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LA
REFUTACIÓN DEL ANÓNIMO PANTALEÓN
Traducción y
presentación: C. del Tilo
Introducción
Nada sabemos del autor de este
pequeño tratado de Filosofía natural titulado Refutación
del Anónimo Pantaleón, presunto Discípulo de Hermes. Como
muchos Sabios Adeptos, no ha intentado atraer sobre su nombre la
atención del público amante de la Ciencia de Hermes. Se
contenta con refutar punto por punto las afirmaciones del
mencionado Pantaleón, que se pretende discípulo de Hermes, pero
que en realidad no es sino un «soplador».(1)
Este texto, de 84 páginas, se
encuentra al final de un pequeño volumen in-12.º publicado en
París en 1689, por Laurent dHoury, que contiene otros dos
tratados: El primero, del Sieur Mathurin Eyquem du Partineau,
titulado El Piloto de Onda Viva y el segundo, La Tumba
de Semiramis, cuyo autor es anónimo, como el de nuestra Refutación.
La primera edición de El Piloto
de Onda Viva data de 1678 y no contiene los otros dos
tratados anónimos añadidos a la segunda edición.
¿Fue Mathurin Eyquem el autor de
estos dos tratados? No estamos en situación de responder a esta
pregunta.
Hemos seleccionado para nuestros
lectores algunos extractos de esta pequeña obra que parece haber
sido compuesta por uno de esos misteriosos Adeptos, maestros de
la Ciencia Santa, que vivieron discretamente entre sus contemporáneos
y desaparecieron sin hacer ruido.
Nicolas Lenglet du Fresnoy, en su Historia
de la Filosofía Hermética, cita algunas obras del Anónimo
Pantaleón: Tumulus Hermetis apertus; Examen
Alchimisticum; Bisolium Metallicum.
La Refutación
del anónimo Pantaleón
Extractos
Si nuestra raíz posee en sí
misma el germen del oro, se deduce que ya no necesita de ningún
metal para la composición de la piedra, ya que ella misma es
metal y mina del metal; es nuestro oro y nuestra plata y posee en
sí misma todo lo necesario para la composición del Elixir. No
le disminuimos nada, sino que sólo rechazamos aquello que es
superfluo en la preparación, o mejor dicho, toda la superfluidad,
impureza, feculencia e inmundicia se convierten en la verdadera
materia por medio de nuestro fuego, según el decir de Pontanus...
En general, todos los Filósofos,
tanto antiguos como modernos, afirman que sólo hay una cosa, una
vía y un medio que puedan conducir a la realización del
magisterio, lo que sin duda es cierto; y todos los Sabios
excluyen tu (2) pretendida doble vía: la húmeda y la seca.
Aprende, pues, que la vía húmeda y la seca son una misma vía
lineal; puesto que en nuestra obra sólo aparecen la tierra y el
agua. Cuando vemos el agua, se llama vía húmeda, y cuando vemos
toda el agua convertirse en tierra, entonces la llamamos la vía
seca, y no podrías explicar cada una de estas vías por separado
sin liarte ni suponer varias circunstancias imaginarias, tal como
hacen los sofistas y no los verdaderos Filósofos...
Abre tus ojos, oh, docto Pantaleón,
y aprende que de una sola cosa, por una sola vía, una sola
disposición y un sólo acto se realiza todo el magisterio; según
dice Geber, nuestro Arte no se realiza, en modo alguno, por la
multiplicidad de las cosas, Y aunque los Sabios, dice Morieno,
hayan diferido entre ellos en lo que respecta a los hombres y las
palabras, todos han entendido una sola cosa, una sola disposición
y una sola vía.
Cualquiera, pues, que haya errado
al principio sobre esta cosa única, trabajará en vano; porque,
siguiendo el testimonio de Arnaldo de Vilanova, no hay en todo el
mundo otra cosa que nuestra única piedra concedida sólo a los
hijos del arte y en la cual no entra nada ajeno. Con ella
trabajan los Sabios, y de ella sale todo lo que buscan; pero no
se le mezcla nada, ni parcial ni totalmente. Se le llama origen
del mundo, y nace a la manera de las cosas germinantes, a causa
de lo cual, según Hércules Filósofo, este magisterio procede
de una única raíz y luego se extiende en varias cosas, de donde
vuelve acto seguido a una sola cosa... Pues nuestra piedra se
hace roja a sí misma y se hace negra a sí misma, se casa y se
alía a sí misma, y se concibe a sí misma hasta haber llegado
al final de la obra. En fin, no hay ninguna piedra en el mundo
semejante a ésta. Pues se fecunda a sí misma, se concibe por sí
misma y se da a luz a sí misma. Es, pues, ridículo imaginar que
pueda hacerse la Piedra Filosofal de diversas materias y por
diversas vías, ya que la Naturaleza nos ha preparado una única
materia en la cual no falta nada, excepto estas dos cosas, a
saber: quitar lo superfluo y completar lo que falta; estas dos
cosas pertenecen al arte y se realizan por el arte mediante una
decocción que le es propia y conveniente, separando y uniendo...
No se podría hacer volver de la
especificación a la universalidad sin la destrucción de los
cuerpos...
Cualquiera que posea este mercurio
de los Filósofos no necesita de los metales para realizar la
Piedra, pues en el mercurio de los Filósofos y no en tu mercurio
venal está todo cuanto buscan los Sabios...
El mercurio vulgar sólo es un
cuerpo grosero y material, mientras que el disolvente Filosófico
es verdaderamente un cuerpo espiritual. Dime, ¿qué hay más
claro? Pero el conocimiento de nuestra materia y de nuestra obra
artificial no pertenece a un Artista duro de mollera; y tú lo
eres, querido Pantaleón, cuando osas burlarte de Filaleteo y de
muchos otros Adeptos porque han trabajado fuera de la metaleidad
mercurial vulgar y sólo se han consagrado a nuestro Saturno, a
nuestro Antimonio, a nuestro mercurio filosófico y a nuestro
vitriolo que se extrae de una cosa vil, que es la raíz de los
metales y que contiene en sí, en potencia, a todos los metales.
Busca esta cosa y te dará todo lo que buscan los Sabios; pues en
ella están el Sol y la Luna vivos, y no aquellos que están
muertos, como el oro y la plata vulgares...
Pues estos cuerpos vulgares están
muertos por el fuego de fusión. Pero nuestro Sol y nuestra Luna,
que están encerrados en nuestra materia, están vivos y no han
perdido sus espíritus, porque nunca han sufrido el fuego de fusión.
Esta es la materia que hay que buscar cuidadosamente y el modo en
que hay que tratarla, pues es sólo en ella y por ella que se
hace la piedra de los Filósofos...
Tampoco es cierto que los demás
metales procedan naturalmente del mercurio vulgar de forma
inmediata. Lejos de ello, la naturaleza forma el mercurio impuro
del vulgo del otro mercurio, como de una simiente que es
totalmente distinta del mercurio vulgar. Este es un cuerpo metálico
y puramente un metal, mientras que el otro, el que utiliza la
naturaleza, es un espíritu puro y la verdadera simiente de los
metales.
Y aunque el mercurio vulgar
contenga este espíritu en abundancia, no se podría separar de
su cuerpo sin nuestro espíritu general, que es la verdadera
materia de nuestra piedra bendita. Así, concluyo que hay otro
mercurio aparte del vulgar, creado por sí mismo de la naturaleza,
que, considerado como simiente, es el principio de nuestro Arte,
y, considerado como tintura, es su fin. Y, aunque no sea
precisamente ningún metal, tiene sin embargo la esencia del
mercurio vulgar. Y Geber exclama: ¡Alabado sea el Altísimo que
ha creado este mercurio! "La Piedra dice Ripley- es el
valor potencial de los metales y para tenerla de algún modo, hay
que ser muy avisado". ¡Oh palabra admirable que declara
toda nuestra ciencia!, pues este valor potencial de los metales
es, en efecto, nuestra verdadera materia. Son dos humos muy
sutiles los que la componen y unidos reciben el nombre de metal
potencial, a saber, oro y plata, Sol y Luna en potencia y no en
acto, como se ve claramente en Arnaldo de Vilanova y otros
infinitos autores; mientras que los metales vulgares no son
metales en potencia, sino en acto...
Todos los Filósofos coinciden con
Geber en que nuestra materia es una sola cosa a la que no añadimos
ni disminuimos nada, aparte de las superfluidades que separamos
en la preparación. Así. Pues, dime, te lo ruego, Pantaleón, ¿qué
encontrarías superfluo en el oro, qué encontrarías que fuera
inmundo, feculento, sucio e impuro y que pudieras convertir en
verdadera materia por medio del fuego de Pontanus? No, mi dignísimo
Señor, el oro vulgar no es la materia de nuestra Piedra, y no se
hace a partir de él la medicina mineral; nuestra piedra, creada
de la naturaleza, se encuentra todos los días en sus propios
estiércoles y en sus cloacas fétidas, no precisa de nada, sólo
que se separe lo que es heterogéneo en ella, o sea en nuestra
materia, que es vil y no preciosa, y que se vende públicamente y
a bajo precio en las boticas, lo cual no podría aplicarse al oro
vulgar...
Hay un solo cuerpo dos tinturas
principales que hay que separar de su lutosidad (del latín lutum:
barro, fango); este cuerpo es nuestra materia, de la cual se
forma la piedra. Se llama Rebis o Bina Res, porque está
compuesta de dos substancias mercuriales distintas. Es, sin
embargo, una única cosa individual, que de sí misma, y sin
adición de cosa alguna, se altera, se pudre, se disuelve y se
congela; la diversidad de esta doble substancia procede de una
misma raíz, que engendra estos efectos en sí por la
contrariedad de estas dos substancias, pues donde no hay
contrariedad de cualidades, no puede haber alteración. No
obstante, estas dos substancias distintas aunque individualmente
encerradas en un único objeto, no dejan de ser diferentes entre
sí, y, a causa de esto, actúan y se alteran, pues una es un
cuerpo y la otra es un espíritu, la una fija y la otra volátil,
la una álcali y la otra ácida, la una seca y la otra húmeda,
la una ligera y la otra pesada, una fría y la otra caliente, una
roja y la otra blanca, una espesa y la otra clara, una gruesa y
la otra sutil, una dura y la otra blanda. ¡Feliz aquel que pueda
conciliar estas dos substancias contrarias, aunque nacidas de una
misma raíz y corporificadas en un mismo objeto, y hacer de tal
modo que se conviertan la una en la otra por medio de una decocción
física! Todo el secreto de este arte consiste, pues, en cocer
estas dos materias hasta que se vuelvan amigas y se convengan
mutuamente. De ello resulta una materia mucho más noble y
perfecta de los que era antes de esta conjunción física, de la
que resulta una verdadera paz entre los Elementos...
Primero hay que tomar nuestra
materia, que se encuentra bastante preparadas en las boticas de
los mercaderes, y que se puede llamar Rebis o Res Bina,
o sea, compuesta de dos cosas, aunque individualmente en un solo
cuerpo. Habiéndola encerrado convenientemente en un vaso de
vidrio, hay que dividirla a la manera de los Filósofos, por una
sola decocción por medio de la cual se altera, se pudre, se
calcina, se disuelve, y se congela. Ten cuidado, tú, que lees
mis escritos, que la alteración, la putrefacción, la calcinación,
la división, la cohobación, la solución y la congelación no
son sino una misma acción, que es cocer. Cuece, pues, esta cosa,
atenúa su cuerpo crudo, destruye lo espeso, manifiesta lo oculto,
rechaza lo superfluo y convierte en nuestra verdadera materia
todo lo impuro y feculento, y hazlo por medio del fuego y no con
la mano.
Por ello, presta atención a mis
enseñanzas y, sobre todo, ten cuidado en la putrefacción, no
sea que la virtud activa se destruya por demasiado calor, porque
ninguna simiente podría multiplicarse si su fuerza prolífica
fuera consumida por el fuego externo. Actúa con paciencia, pues
nada es más peligroso en nuestra obra que la precipitación. Y
una vez se tiene el esperma en el que yace todo el secreto y para
cuya preparación se necesita mucho tiempo, lo putrificarás; y
habiéndolo putrificado, lo disolveras; y habiéndolo disuelto,
lo dividirás; y habiéndolo dividido, lo purificarás; y habiéndolo
purificado, lo unirás. Pero, ¿con qué medio, con qué
artificio y con qué instrumento? La paciencia y el fuego. Cuece,
pues, y no te aburras, y tendrás el Magisterio, porque nuestro
fuego separa, pudre, calcina, disuelve, purifica, une y
perfecciona.
¡Oh, Padre Todopoderoso, enseña
a aquellos que juzgues dignos de entrar en tus vías este fuego
en el que consiste toda la Ciencia!
Alabado sea Dios.
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(1) «Soplador»: calificativo
despreciativo con que se designa a los falsos alquimistas,
quienes, desconociendo el verdadero fuego de la naturaleza,
soplan sobre el fuego común llamado «el tirano de la naturaleza».
(2) El autor se refiere en su Refutación
a las afirmaciones emitidas por un personaje que se esconde bajo
el seudónimo de «Pantaleón».
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