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PREFACIO
DE LANZA DEL VASTO a
la primera edición de los doce libros de El Mensaje Reencontrado
La conjura de los imbéciles, de
los charlatanes y de los sabios ha tenido un éxito perfecto.
Esta conjura tenía por objeto
esconder la verdad.
Unos y otros han servido a esta
gran causa, cada uno según sus medios: los imbéciles por medio
de la ignorancia, los charlatanes por medio de la mentira, los
sabios mediante el secreto.
Los imbéciles no quieren que se
descubra la verdad. Sospechan, instintivamente, que les
molestaría. Si les fuera mostrada, apartarían la mirada; si se
les pusiera en la mano, la dejarían caer; si se les forzara a
mirarla cara a cara, gritarían horrorizados y correrían a
esconderse bajo tierra.
Los charlatanes no quieren que se
descubra la verdad, porque arruinaría sus artificios, impediría
su provecho y mostraría su vergüenza.
Los Sabios que poseen la verdad no
quieren que se descubra. Siempre la han tenido oculta por cuatro
razones.
La primera: saben que Saber es
poder y quieren apartar de él a los indignos. Porque el Saber en
el indigno se vuelve malicia y el Poder, peligro público y
plaga. Por esto, las reservas de conocimiento acumuladas durante
milenios en los templos de Egipto permanecían inaccesibles a
quien no había pasado por todos los grados de purificaciones y
pruebas. Más tarde, los filósofos desconocidos, los nobles
viajeros, los alquimistas, se transmitieron de la misma manera
los restos de la misteriosa herencia, es decir, de boca a oreja
o, más bien, por la presencia y el ejemplo, en símbolos y
enigmas; siempre bajo el sello del secreto. Si vivieron en la
intimidad de las formidables fuerzas de la naturaleza, se
guardaron mucho de hacer partícipes de ellas a los atolondrados.
¡Oh, Sabios que sabéis callar!
¿Dónde estáis? Merecéis que todos los seres vivos os
proclamen su gratitud, ¡oh, Sabios!
¡Oh, Sabios que sabéis callar!,
ahora hemos aprendido el valor de vuestra prudencia, la grandeza
de vuestra humildad, la profundidad de vuestra caridad.
Ahora que a los profanos se les ha
ocurrido adquirir y propagar tanta ciencia como pueden, ahora que
se vanaglorian de sus descubrimientos con el mismo celo que
vosotros habéis puesto en esconder los vuestros, hemos visto su
resultado.
Sin embargo, ¡cuán pequeña es
su ciencia, exterior, superficial, precaria y limitada!, y ya
vemos su resultado.
Así, han envenenado las fuentes,
minado la tierra, salpicado el cielo, trastornado y pervertido a
los pueblos, corrompido la paz, deshonrado la guerra, y han
suministrado al hombre de la calle tantos instrumentos de
destrucción y de opresión que toda la familia de los seres
vivos se ve amenazada, mientras continúa el progreso de este
chancro.
La segunda razón de los Sabios
para mantener oculta la Verdad, es que conocer es una operación
de vida y una manera de nacer. Y nada puede nacer fuera de
una envoltura. Una envoltura de carne o de corteza, de tierra o
de misterio. Si abrís una semilla, ya no germinará; si abrís
un lagarto para ver lo que hay dentro, sólo encontraréis el
resto del cadáver y no lo de dentro del lagarto, su interior se
ha ido, ya que el lagarto está muerto. De igual modo, la ciencia
abierta, propagada y vulgarizada es ciencia muerta y fruto de
muerte. Es un desierto de arena y no un puñado de simiente. Al
permanecer exterior no puede ser profundizada, sino sólo
extendida, y la vida se le escapa. No puede conducir a la
conciencia, que es nacimiento a uno mismo, ni a la vida interior.
En cambio, el conocimiento de los Sabios es una gaya ciencia que
tiene sabor de alegría y soplo de espíritu. Y como todo ser
vivo, aunque sea una mosca, defiende su forma y rehusa exhibirse.
La tercera razón de los Sabios
para mantener oculta la verdad es su respeto por la dignidad del
conocimiento. Ellos saben que ésta es la vía real que lleva al
Dios de verdad. Ella ha de conducir a la contemplación, a la
admiración de la naturaleza y a la adoración del creador.
Debe aportar la luz a las almas,
la exactitud a los pensamientos y la justicia a los actos. Debe
dar salud y salvación. Los Sabios la han defendido tanto como
han podido contra los hombres vulgares, por temor a que fuera
apartada de su fin, desnaturalizada y envilecida, cosa que no han
dejado de hacer los hombres vulgares desde que le pusieron la
mano encima. Le han dado la vuelta utilizándola. Se han servido
de ella en lugar de servirla. Estaba aquí para librarles de sus
deseos y ellos la han uncido al yugo de sus tareas, la han
forzado a aumentar sus posesiones. Estaba aquí para darles la
conciencia y de ella han sacado la máquina. Han cogido el cáliz
para hacerse una hucha y el crucifijo para hacerse una maza. Han
enganchado la ciencia a sus motores, la han aprisionado en sus
bombas. Pero, demasiado astutos, han caído en su propia trampa,
dejándose atrapar por el engranaje de la máquina. Ahora, ella
les roe poco a poco en tiempo de paz y los devora a grandes
bocados en tiempo de guerra. Los Sabios han hecho todo lo posible
por evitarlo.
La cuarta razón de los Sabios
para mantener oculta la Verdad es que aman la Verdad, y no hay
amor sin pudor, es decir, sin velo de belleza. He aquí por qué
no quieren descubrirla sino revelarla, es decir, recubrirla de un
velo luminoso. Por esto sólo han enseñado con parábolas, para
que quienes tienen oídos para no oír permanezcan apartados;
pero también para que quienes lo merecen aprendan los tonos y
las claves de la música total. Pues sus alegorías, sus fábulas
y sus blasones no explican el encadenamiento mecánico de las
apariencias, sino las afinidades secretas y las analogías de las
potencias y las virtudes, las correspondencias del número con el
sonido, de las figuras con las leyes, del agua con la planta, con
la mujer y con el alma, del fuego con el león, el hombre armado
y el espíritu, de los astros con los ojos, las flores y los
cristales de los metales y de las gemas, de la germinación del
oro en las minas con la de la verdad en el corazón del hombre.
En sus oscuros textos, donde las recetas del Gran Arte están
salpicadas de advertencias piadosas, las solemnes sentencias de
alabanzas y plegarias, lucen los hilos que tejen el manto del Rey
de Reyes.
Al ocultar los Sabios su saber por
escrúpulo, los charlatanes se aprovecharon para esconder su
ignorancia bajo los mismos signos misteriosos. Los imbéciles los
han confundido largo tiempo creyendo tanto en unos como en otros.
Ahora, a medio camino entre los
charlatanes y los imbéciles, ha surgido una nueva especie que
asegura el triunfo definitivo de la conjura.
Esta nueva especie es la de los
universitarios y sabios oficiales, que el día de su advenimiento
declararon nulo y sin valor el misterio filosofal, quimera la
búsqueda de los antiguos maestros, juego de niños su ciencia,
engañabobos su arte. Los imbéciles instruidos por los nuevos
sabios, han confundido una vez más a los sabios con los
charlatanes, pero esta vez para no creer ni en unos ni en otros.
Sólo creen en la ciencia de los
recién llegados, quienes simplemente enseñan que la verdad
está en su ciencia y que todo lo que no pueden descubrir ni
demostrar no existe.
Ahora bien, no han enseñado, ni
descubierto, ni demostrado nada acerca de la vida y de la muerte,
del pecado y del juicio. Nada acerca del amor, del dolor y del
rescate, acerca de la conducta del hombre y del destino del alma,
acerca del sentido, la esencia y la salvación. A medida que
descubren nuevas nebulosas o nuevos electrones, nuevas vitaminas
o nuevos explosivos, se alejan y nos desvían de lo esencial. Y
ahora la verdad está tan bien escondida que ya no se la busca.
Incluso estaría totalmente
perdida si no sobrevivieran algunos sencillos de espíritu para
quienes la verdad existe. No pueden resignarse a pensar que nadie
la tenga o la haya tenido. Recorren el mundo interrogando a la
gente, los astros y las hierbas, interrogando el gran libro de la
naturaleza y hojeando los textos olvidados, interrogando su
corazón y a Dios en la plegaria. Saben que no tienen la verdad,
pero saben que ella es. Están tan hambrientos y sedientos de
ella que saben seguirla por el rastro y reconocerla por el olor.
Ante un hombre difamado, un acontecimiento absurdo, un grimorio
ilegible, se paran en seco y exclaman:
¡Aquí está!
Ellos saborearán este libro. Para
ellos ha sido escrito, aunque su hermandad sea poco numerosa.
Y tú, Cattiaux, amigo mío, ¿has
encontrado la Piedra?
Sentado en la tienda donde pintas
y meditas entre filtros y frascos, ¿has encontrado el carbunclo
y la violeta?
Sentado entre tu mujer y tu gato,
Cattiaux, amigo mío, ¿has encontrado el oro vivo y el elixir?
¿Has visitado el interior de la
tierra y, rectificando, encontrado la joya oculta y la verdadera
medicina?
No sé ni puedo decir si la
substancia de los antiguos textos se oculta en estas páginas.
Pero ¿cómo es que en ellas se encuentra su perfume? ¿En qué
huevo y en qué alambique, Cattiaux, amigo mío, has destilado la
esencia sutil que se llama el Perfume?
¿De dónde viene esta poesía que
tiene por nombre Perfume de Verdad?
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