable».
¡Felices las
gentes del monasterio!
¡Cuánto se han
embriagado de este vino!
Y sin embargo no lo
han bebido, pero
Han tenido la
intención de beberlo.
Antes de mi
pubertad he conocido su
Embriaguez; todavía
estará en mí cuando
Mis huesos sean
polvo.
Tómalo puro este
vino; o no lo mezcles
Más que con la
saliva del Bienamado;
Toda otra mezcla
sería culpable.
Está a tu
disposición en las tabernas;
Ve a tomarlo en
todo su esplendor.
¡Qué bueno es
beberlo al son de las
Músicas!
Ya que jamás, en
ningún lugar, cohabita
Con la tristeza,
como nunca cohabitan
Juntos las penas y
los conciertos.
Si te embriagas de
este vino, aunque
Sólo sea por una
hora, el tiempo será
Tu dócil esclavo y
tendrás el poder.
No ha vivido, aquí
abajo, aquel que
Ha vivido sin
embriaguez y éste
Carece de
entendimiento si no ha
Muerto por su
embriaguez.
Que llore sobre sí
mismo, el que
Ha perdido su vida
sin tomar de él su parte.
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