|
INTRODUCCIÓN
Raimon Arola
«Tous sont dans la main de Dieu…»
El Mensaje Reencontrado XXIX, 48’
Desde el otoño de 1980 y hasta el verano de 1994, fragmentos seleccionados
de algunas de las cartas de Louis Cattiaux fueron publicados ininterrumpidamente
en forma de artículos en la revista belga Le Fil d’Ariane, y la
mayoría de ellos traducidos al castellano en la colección La Puerta.
En esta edición se publican en su totalidad, respetando el orden de aparición,
con las repeticiones y notas que creyó oportuno añadir el barón
d’Hooghvorst, quien se encargó de la selección.
En este libro el lector encontrará las partes más interesantes
de las cartas por su contenido filosófico e iniciático, a las
cuales su recopilador denominó florilegio. Bella palabra, poco afortunada
en la historia de la lengua, es ésta una voz latina compuesta de flos,
‘flor, lo mejor’ y legere, ‘reunir, escoger’; significando
estrictamente lo mismo que la palabra griega antología, que ha tenido
más suerte en el devenir de las lenguas románicas. El Florilegio
catesiano es la reunión de las flores epistolares de Cattiaux, por ello
es, obviamente, catesiano.
Cuando en 1980 Emmanuel d’Hooghvorst presentó esta selección,
se dirigía, como veremos, a los lectores de El Mensaje Reencontrado,
de Louis Cattiaux, considerando explícitamente las cartas como un complemento
de dicho libro. Una introducción de este florilegio al lector actual
debe pasar, pues, por el análisis del estrecho vínculo que lo
une a El Mensaje Reencontrado, sin duda la obra cumbre de Cattiaux. Dicha relación
esconde mucho más de lo que pudiera parecer. En ella está oculta
una historia insólita y sorprendente, como un milagro ocurrido en pleno
siglo XX.
Pero, a la vez, el Florilegio catesiano también puede ser un punto de
partida para llegar a El Mensaje Reencontrado, como el atajo natural que conduce
a su lectura y comprensión. El florilegio seleccionado por Emmanuel d’Hooghvorst
se imbrica en El Mensaje Reencontrado, es «cómplice», un
amigo íntimo y fiel. Pero, cabe preguntarse, ¿por qué concedemos
tanta importancia a esta relación? Un breve repaso al devenir de los
acontecimientos puede ayudarnos a comprender la maravillosa aventura que rodeó
la aparición de El Mensaje Reencontrado.
La historia comienza en 1938, cuando Cattiaux se decide a escribir una serie
de sentencias o aforismos que condensan el dictado de cierta inspiración
de una musa amiga; a este conjunto de sentencias lo llamó El mensaje
extraviado. Durante varios años va alternando su búsqueda artística
con la escritura de dicha obra. En 1946 cree concluido este trabajo y lo publica
con el nombre de El Mensaje Reencontrado. El libro es editado por el propio
autor con un prefacio de Lanza del Vasto; consta de doce capítulos en
los que se recopila la serie de aforismos que condensan su experiencia hermética,
numerados en forma de versículos y distribuidos en dos columnas.
La aparición de El Mensaje Reencontrado pasó casi inadvertida
en los medios filosóficos de París, el centro cultural por excelencia
de la época. Solamente el fino olfato hermético de René
Guénon, ya instalado en El Cairo, percibió en este libro tan original
algo realmente auténtico, por lo que escribió una reseña
publicada en la revista Études Traditionnelles, en la que se muestra
sorprendido y afirma:
«Ignoramos lo que los "especialistas" del hermetismo, si realmente
existen todavía algunos que sean competentes, podrán pensar de
este libro y cómo lo juzgarán; pero lo cierto es que, lejos de
ser indiferente, merece ser leído y estudiado cuidadosamente por todos
aquellos que están interesados en este aspecto de la tradición».
(1)
Mientras la obra seguía su propio camino [«El Mensaje Reencontrado
es un libro -escribe E. d’Hooghvorst- que escoge a sus lectores»(2)],
Cattiaux continuó escribiendo versículos, cada vez a un ritmo
más rápido, olvidándose casi completamente de todo lo que
le rodeaba, hasta que el 16 de julio de 1953 murió a causa de una enfermedad
sorprendente y repentina. Los doce capítulos de la primera edición
se habían convertido en cuarenta; el autor había cambiado el término
capítulo por el de libro y añadido el subtítulo El reloj
de la noche y del día de Dios, así como el siguiente epígrafe:
«Este libro no es para todos, sino sólo para aquellos a quienes
les es dado creer en lo increíble». Había comprendido que
en la época racionalista en que vivía, poca gente poseía
este don.
De no haber sido por la reseña de Guénon, el trabajo de Cattiaux
durante doce años y el dictado de su musa reencontrada hubieran quedado
completamente ignorados, sepultados entre el existencialismo, el psicoanálisis,
el surrealismo, etc. Junto a tanta sabiduría grave y erudita es difícil
que puedan manifestarse verdades simples. Sin embargo, la corta reseña
de Guénon sirvió de anzuelo providencial para algunos buscadores
que, como niños, aún creían que los árboles podían
hablar. Como se ha mencionado, la primera edición de El Mensaje Reencontrado
fue financiada por su autor y era a él mismo a quien debía dirigirse
todo aquel que deseara adquirir la obra. Entre ellos se encontraba el barón
d’Hooghvorst, que escribió lo siguiente acerca de sus encuentros
con Cattiaux:
«Louis Cattiaux vivía en París, en la calle Casimir Périer,
a la sombra de la Iglesia de Santa Clotilde frente a una tranquila plazoleta
provinciana. […] Su minúsculo taller de pintura, mágicamente
decorado, parecía encerrar el universo entero. Allí se respiraba
el perfume de algún jardín de Edén guardado muy interiormente;
y uno volvía con frecuencia, sin saber demasiado por qué, quizá
sencillamente atraído por el calor. Pues lo que emanaba de este hombre
era un calor nunca alcanzado, totalmente distinto de la simple cordialidad,
y también como el presentimiento de un secreto inmenso, vivo, celosamente
guardado, como el pez filosófico que nada en agua profunda. Vivía
cándidamente, con sobriedad, con pobreza según los hombres, alegre
y feliz como un niño y como tal, sin malicia. Vivía como un buen
padre de familia entre su mujer, a la que amaba, y su hijo al que acariciaba
a menudo y con ternura; pues este hombre tenía un hijo: un hijo que,
cuando su padre lo tomaba en brazos y lo mimaba cariñosamente diciéndole:
"¡Jesusito gordo!", respondía miau con mucha gracia.
¡Era un gato mágico, por supuesto…! Sus amigos se preguntaban:
"¿Quién es este hombre?", y sin poder responder con
precisión a la pregunta, decían: "no es como nosotros".
Cattiaux, ¿cuál era, pues, esta vida secreta que resplandecía
en ti? ¿Acaso habías descubierto la joya de eternidad? ¿Habías
penetrado el enigma de este mundo?» (3)
Los pocos buscadores cuya intuición profunda los llevó hasta El
Mensaje Reencontrado fueron a comprar un libro que, de hecho, todavía
se estaba escribiendo; conocieron al autor, entablaron con él una profunda
amistad y compartieron parte del proceso de gestación de los versículos
que formaron el libro. Durante los años que transcurrieron entre la aparición
de la reseña de Guénon y la desaparición de Cattiaux, este
grupo de buscadores lo acompañó en la elaboración de El
Mensaje Reencontrado, y en 1956, después de su muerte, lo publicó
íntegramente en Éditions Denoël. Con este grupo de amigos,
amantes de su obra, Cattiaux mantuvo una intensa relación personal; algunos
de ellos no residían en París, por lo que la relación fue
en muchos casos epistolar. Se escribían casi a diario y el tema que realmente
les interesaba era, lógicamente, los misterios que encerraban cada uno
de los versículos de El Mensaje Reencontrado. En estas cartas está
el origen del Florilegio que el lector tiene entre sus manos.
Son cartas escritas al mismo tiempo que los versículos de El Mensaje
Reencontrado, comentándolo directa o indirectamente, observando las reacciones
que suscitaba, explicando algunos contenidos o abriendo expectativas de temas
que se convirtieron después en versículos. Cuando Cattiaux desapareció,
cada uno de los miembros de este grupo de amigos, recogió los fragmentos
más interesantes de sus cartas, sobre todo aquellos que tenían
una relación más directa con la misteriosa gestación del
libro. Emmanuel d’Hooghvorst ordenó este compendio y el resultado
es el libro que presentamos. Por todo ello, hemos dicho al principio que este
Florilegio no puede separarse de El Mensaje Reencontrado, los guió la
misma brújula y su destino está escrito en el mismo astro. Pero,
¿qué es El Mensaje Reencontrado? En una reseña a su tercera
edición, Emmanuel d’Hooghvorst escribió el siguiente texto
que puede responder a esta pregunta:
«¿Cómo definirlo? Nadie lo leerá de la misma manera.
El nombre del libro indica la naturaleza de su contenido: el mensaje; ¿el
mensaje de quién?, ¿de qué fecha es? ¿Por qué
«reencontrado»?, ¿había sido perdido?, ¿por
quién?, ¿cómo? ¿Por qué el autor de estas
sentencias ha escogido este título?
Sin duda, esto requiere una inspiración. ¿Podremos descubrirla
en estas páginas, a veces difíciles, enigmáticas, fastidiosas
para algunos, pero a menudo también de un calor conmovedor, de una poesía,
de una fe, de una simplicidad infantil? ¿Quiénes serán
los lectores que sabrán discernir en él una sabiduría de
la unidad tan antigua como la humanidad tradicional, una sabiduría de
santidad, una sabiduría de salvación? El Mensaje Reencontrado
es, por así decirlo, el misterio revivido; ya no enseñado de manera
pesada por los historiadores, sino experimentado, asimilado y vivido en la simplicidad
del corazón y del espíritu.
Hay que saber hojear al azar esta páginas con sentencias "condensadas
como el aire líquido" y, sin embargo, de una soltura sorprendente,
donde ninguna palabra es superflua, sino que todo se ordena en un sentido único
que no se revela en la primera lectura.
¿Qué puedo decir de El Mensaje Reencontrado, yo que lo leo desde
hace treinta años y que siempre lo encuentro nuevo? Es un vademécum,
el de los exiliados, la brújula de los que están extraviados,
el compañero del peregrino.
Su autor vivió desconocido, incluso de quienes creían conocerlo.
Meditó este libro en el silencio y el abandono de este mundo, formó
y pulió las frases día tras día, con un saber hacer tan
suelto como erudito.
Así pues, ¡leed en él la fe del Creador en su criatura,
vosotros que vivís en este final de un mundo, la fatiga y la usura de
todas las sutilezas! Este libro os gustará si preferís la cosa
a las palabras, la sabiduría que une a la ciencia innumerable, la conciencia
al delirio. Estos versículos no son impenetrables: hablan solamente a
lo más esencial que hay en nosotros y, a menudo, desgraciadamente, más
abandonado o despreciado. He aquí por qué pocos lo aprecian.
Es a ellos, a quienes los editores de la tercera edición han querido
servir, a quienes están cansados de un mundo sin salida, de un mundo
cada vez más lejano de todo aquello que es verdaderamente humano, de
un mundo en el que la sabiduría antigua parece irrisoria e inútil.
Éstos verán que es suficiente con un solo hombre…».(4)
El Mensaje Reencontrado está escrito de forma certera, concisa e inequívoca;
no sobra ni falta una palabra, ni una coma, por ello no genera polémicas,
es auténtico en su totalidad. El Florilegio es distinto, está
escrito a vuela pluma, de manera más «emocionante y próxima»;
se inmiscuye en temas de actualidad, debate, condena, celebra…, debemos
recordar que no fue escrito para ser publicado. Son dos textos distintos, pero
están amorosamente unidos y tratan del mismo misterio de la regeneración
del ser humano. En El Mensaje Reencontrado Cattiaux recogió su inspiración
esencial y sustancial, pero algo de esta fuerza creadora también aparece
en sus cartas, y a más de un sincero buscador que crea en lo increíble
le servirá para atravesar el umbral de El Mensaje Reencontrado, entrar
en sus salas y compartir la comida de los dioses.
--------------------
1. Études Traditionnelles, rúbrica «Les livres», 49.°
año, n.° 270, septiembre de 1946.
2. «À propos de la troisième édition du Message Retrouvé»,
en Le Fil d’Ariane, n.° 4, 1978, p. 67.
3. «El mensaje profético de Louis Cattiaux», en La Puerta.
Sobre esoterismo cristiano, Ed. Obelisco, Barcelona, 1990, p. 90.
4. «À propos de la troisième édition du Message Retrouvé»,
en Le Fil d’Ariane, op. cit., pp. 67-68.
Título original:
Florilege Cattesien. Extraits des lettres de Louis Cattiaux à ses amisTraducción, Joan Mateu y Dolores Luciá
|