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Santificado
sea tu Nombre
Carlos del Tilo
Jesucristo enseñó una curiosa
oración a sus discípulos (Lucas XI, 1-2) que, siguiendo
su ejemplo, los cristianos repiten desde entonces en el «Padre
Nuestro».
¿Por qué ha de ser santificado
el nombre de Dios? ¿Acaso no es Santo por sí mismo?
De entrada, hay que hacer la
siguiente observación: Jesús hablaba a los judíos, en una
lengua que les era familiar; se refería a nociones que sus
auditores comprendían, ya que éstas formaban parte de una enseñanza
religiosa en la que habían sido formados y a la que debemos
necesariamente referirnos si queremos comprender de qué se trata.
Así, pues, en primer lugar es
necesario saber qué es el nombre de Dios para los hebreos, y
luego, por qué ha de ser santificado.
Hay muchos nombres de Dios, según
sus atributos y también según la forma en que se manifiesta al
hombre y según la que el hombre se presenta ante él. Un antiguo
cabalista, Nahmánides de Gerona, llegó a decir que la Escritura
no era más que una sucesión de nombres de Dios.
Sea como fuere, el nombre que,
ciertamente, se encuentra más a menudo en el texto bíblico es
el de cuatro letras, el Tetragrama (IHVH) que los judíos nunca
pronuncian por respeto; simplemente dicen: el nombre
o bien Adonai, que significa mi Señor.
La pronunciación de este nombre
está reservada a los Justos a quienes Dios ha comunicado su
secreto y sobre cuya frente brilla. Está en boca de los
verdaderos profetas de Dios. También el gran Sacerdote de Israel
pronunciaba este nombre en secreto en el Sancta Sanctorum una
vez al año (antes de la destrucción del Templo) a fin de atraer
la bendición divina sobre todo el pueblo reunido a su alrededor.
La tradición dice que Adán pudo
dar el ser a los animales en el Paraíso terrestre gracias a la
posesión de este nombre. (cfr. Génesis II, 19) y, por
ello, Adán era, en cierto modo, coadjutor de Dios en la obra de
la creación.
Pero, ¿qué ocurrió después de
la transgresión, por parte del hombre, del mandamiento divino, o
sea cuando fue exiliado de su patria original?
Ciertos comentaristas explican que
la caída de Adán tuvo como efecto el privar al hombre de una
parte de este nombre de cuatro letras. Adán sólo pudo
conservar las dos últimas letras del nombre (VH), pues las dos
primeras se volatilizaron cuando consumió el fruto del
conocimiento del bien y del mal. Y, efectivamente, el hombre se
ha convertido en un dios caído; se ha llevado con él al exilio
algo de Dios, una palabra muda, una semilla sepultada y seca que
no germina. Se trata de este santo nombre de Dios, que el hombre
ha roto en él por la falta original.
Los hebreos lo denominan «el
Santo, bendito sea», formulando un deseo, es decir, que sea
bendito. «Santificado sea su nombre» dicen los cristianos, o
sea, que sea reunificado para volver a formar el Tetragrama
sagrado; que el hombre sea regenerado e introducido de nuevo al
Paraíso, donde no existe separación.
Que el Dios que permanece en el
hombre sea bendito, que «el Padre que está en los cielos»
venga a reanimar y refrescar al Dios de abajo: he aquí el nombre
santificado, la unidad del Único restablecida, las cuatro letras
del nombre sagrado unidas de nuevo, lo cual devuelve al hombre el
uso de la Palabra sagrada.
Por ello, tanto la revelación de
los hebreos como la de los cristianos son revelaciones mono-teistas
(monos: único) porque creen en un Dios uno, es
decir un Dios re-unificado y no un Dios en el cielo,
separado del hombre. Todo el drama de Adán consiste precisamente
en esta separación.
La tradición hebraica enseña que
el Dios que ha permanecido en el hombre, el Dios que Adán ha
arrastrado con él en su caída, es un Dios de cólera; está
enfadado porque en este bajo mundo el hombre lo desprecia, lo
ignora, lo humilla de algún modo, y no le permite volver a
encontrar el lugar que le corresponde en su templo, que como
sabemos es el hombre.
La obra del Justo consiste en
transformar al Dios de cólera en Dios de misericordia, de amor,
haciendo descender la bendición del cielo; entonces, el nombre
de Dios está santificado, el Dios de amor se manifiesta y así
se realiza la promesa mesiánica.
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