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SOBRE EL NOMBRE Y EL PRÓLOGO DEL QUIJOTE
Juli Peradejordi
Como a tantos libros de su época y como a tantas obras actuales, al
Quijote le precede un prólogo. Si hemos de enfocar toda la obra desde
un punto de vista simbólico (1) y considerarla portadora de un mensaje
simbólico, también tendremos que abordar su prólogo y el
nombre de su principal personaje desde este punto de vista. Pero, ¿qué
es un prólogo?, ¿quién es don Quijote?
Vamos a intentar dar una respuesta a estos dos interrogantes basándonos
en la etimología, ciencia que, estamos seguros, dominaba Cervantes.
Como él mismo confiesa, le costó mucho trabajo componer el Quijote,
pero allí donde halló más dificultad fue en la redacción
del prólogo. Esta circunstancia no deja de ser extraña dada la
brevedad de éste si lo comparamos con toda la obra, o incluso sólo
con la primera parte. Las razones de tal dificultad podrían ser dos:
que en aquel momento le faltara a Cervantes la inspiración, o que, al
contrario, la importancia y la precisión de su prólogo requirieran
un extremo cuidado. Nos decantamos más bien por la segunda.
Con la discreción que le caracteriza, Cervantes disemina en las líneas
de su prólogo una serie de pistas que van a sernos de gran utilidad a
la hora de interpretar el conjunto de la obra.
Solamente vamos a citar algunas, las más evidentes para nosotros, sin
ánimo alguno de convencer al lector. Sólo deseamos que le den
qué pensar y que sea él quien, a través de la lectura atenta
de este prólogo en el texto original, se vaya formando una idea de su
singular importancia.
Cuando Cervantes escribe: «sin juramento me podrás creer»,
alude sin duda a una costumbre típicamente hebrea: jurar. Nuestro autor
no jura aquí, cumpliendo el mandamiento bíblico de no jurar en
vano, indicado en el Deuteronomio (V, 11).
Este pequeño detalle, unido a muchos más, parece indicarnos que
debemos leer el Quijote con ojos hebreos, o sea con los ojos de la cábala.
Para esta ciencia, las raíces de las palabras tienen una gran importancia;
por esta razón vamos a intentar penetrar en el sentido etimológico
de las palabras prólogo y Quijote.
Cualquier persona medianamente aficionada a la lectura sabrá que un
proemio, un prefacio o un prólogo es un conjunto de palabras que preceden
al texto de un libro, presentando generalmente al autor y a la obra; sin embargo,
esto no ocurre con el Quijote, lo cual nos delata que su prólogo no es
uno corriente.
Sabemos que la palabra prólogo procede del griego, y podemos descomponerla
en dos términos: pro, adverbio que significa adelante, antes,
pero que también podría ser una preposición de genitivo
cuyo significado es en defensa de y logos, palabra,
verbo.
El prólogo es, pues, lo que «antecede a la palabra» y, en
este caso, a la palabra simbolizada por todo el texto del Quijote. Considerándolo
de otro modo, se trataría de algo que está aquí «en
defensa de la palabra».
Podríamos decir que, simbólicamente, la función de un
prólogo es servir de «puerta», de entrada al texto que seguirá.
A través de él, o sea a través de su comprensión,
podremos penetrar en el interior del libro.
En hebreo, idioma que Cervantes conocía y utilizaba más de lo
que se cree, puerta se llama deleth, palabra que se escribe con daleth, la cuarta
letra del alfabeto, que corresponde a nuestra D, y al número cuatro.
La primera parte del Quijote se editó como si fuera todo el libro, pero
su éxito, y la aparición de una segunda parte de otro autor, obligaron
a Cervantes a escribir y a publicar once años más tarde una segunda
parte. Es curioso observar que en las ediciones de 1605 y 1608 este primer tomo
tenía cuatro partes, y que la primera letra del prólogo era, como
por casualidad, una magnífica D mayúscula: «Desocupado lector
comienza sin juramento podrás creer que quisiera que
este libro como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más
gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse».
Notemos que Cervantes se dirige al lector «desocupado», y sólo
a él. Pero, ¿cuál es el lector desocupado? La respuesta
es fácil: aquel que no está ocupado. En su sencillez casi ridícula,
este término es muy significativo.
¿No es el «lector ocupado» aquél que vive «preocupado
por las vanidades del mundo» (2) y «aquél que es soñador
de una vida irreal»? (3)
¿No se trata del lector corriente, el hombre profano que sumido en su
sueño, es incapaz de considerar el sentido profundo de las palabras de
Cervantes? ¿No es, en fin, el hombre «habitado por la ignorancia»
del cual nos habla san Pablo?
El verbo ocupar se dice en hebreo tapas, y de él procede
el término tepes, traba, impedimento. (4) ¿Cuál
es este impedimento, esta traba de los que ha de carecer el lector del Quijote?
Según la cábala sería un obstáculo natural que
impide a la palabra revelarse al hombre. Visto desde otro punto de vista, sería
aquello que imposibilita la alianza entre el hombre y Dios. A él alude
simbólicamente el misterioso rito de la circuncisión que, como
ya hemos visto, (5) le era muy familiar a Cervantes, y cuya finalidad es la
Alianza Sagrada.
San Pablo habla de este obstáculo como de una dureza, una «callosidad
del corazón».
«Se han hecho extraños a la vida de Dios, a causa de la ignorancia
que les habita, a causa de la callosidad de su corazón». (Efesios
IV, 18)
Es evidente que el sabio doctor se refiere a los «habitados», a
los ocupados por la ignorancia que se han hecho «extraños»
a la vida de Dios. El término que utiliza para designar esta «callosidad»
es porosis, que significa, endurecimiento, callosidad.
Fonéticamente, porosis nos recuerda a poroso, término que podemos
asociar a Toboso. Nos explicaremos. Según el diccionario de la Real Academia,
este término se aplica a algo formado por piedra toba o sea,
una caliza muy porosa y ligera. En sentido figurado, una cosa toba
es una capa o corteza que por distintas causas se cría en algunas
cosas, especialmente en los dientes, donde recibe el nombre de sarro.
Más adelante veremos que uno de los posibles nombres de don Quijote era
precisamente «Quijada»...
Trabas, impedimentos, callosidades del corazón, Toboso ¿a dónde
podría conducirnos todo esto?
Ya hemos visto que la circuncisión es un rito exotérico, pero
que su verdadero sentido es esotérico. La circuncisión auténtica
no es la de la carne, sino la del corazón. (6) El término «prepucio
del corazón» es, además, corriente en la cábala.
(7) Por otra parte, cuando en la segunda parte del Quijote (cap. XXXII) la duquesa
le pide al Ingenioso Hidalgo que le describa a Dulcinea del Toboso, suspirando,
don Quijote le dice:
«Si yo pudiera sacar mi corazón, y ponerle ante los ojos de vuestra
grandeza aquí sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi
lengua de decir lo que apenas se puede pensar...».
De un modo un poco oscuro, todo parece referirse a lo mismo. Todo en el Quijote
parece girar en torno al misterio del corazón. La búsqueda de
Dulcinea, el descenso a la cueva de Montesinos y tantos otros episodios tratan
de él.
El corazón con sus callosidades es aquel que está habitado u
ocupado por la ignorancia; es un corazón seco y estéril, pues
está separado del agua de la vida y es incapaz de producir nada. En cierto
modo, no está cultivado, (8) no es virtuoso.
El corazón desocupado, aquel de «Desocupado lector», aquel
que, purificado de la ignorancia, liberado de la traba o del prepucio, es como
el recipiente del agua de la vida. Uno es como una lengua retenida que no puede
hablar, cuya palabra está trabada, y el otro como la lengua capaz de
pronunciar la palabra, pues le ha sido quitada la traba.
Así, vemos que Cervantes se dirige al lector entendido que, como hemos
dicho, está desocupado; en cierto modo, habla para el iniciado en la
lectura cabalística. Sabemos por A. Safran (9) que uno de los títulos
que se aplicaban a los maestros de la cábala era el de rey. Sin duda
por esta razón, al dirigirse Cervantes al lector desocupado le llama
«señor de su casa» («estás en tu casa donde
eres señor della») y «rey de sus alcabalas». Sabemos,
por su misma etimología, que la palabra alcabala está íntimamente
relacionada con la cábala. Este término procede del árabe
al cabala y significa tributo recibido. El sentido de la palabra
hebrea cábala es parecido: don recibido.
Dominique Aubier ha observado en uno de sus libros más famosos, el paralelismo
entre la cábala y la caballería. (10) El fin de las búsquedas
del cabalista es este «don», identificable con la Shekinah. El objeto
de los trabajos y las búsquedas de los caballeros andantes era una «dama»,
identificable a veces con el Grial. En el caso del Quijote se trata de Dulcinea
del Toboso.
Como la cábala, la caballería es un verdadera religión.
Al menos como así la ve don Quijote: «Y muchos son los caminos
por donde lleva Dios a los suyos al Cielo; religión es la Caballería.
Caballeros santos hay en la gloria...» (I, IV).
En el famoso libro de La quête du Graal, que podemos traducir por la
búsqueda o la demanda del Grial, aparece un personaje
del cual don Quijote bien pudiera ser una especie de caricatura. Se trata de
Lancelote o Lanzarote del Lago.
No podríamos, obviamente, hablar de «lago» en el caso de
don Quijote que, como todos sabemos, era «seco de carnes y enjuto de rostro».
Es mucho más lógico hablar de la Mancha, situarle en una región
famosa por su sequedad y su pobreza.
Un pequeño detalla nos permite asociar a don Quijote con Lanzarote.
El nombre de este último parece estar formado por el verbo lanzar
y el sufijo ote. Algo parecido ocurre con el Ingenioso Hidalgo;
si recurrimos al hebreo, veremos que el verbo que se utiliza para designar el
acto de lanzar (una flecha, por ejemplo) es kaxat o kashat. Lanzarote, en hebreo,
sería Kisote o Kixote, palabras de las cuales, probablemente, el ingenio
de Cervantes hizo derivar Quijote o Quixote, como se escribía en su época.
Martín de Riquer, por otro camino, parece haber llegado a esta misma
conclusión:
«El nombre Quijote es también un acierto de comicidad, pues mantiene
la raíz del apellido del Hidalgo (Quijada o Quijano) y lo desfigura con
el sufijo ote que, en castellano siempre ha tenido un claro matiz
ridículo (como se advierte en los consonantes de los verbos que escribe
el protagonista en Sierra Morena, en los que su nombre rima con estricote,
pipote, azote, cogote, etc., (11) pero en
el espíritu del hidalgo manchego, al buscarse un nombre caballeresco,
debió de influir también el de gran caballero artúrico
Lanzarote del Lago, cuya historia estaba tan divulgada en España por
libros y romances... Y del mismo modo que los caballeros hacía seguir
su nombre del de su patria: Amadís de Gaula, Palmerín de Inglaterra,
don Quijote lo completó con el de la suya: La Mancha». (12)
Otro argumento podría haber servido para elegir el nombre de Quijote.
Esta palabra significa también muslo, y como nos indica Dominique
Aubier, un pasaje del Zohar nos explica que «los Profetas son los muslos
del mundo».
Otro de los nombres del Ingenioso Hidalgo merece también que le dediquemos
un poco de atención: Quijada. Según el diccionario, las quijadas
son cada uno de los dos huesos del animal en que están encajados
los dientes y las muelas. Esto nos hace ver que existe una relación
entre don Quijote y un hueso, relación misteriosa que no es ajena a Dulcinea
del Toboso. En efecto, la palabra Toboso puede descomponerse en tob, en hebreo
bueno, y oso, alusión a hueso. (13)
La Dulcinea, el objeto de las búsquedas del caballero o del cabalista
es, pues, algo que está en el buen hueso. No nos quepa la menor duda
de que este «algo» es «dulce como la miel». Cervantes
parece haber tomado el nombre de Dulcinea del pastor Dulcineo, protagonista
de una obra de Antonio de Lofrasso, publicada en 1573, nombre que estaría
inspirado en el Melobeo de las Geórgicas (libro IV) de Virgilio.
Dulcineo era el hombre que vivía en el ambiente ideal de la Edad de
Oro. Según Hermann Iventosch, «los nombres prototípicos
en mel se fundan, sin duda, en el antiguo concepto de la miel como esencia sagrada
de los dioses regalada a los mortales en la Edad de Oro». La miel es «aérea»,
es el «don celestial» en esta Geórgica que empieza así:
Protinus aerii mellis caelestia dona... (14)
¿Cuál es, pues, esta miel, este don celestial, este tuétano
celosamente conservado en el buen hueso?
El famoso prólogo del Gargantúa de Rabelais, y acabamos este
artículo como lo empezamos, citando un prólogo, parece desvelarnos
este enigma al hablarnos alegóricamente del perro:
«Es como dice Platón, (República, libro II) la bestia más
filosófica del mundo. Si lo habéis visto, habréis notado
con qué devoción lo coge, con qué cuidado lo guarda, qué
fervor usa para llevarlo, la prudencia con la que lo sostiene, la afección
con la que lo quiebra y la diligencia con que lo masca. ¿Qué le
conduce a hacer esto? ¿Cuál es la esperanza que anima su estudio?
¿Qué bien pretende alcanzar de ello? Nada más que poder
extraer un poco de médula. Verdad que este poco tuétano es más
delicioso que todo lo demás, porque la médula ósea es el
alimento elaborado a la perfección por la Naturaleza, como dice Galeno,
(III fac. Natura y XI, de Usu Parti)...»
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(1): Ver a este respecto los artículos
sobre el Quijote publicados anteriormente en LA PUERTA, en los números
6, 7, 8.
(2): Ver Eclesiastés I, 3 y sig.
(3): Ibidem. V, 2.
(4): Según el diccionario hebreo-español de D. Yarden y A. Comay,
ed. Achiasaf, Tel Aviv 1976, p. 573.
(5): Ver LA PUERTA nº 6, pág. 35.
(6): Ver Romanos II, 28-29
(7): Ver Sefer haZohar, I, 205.
(8): Ver nuestro artículo «Cultura y Virtud» en LA PUERTA,
nº 1.
(9): Ver su obra La Cábala, ed. Martínez Roca, Barcelona 1980.
(10): Ver Don Quijote, profeta y cabalista, ed. Obelisco.
(11): Ver su obra Aproximación al Quijote, ed. Salvat 1970, p. 49.
(12): Op. cit. p. 60
(13): La palabra hueso procede del latín os-osis, cuyo ablativo es oso.
(14): En un artículo sobre Dulcinea, en la «Nueva Revista de Filosofía
Hispánica» (XVII, 1963-1964).
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