|
LA
VELADA DE VENUS
PERVIGILIUM
VENERIS
Sergio dHooghvorst
I. introducción
Entramos de lleno en un marco
alegre y melodioso: llega la joven primavera, época de cantos,
amores y renacimiento de la naturaleza. Nuestro poeta, con
delicadeza y al tiempo precisión, empieza enseguida a relatarnos
su mensaje: nos va a cantar un himno a la resurgente diosa Venus.
Impresionados y seducidos, no
hemos podido resistir al deseo de presentar a nuestros lectores
este breve poema, que a nuestro parecer no sólo constituye un
pequeño joyel de la poesía de la Roma Imperial, sino que también
es un documento interesante de inspiración clásica en el que
encontramos un evidente contenido tradicional expresado en
lenguaje mitológico. Así pues, pensamos ser útiles dando a
conocer un texto poco divulgado.
El texto presentado procede de un
volumen publicado por Les Belles Lettres, cuyo título
es La Veillée de Venus (1). El autor del libro, Robert
Schilling, realiza un breve estudio del poema y luego presenta el
texto latino establecido y traducido por él.
Sabemos muy poco acerca de su
origen. R.Schilling, en su estudio preliminar, lo atribuye a un
poeta africano llamado Florus y sitúa su fecha de composición a
mediados del siglo II d.C. Esta obra permaneció largo tiempo en
la oscuridad, no sabemos por qué razones, y fue el francés
Pierre Pithou quien, a finales del siglo XVI, lo dio a conocer a
los eruditos de la época, publicando por primera vez el Pervigilium
Veneris.
II. Pervigilium Veneris. La
Velada de Venus
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
He aquí la joven
primavera, la primavera melodiosa;
Es en primavera
cuando nació el mundo; en primavera,
Se concilian los
amores; en primavera se unen
Los pájaros y el
bosque desliga su cabellera bajo la caricia
Amorosa de las
lluvias. Mañana es cuando la Madre
De los amores, a la
sombra de los árboles, trenza las verdes cabañas
Con ramitas de
mirto; mañana es cuando enuncia sus leyes
Dione, sentada en
el trono con gracia y majestad
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
En tal día, el océano,
con la sangre del cielo mezclada con un copo
De espuma, entre
los rebaños azulados y los caballos de mar,
Ha hecho surgir a
Dione sobre las olas de las aguas marinas.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
Es Venus quien
colorea el año con la púrpura de sus perlas
En flor; es ella
quien da prisas a los capullos, naciendo al
Soplo del Céfiro,
para que se hinchen en nudos;
Es ella quien
esparce en gotitas el rocío brillante,
Dejado por la brisa
nocturna. ¡Cómo cintilan, esas lágrimas,
Que tiemblan bajo
su peso caedizo! La gota vacilante
Estrecha su orbe
para suspender su caída.
Ved, la púrpura de
las flores revela su pudor
El rocío destilado
por los astros, en el transcurso de las noches
Serenas, libera,
por la mañana, pliegues de sus vestidos húmedos,
Sus senos
virginales. Tal es la orden de la diosa:
En la humedad
matinal es cuando se desposan las rosas vírgenes.
Hijas de la sangre
de Cipris y de los besos del Amor,
Hijas de la perla,
de la llama, de la púrpura solar,
Mañana,
respondiendo al voto de un único amor,
No temerán
deshacer su pudor enrojecido,
Que se escondía
bajo el velo de fuego.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
La diosa ha
prescrito a las Ninfas ir al bosquecillo
De mirto. El niño
acompaña a las vírgenes; pero,
¡Cómo creer en la
tregua del Amor, si lleva sus flechas!
¡Id, Ninfas, el
Amor ha dejado sus armas,
El Amor hace tregua!
Se le ha ordenado ir sin armas, se le ha
ordenado ir desnudo,
y no herir ni con arco ni con flecha
ni con fuego. No
obstante, Ninfas, tened cuidado: Cupido
es hermoso; incluso
desnudo, el Amor conserva todas sus armas.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
Vírgenes y púdicas
como tú, Venus nos ha enviado
Hacia ti; sólo te
rogamos una cosa:
Aléjate, Virgen de
Delos, evita al bosque
La sangre de los
animales masacrados. Venus vendría
Ella misma para rogártelo,
si pudiera conmoverte, púdica diosa.
Quisiera ella misma
invitarte, si te conviniera aparecer,
¡oh!, virgen.
Durante tres noches de fiesta, verías
nuestros coros
mezclados con la multitud recorrer tus bosquecillos,
bajo las guirnaldas
de flores, entre las cabañas
de mirto. Ceres,
Baco, el dios de los poetas, estarán entre nosotros.
¡Festejemos la
noche entera, velemos al canto de los himnos!
¡Deja reinar a
Dione sobre el bosque! ¡Retírate, Virgen de Delos!
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
Venus ha prescrito
que su tribunal se yerga entre las
Flores del Hibla.
Presidirá personalmente y enunciará sus leyes,
Asistida por las
gracias. ¡Hibla, derrama con profusión
Tus flores, toda la
cosecha florecida del año! ¡Hibla, cúbrete con un vestido
De flores que se
extienda por toda la llanura
Del Edna! Aquí
vendrán las Ninfas de los campos,
Las Ninfas de los
montes, todas, ya sea que moren en las selvas,
Los bosques o las
fuentes: a todas, la Madre del Niño alado
Ha prescrito la
presencia; también ha prescrito a estas Vírgenes
No fiarse del Amor,
incluso si está desnudo.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
..........................
¡(Que el bosque)
extienda sobre las flores nuevas sus sombras que
verdean!
..........................
Mañana es el día
en que, por primera vez, el Éter
Ha celebrado sus
bodas. Para crear con sus nubes de primavera
El año entero,
este Padre se ha derramado en lluvia
Amorosa en el seno
de su fecunda esposa: unido a este
Gran cuerpo, debía
producir todos los seres. Es Venus, que
Con su sutil suplo,
penetra la sangre y el alma, para ejercer
Sobre la procreación
su fuerza misteriosa.
A través de los
cielos, a través de las tierras, a través del mar,
Soberana, se ha
abierto un camino que no
Cesa de impregnar
con gérmenes de vida y, bajo su orden,
El mundo aprendió
a engendrar.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
Es Venus, que
convirtió en Latinos a sus descendientes
Troyanos; es ella,
que dio por esposa a su hijo
La joven Laurentina
y, más tarde, raptó para Marte una
Virgen púdica en
el santuario; es ella, que concluyó
Las bodas de los
Romanos con las Sabinas: así debía
Crear a los Romanos
y a los Quiritas y a los herederos de Rómulo,
Los Césares, padre
y sobrino.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
La voluptuosidad
fecunda los campos, los campos sienten
La acción de Venus.
El Amor, él mismo, el niño de Dione,
Nació, dícese, en
el campo. Venus lo recibió contra su pecho
Cuando los campos
estaban de parto.
Lo alimento con los
tiernos besos de las flores.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
Ved a los toros
tumbarse bajo la retama:
Cada uno vive en
paz, en los vínculos de un amor conyugal.
Ved, a la sombra,
las ovejas balando con sus machos.
También es por la
orden de la diosa que los pájaros
Se abstienen de
interrumpir su melodía. He aquí que la ronca
Voz de los cisnes
no cesa de resonar en los estanques.
Un canto le
contesta a la sombra del álamo: es la esposa
De Tereo; parece
decir palabras de amor con su voz
Armoniosa; no
parece que compadezca a una hermana,
Víctima de su bárbaro
esposo.
Ella canta, yo
callo. ¿Cuándo vendrá, para mí, la primavera?
¿Cuándo haré
como la golondrina y cesaré de callar?
He perdido a mi
Musa, a fuerza de callar, y Febo no me mira.
Así, Amiclea, la
taciturna, se perdió por su silencio.
¡Amad mañana,
vosotros que jamas habéis amado;
Vosotros que habéis
amado, amad aún mañana!
III. El nacimiento de Venus
Tras haber presentado a nuestros
lectores este fresco y bello poema con el que el autor nos hace
visitar, en compañía de dioses y ninfas, este misterioso bosque
en el que nace la verde y joven primavera, hemos pensado que sería
útil e interesante intentar ahondar un poco más en la
personalidad de la protagonista, Venus, la Diosa sonriente,
Citerea coronada.
La finalidad de este pequeño
estudio, incluso si nuestras modestas posibilidades lo
permitieran, no es la de realizar un comentario de la obra, sino
la de intentar acercarnos un poco a la realidad que encierra el
simbolismo de Venus. Por esta razón dejaremos al olfato y al ojo
clínico del sagaz lector las múltiples pistas que puedan surgir
en el Pervigilium Veneris.
Por una parte, para nuestro
objetivo intentaremos poner en relación la mitología latina con
la que nos han dejado los griegos, siendo al fin y al cabo ambas
muy próximas, y de este modo explicar una mediante la otra.
Por otra parte, con la ayuda de
esta arma eficaz que constituye la etimología intentaremos
entreabrir prudentemente la concha de las palabras para ver si
nos revelan o, mejor dicho, desvelan algo más; en efecto,
enseguida nos daremos cuenta de que un idioma (y sobre todo
lenguas como el latín o el griego) ofrece una extraordinaria
cohesión, es decir, que no es por casualidad que palabras de una
misma raíz estén ligadas entre sí; ni tampoco que los diversos
sentidos de una misma palabra, aparentemente distintos e
independientes, muy a menudo estén vinculados, es decir,
concurran hacia una misma explicación. Parece que las palabras
tengan una significación profunda y sean, a modo de las imágenes
de un calidoscopio, como distintas facetas que nos muestran
aspectos de una misma realidad.
Bien podemos decir que la
primavera, de la cual nos habla el Pervigilium Veneris, es
un fenómeno misterioso. Seguro que se refiere al despertar de la
naturaleza, al cual asistimos cada año y que corresponde al
momento en que el sol, visto desde la tierra como punto de
referencia, cruza la elíptica en su movimiento ascendente, lo
cual, se reflexionamos, es ya de por sí muy curioso y no
desprovisto de enseñanza.
Pero seguro que también nos habla
de algo más concreto, referente al hombre, que tiene relación
con su regeneración.
Una de las cosas que más
sobresalen en el poema es el hecho de la unión, que tiene como
consecuencia la creación. Así: «El éter ha celebrado sus
bodas. Para crear con sus nubes de primavera el año entero». Ya
sabemos que este éter es un aire sutil que, según los griegos,
se mueve en una esfera por encima de la luna; está, pues, arriba,
y en le momento de la primavera baja en lluvia amorosa. ¿A dónde?
«en el seno de su fecunda esposa (la tierra)».
Mañana es el día
en que, por primera vez, el Éter
Ha celebrado sus
bodas. Para crear con sus nubes de primavera
El año entero,
este Padre se ha derramado en lluvia
Amorosa en el seno
de su fecunda esposa: unido a este
Gran cuerpo, debía
producir todos los seres. Es Venus, que
Con su sutil suplo,
penetra la sangre y el alma, para ejercer
Sobre la procreación
su fuerza misteriosa .
Aquí se nos da una indicación
sobre la naturaleza de Venus.
Si comparamos estos versos con los
siguientes del mismo poema, observaremos que el poeta habla de lo
mismo con otras palabras:
En tal día, el océano,
con la sangre del cielo mezclada con un copo
De espuma, entre
los rebaños azulados y los caballos de mar,
Ha hecho surgir a
Dione (2) sobre las olas de las aguas marinas.
En efecto, ¿qué nos recuerda
esto, sino el nacimiento de Venus? Este mito, original de la
tradición helénica, nos es relatado por Hesíodo en su Teogonía:
«Y el gran Cielo vino, llevando
consigo la noche; envolviendo a la Tierra, ávido de amor, hele
aquí acercándose y extendiéndose en todos los sentidos. Pero
el hijo (3) desde su puesto, extendió la mano izquierda y asió
con la derecha la enorme, la larga hoz (4) de dientes agudos y
bruscamente, segó las partes sexuales (5) de su padre, para
luego echarlas al azar tras él». (6)
Más adelante (7), Hesíodo continúa:
«Y alrededor del miembro divino
se levantaba una blanca espuma. De esta espuma una joven Kouré
se formó, que fue primero a Citerea la divina, desde la cual
luego fue a Chipre bañada por todos lados; es allí donde llegó
a tierra la bella y venerada diosa que hacía alrededor de ella,
bajo sus pies ligeros, crecer el césped y que los dioses, así
como los hombres, llamaron Afrodita».
Pero aunque veamos en el texto de
Hesíodo que la madre de Venus sea la tierra, ésta nació en el
agua.
Varrón (8) a este respecto, nos
da una explicación muy interesante:
«Así pues, las condiciones para
que se produzca su nacimiento son dos: el fuego y el agua. Por
eso, en las bodas se colocan ambos elementos en el umbral de la
casa nupcial, porque allí tiene lugar una unión; el fuego es el
elemento masculino, ya que contiene el germen, el agua, el
elemento femenino... y la fuerza que los liga el uno al otro, vis
vinctionis es Venus».
Un poco más adelante, nos dice el
mismo Varrón (9):
«Cuando los poetas dicen que un
germen ígneo cayó del cielo en el mar y que Venus nació de la
espuma por la unión del agua y del fuego, nos quieren dar a
entender que esta fuerza impulsiva, vis, de los elementos
es Venus. A lo que nace de esta fuerza, vinatis, pertenece
lo que se llama vida, vita. La idea viene de Lucilio; La
vida, vita, es la fuerza, vis, y la fuerza, vis,
nos impulsa a emprender las acciones».
A partir de estos textos citados
podemos concluir o por lo menos vislumbrar que Venus tiene doble
significado. Por una parte, personifica la Primavera, o sea, el
resultado de la unión del cielo y la tierra. Venus nace de la
espuma y es la fuerza impulsiva de los elementos.
Por otra parte, Venus es «la
fuerza que los liga el uno con el otro».
Citemos la continuación de este
interesante extracto de Varrón (10).
«La finalidad de Venus no es la
de vencer, vincere, sino atar, vincire. El nombre
mismo de Victoria, viene de que los vencidos son atados, vinciuntur.
La poesía ofrece testimonio de ambas nociones, porque tanto
Victoria como Venus son calificadas de hijas del cielo. Y es que Tellus
(la tierra fecunda) ha sido la primera en experimentar los lazos,
vincta, del Cielo, y de ello ha seguido la victoria».
Vemos como esto confirma lo que
antes hemos entrevisto:
«Platón, en su Banquete hablaba
de dos Venus; una, hija del Cielo, y otra, de Júpiter. La
primera, dice este filósofo, es esta antigua Venus, hija del
Cielo, cuya madre se desconoce, y que nosotros llamamos Venus la
celeste; y esta otra Venus reciente, hija de Júpiter y de Dione,
que llamamos Venus la vulgar [...] Hablan de ella, a veces como
de una mujer de mala vida, a veces como de una diosa" (11).
Así, hay dos Venus, la celeste y
la vulgar, o Venus y Victoria. Cuando Hesíodo habla de la unión
del Cielo y Tierra, es como si dijera: la unión de Venus celeste
con la Venus vulgar.
En El Mensaje Reencontrado
se dice:
«La naturaleza liberará a la
naturaleza y el niño misterioso nacerá de la única Madre», o,
según la variante: «La hermana liberará a la hermana...» (12).
La Tierra, Tellus, esposa
fecunda del Cielo, contiene una Venus, por así decirlo, pero está
encarcelada, oprimida, hay que sacarla de su envoltura material
para que salga a la luz y nos proporcione la Victoria. Es
precisamente lo que nos explica Dom Pernety (13).
«¿Qué es Venus?... Venus es
como un hombre que tiene un cuerpo y un alma: hay que despojarla
de su cuerpo material y grosero...»
Asimismo, dicho autor dice que
Venus, según los egipcios y los griegos, no era tomada por la
diosa del libertinaje y que tenía por hermana a la Verdad,
escondida en el fondo de un antro. ¿Qué es la Verdad, sino
nuestra Venus liberada, la estrella matutina que se levanta en el
horizonte, precediendo al sol? Es la Victoria o, en una palabra,
la Primavera.
Acerca de Venus, es interesante la
comparación entre ésta y Lucifer, que significa portador
de luz. La palabra griega fosforos significa
lo mismo. Ya sabemos que Lucifer es el ángel caído. Cuando fue
echado del cielo, llevaba consigo una esmeralda en la frente, la
cual, como consecuencia de su caída, fue profundamente sepultada
en la tierra. Esta esmeralda o luz es lo verde encerrado en el
hombre, la primavera del hombre en potencia.
Decir que Venus vulgar es una
mujer de costumbres disolutas y libertinas, o que Afrodita es la
diosa de los placeres y del amor, entendidos desde un punto de
vista carnal y humano, equivale a hacer uso de esta potencia o
fuerza de una forma desviada, desconectada de la divinidad.
Dom Pernety, con su habitual don
de la oportunidad y exactitud, nos lo muestra claramente:
«Los libertinos, que no
entendieron la verdadera idea de los autores de estas ficciones,
sólo la consideran apropiada para excitar el fuego impuro del
libertinaje, e ignorantes de la Verdad, hermana de Venus,
encontraron la ocasión de dar a ésta un culto licencioso» (14).
Vemos que esta frase,
aparentemente sin importancia o con sentido moral, tiene una
aplicación mucho más profunda y está adaptada a nuestro
destino de hombres caídos.
Lo curioso es que fosforos
también significa portador de hombre y más
exactamente hombre de alto linaje. Por lo tanto,
vemos claramente que Venus es la fuerza caída, pero, no obstante,
ella es quien nos permitirá volvernos brillantes y aparecer de
nuevo a la luz.
Quizá todo ello aluda al mito de
Faetón, que fue designado por Venus guardián de su templo.
También personifica la estrella que brilla al anochecer o al
amanecer, o sea, Venus. Hay que añadir que Faetón, hijo de
Helios, intentó conducir el carro de su padre, y siendo
fulminado por Zeus, cayó en el Erídano, que es un río subterráneo,
según las fábulas mitológicas. El nombre Faetón está muy próximo
a faeino, brillar, de faino, hacer
brillar, hacer aparecer, dar a conocer, indicar, presagiar
y de fao, brillar.
Después de estas consideraciones
quisiéramos hablar un poco de los diversos nombres atribuidos a
la diosa Venus y estudiarlos a la luz de la etimología.
Primeramente, nos encontramos con
Afrodita, nombre dado a Venus en la mitología griega. Afros
significa espuma. Por otra parte, afron
es un adjetivo que quiere decir furioso, que ha
perdido la razón, por oposición a sofron, sensato.
Platón (15) explica el sentido y
origen de la palabra fronesis, que significa pensamiento,
inteligencia, sabiduría divina:
«El pensamiento es, en efecto, la
intelección (acción de captar algo con el espíritu) del
movimiento foras noesis, y del flujo. También se puede
entender como siendo el auxiliar del movimiento, foras onesis».
En resumen, vemos que la alfa
privativa de la palabra afros le da el significado de
privado de sensatez, de sabiduría que no capta el movimiento,
este movimiento se refiere al éter del que hemos hablado
anteriormente.
Otro de los nombres atribuidos a
Venus por los griegos es el de Diosa de Chipre (según Hesíodo,
allí llegó a la tierra), es Cipris en el Pervigilium
Veneris. Kupris, según el diccionario (16) significa
la diosa de Chipre, amor, ternura, el planeta Venus.
Siempre según el diccionario, kupros «es una planta
perfumada que se recoge en Chipre[
] y cuya flor o jugo eran
empleados para hacer aceite o ciertos perfumes o ungüentos». A
propósito de este ungüento, en el himno homérico a Afrodita,
cuando Venus se enamoró de Anquiso, leemos:
«Venus fue a Chipre, penetró en
su templo perfumado de Pafos [...] En seguida que hubo encontrado,
cerró las puertas resplandecientes, y es allí donde las Cáritas
la bañaron y la frotaron con el aceite inmortal que se ve sobre
los dioses siempre vivos, este licor de inmortalidad que habían
perfumado para ella».
Por otra parte, la raíz cup en
griego, además de significar desear en latín
(17), nos recuerda el cobre, cuprum, y la
tradición dedica este metal a Venus.
Un curioso refrán ruso hallado en
un diccionario de proverbios (18) dice lo siguiente: A monnaie
de cuivre, amour vert-de-grisé, lo que podríamos traducir
por «A moneda de cobre, amor con verdín». La palabra verdín
en francés es más significativa: vert-de-gris,
literalmente sería verde de gris. Fulcanelli,
en su obra Le Mystère des Cathédrales, afirma que el
gris simboliza el fuego celeste. Trasladándolo a nuestro refrán,
tendríamos: "A moneda de cobre, amor verde de fuego".
Hemos visto que el verde es el color de Lucifer; en latín viridis,
verde y ver, primavera tienen la
misma etimología. Por lo tanto, verde de fuego, se
podría convertir en primavera de fuego, es decir
primavera inducida por el fuego. Esta primavera, resultado de la
unión de los contrarios Cielo y Tierra, es el Rebis de
los alquimistas, la amatista de color violeta.
Tenemos el fuego, es decir, el
Cielo, pero ¿dónde está la Tierra en nuestro proverbio?
Volviendo al punto de partida, Chipre, kupros, hemos dicho
antes que Hesíodo decía de Afrodita:
«De esta espuma una joven se formó,
que fue primero a Citerea la divina, y donde luego, fue a Chipre,
es allí donde llegó a tierra la bella y venerable diosa».
El autor añade que fue
transportada de un lugar a otro por el viento Céfiro.
Así pues, ¿no sería Chipre, kupros
«donde llegó a tierra», lo mismo que el cobre cuprum
de nuestra moneda?
Una tercera denominación de esta
diosa en la literatura mitológica de los filósofos de la
antigua Grecia es Citerea coronada, eustefanos kuthereie.
Ya hemos visto que Afrodita fue transportada de Citerea a Chipre
por el Céfiro; por lo tanto, estaba en estado volátil.
Varrón (19) dice:
«Victoria está representada con
una corona y una palma, ya que la corona es un vínculo, vinculum
para la cabeza».
Por otra parte, según el himno
homérico a Afrodita, Venus, una vez adornada con oro por las
Horas, fue acogida por los dioses inmortales y:
«cada uno de ellos deseaba hacer
de ella su legítima esposa, ya que tanto admiraban la belleza de
Citerea coronada de violetas».
Así nuestra diosa, viniendo de
Citerea, en estado volátil, llega a Chipre y se convierte en
Victoria, es decir, toma una corona y se vuelve fija, coloreándose
de violeta, produciendo la amatista.
Notemos que uno de los atributos
de Venus es la concha, donde se dice que nació. Porfura es
la concha de la cual se saca la púrpura, también es
el color púrpura.
Venus nace en una concha: se
necesita una base o un receptáculo, una tierra para recibirla.
Asimismo, es lógico que concha sea sinónimo de púrpura o
violeta. Cuando se unen la Venus celeste y la Venus vulgar nace
Victoria o Citerea coronada de violetas, el color púrpura o
violeta.
Habiéndonos adentrado un poco en
esta selva llena de símbolos y fábulas que constituye la
mitología, equipados, a modo de un explorador para no errar, con
los textos de los autores auténticos, esperamos no habernos
alejado demasiado del camino, y si así fuera, habría que
atribuirlo a nuestra poca sensatez. Asimismo,
esperamos que el lector más sensato nos lo perdone.
____________________
- París, 1961
- Dione es uno de los nombres
que los latinos atribuían a Venus.
- Se trata de Cronos.
Observemos que en astrología, Saturno o Cronos, es un
principio coagulante que da corporeidad. Aquí vemos que
Cronos es quien hace posible la bajada del germen del
cielo y, por lo tanto, el nacimiento de Afrodita.
- Arpe significa hoz,
objeto provisto de un gancho.
- Medos quiere decir
partes sexuales, también significa pensamiento,
designio.
- Hesíodo, Teogonía,
versos 176 a 182.
- Ibídem, 190 a 195.
- Varrón, De Lingua Latina,
edición bilingüe, Ed. Antropos, Barcelona, 1990, V, 61,
p. 47. Es un autor latino que vivió entre los siglos II
y I a.C.
- Ibídem, V, 63, p. 47.
- Ibídem. V, 62.
- Dom Pernety, Les Fables
Egyptiennes et Grecques dévoilées, Ed. Delalain,
París, 1786, vol. II, pp. 105-106.
- L. Cattiaux, El Mensaje
Reencontrado, Ed. Sirio, Málaga, 1987, libro IV, 96.
- Op. Cit., p. 109.
- Op. Cit., p. 107.
- Platón, Crátilo, 411d.
- A. Bailly, Dictionnaire
grec-français, Hachette, París, 1963.
- Cupido, hijo de Venus,
encuentra su origen en esta raíz cup-, cupere que
quiere decir desear. Observemos que Eros,
hijo de Afrodita para los griegos, viene de la palabra eros-ou,
pasión, deseo. Además, la palabra earos,
o también ereros significa la mañana, la
primavera y la savia.
- M. Maloux, Dictionnaire
des proverbes, sentences et maximes, Larousse, 1980.
- Op. Cit., V, 62.
|