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PRESENTACIÓN
AL LECTOR DE E. y C. dHOOGHVORST
Presentación
a la primera edición de El Mensaje Reencontrado
Muchos quieren
oír pero no saben escuchar.
Fr. de Foix
La sabiduría es tan escasa en el
Tíbet como en París, decía Louis Cattiaux. Sin embargo, puede
florecer en todas partes sin que nadie se dé cuenta. Un hombre,
semejante a tantos otros pero no igual, que vivía en la gran
ciudad, escribió estas páginas que al lector corresponde
juzgar. No son para todos, aunque estén destinadas a circular
entre los hombres de hoy, que por negligir la antigua revelación
se han dejado atrapar en una profunda ignorancia.
Aquellos para quienes ha sido
escrito este libro lo sabrán al leerlo, pues, como dice el
autor, les es dado creer lo increíble. Ellos sabrán leerlo y
entenderlo, porque pertenecen a la misma familia espiritual.
Antes de marcharse de este mundo, el 16 de julio de 1953, el
autor se lo dejó como una contraseña para reunirse y un motivo
de esperanza,(1) lo dedicó en especial a los pueblos
negros, todavía divididos y como en la infancia, pero llamados a
ser poderosos en el mundo por el juego de una Providencia
indiferente a las intenciones y a los trabajos de los hombres.
Es difícil abordar El Mensaje Reencontrado. Contiene, según el autor, una
iniciación y una mística estrechamente unidas y presentadas
bajo una forma concentrada que exige más que una lectura
ordinaria, pues las palabras están sobrepasadas por la
revelación y la obra se presenta como el aire líquido que ha
adquirido propiedades extraordinarias, pero que son invisibles a
simple vista
(2) Los versículos están dispuestos en dos
columnas, ya que existen dos hombres en nosotros, el hombre
carnal y el espiritual, el hombre exterior y el interior, como
existen también las tinieblas y la luz, la justicia y el amor,
lo puro y lo impuro; todas las cosas están dispuestas de dos en
dos (3). Cada versículo implica varios sentidos en
profundidad: la columna de la izquierda suele dar los sentidos
terrestres: moral, filosófico y ascético; la columna de la
derecha, los sentidos celestes: cosmogónico, místico e
iniciático. Algunas veces, los versículos se completan con un
tercero dispuesto en medio de la página, que hace concordar los
otros dos en el sentido alquímico que une el cielo con la tierra
y que hace referencia al misterio de Dios, de la creación y del
hombre; sólo a Dios corresponde desvelar al hombre piadoso este
sentido, el más profundo. También se observará que cada uno de
los XXXX libros lleva un doble título; por ejemplo, en el libro
primero, a la izquierda: "Verité nue"; a la derecha:
"El brote verde". Los cuarenta títulos de las columnas
de la izquierda son anagrama unos de otros (4). Es insólito
componer cuarenta anagramas con nueve letras, siempre las mismas.
El lector entendido se dará cuenta de que ni una sola palabra de
este libro ha sido puesta sin intención.
El Mensaje Reencontrado nos habla de una única cosa en términos
siempre distintos, por ello la multitud de versículos no es una
dispersión. Los ignorantes en busca de una "nueva
revelación" que añada o sustraiga algo a la antigua,
quedarán defraudados. Aquí sólo se encontrará un testimonio (5) a
favor de la antigua, que nos habla de la caída del hombre en
este bajo mundo, de las consecuencias físicas y morales de dicha
caída y del medio para su regeneración corporal y espiritual,
por la vía misteriosa que conduce a la resurrección (6).
Quizás escandalicemos a más de
un lector afirmando que el Espíritu de Elías, siempre vivo, se
manifiesta de edad en edad (7): que estos se abstengan, porque aquí está
la piedra de escándalo. No obstante, bienaventurado quien sepa
separar en las páginas que siguen este espíritu de su ruda
corteza, reconozca su autenticidad y se nutra de ella para una
vida eterna.
La dedicatoria general de El Mensaje Reencontrado nos indica que está destinado "a la
gloria de Dios y al servicio de los hombres que lean con los ojos
del espíritu y del corazón los signos inscritos en la carne del
mundo". En efecto, allí donde el lenguaje se dirige a los
ojos del espíritu y del corazón, los ojos de la razón carnal o
del intelecto no nos enseñarán nada. Estos últimos sólo nos
muestran la corteza o la apariencia cambiante del mundo; los
otros nos guían hacia la Esencia y la Substancia, su soporte
indestructible, y nos hacen reconocer la luz interna que Dios
encendió al comienzo en la naturaleza y en nuestro corazón (8).
Se trata, pues, de una obra de
meditación que requiere ser leída, releída y estudiada con
simplicidad de espíritu y pureza de corazón. ¿Acaso la
multiplicidad y el espíritu agitado no nos privan de la
posesión del Reino de los Cielos?, ¿y no es la impureza de
nuestros corazones lo que nos aleja de la visión de Dios (9).
El testimonio de las Escrituras
nos enseña que el conocimiento de la luz divina no debe proceder
del exterior sino del interior; despertada y excitada por su
Origen libre, esta luz sepultada germina entonces y, volviéndose
la "justa medida" y la fuente de nuestros juicios,
"aparece después al exterior y resplandece plenamente en la
unión" (10).
Un sordo opinará de la música
según la descripción que de ella se le haga, porque carece del
sentido que le permitiría experimentarla por sí mismo. Igual
ocurre con los demás sentidos. La luz resplandece en las
tinieblas, pero si el hombre está privado del uso del órgano
apropiado para aprehender esa luz interior, es para él tinieblas
mientras no haya recuperado la mirada del espíritu y del
corazón.
Si tenéis fe y paciencia,
escribía el autor a propósito de El Mensaje Reencontrado, se esclarecerá por sí mismo poco a poco y todo
lo que os parece oscuro se os mostrará entonces evidente.
Así es como proponemos al lector
que se forje su propia opinión sobre esta obra y juzgue por sí
mismo si es idéntica o no a la enseñanza tradicional.
______________
1. M. R. XXX, 37 y 38; XXXIII, 35.
2. Escrito por Louis Cattiaux en
una carta a G. Chaissac. Agradecemos aquí al Sr. Chaissac el
haber comunicado ciertos pasajes de su correspondencia con el
autor de El Mensaje Reencontrado.
3. M. R: II, 98.
4. Dichos títulos se mantienen
tal como aparecen en el original francés.
5. M. R. XXIX, 36.
6. M: R. XXIX, 33 y 45.
8. M. R. VIII, 50.
7. M. R. XXXVI, 95.
9. M. R. XIII, 32
10. M. R. IX, 54; IV,
36 y XII, 12 y 13.
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